Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 14
El timbre que anunciaba el final de la jornada escolar resonó por todos los pasillos, y de inmediato las aulas se llenaron del alboroto de los niños ansiosos por regresar a sus hogares. Zerimar caminaba con paso tranquilo hacia la salida principal de la escuela, acompañada por su fiel amigo Mercan, quien llevaba su mochila al hombro mientras repasaba mentalmente los pendientes del día.
—Oye, Zerimar, ¿la maestra dejó alguna tarea para la casa? —preguntó Mercan, rascándose la cabeza con duda.
—Sí, dejó tarea —respondió la pequeña con una sonrisa suave—. Fue justo en el momento en que saliste para ir al baño.
—¿Ah, sí? Mmm... ¿recuerdas qué páginas eran? —indagó el niño, buscando su cuaderno para anotarlo.
—Creo que son la página 74 y la 75 —le indicó ella de memoria.
Mercan asintió, guardando sus cosas, pero al llegar a la gran puerta de la entrada se detuvo a observar los alrededores. Notó que todos los padres esperaban pacientemente a sus hijos, excepto el de su amiga.
—Por cierto... ¿por qué no vino tu papá a buscarte hoy? —preguntó Mercan con genuina curiosidad.
—Porque está enfermo, por eso no pudo venir —explicó Zerimar, ocultando la complicada realidad con la inocencia típica de su edad.
—Aah, entiendo —respondió él, asimilando la respuesta.
—Iré sola a casa, no me importa —añadió la pequeña con madurez, acomodándose la mochila lista para emprender el camino por su cuenta.
Mercan la miró por un segundo, un tanto pensativo y preocupado por dejarla marchar sin compañía.
—Mmm... —murmuró el niño.
—Está bien, de verdad, no pasa nada —le aseguró ella con dulzura para tranquilizarlo.
—Bueno... que se mejore tu papá —le deseó Mercan de corazón.
—Muchas gracias, Mercan.
Los dos amiguitos se despidieron con un tierno y cálido abrazo, sellando la bonita complicidad que había nacido entre ellos esa tarde.
—¡Nos vemos mañana! —dijo él con entusiasmo.
—Adiós, Mercan —respondió Zerimar con la mano en alto mientras lo veía alejarse.
Mientras tanto, en un parque no muy lejano, Borans se encontraba estacionado dentro de su automóvil. Se recostó pesadamente contra el asiento del conductor, soltando un largo suspiro de satisfacción y fastidio al mismo tiempo. Llevaba una bebida fría en la mano y no podía evitar sentirse un tanto culpable con su propia conciencia.
—No paré de comer en todo el rato... Comí como un auténtico cerdo —se recriminó a sí mismo en voz baja, pasándose una mano por el estómago—. Definitivamente no debí haberme comido ese postre. Ya estoy completamente satisfecho.
Borans miró de reojo el asiento vacío del copiloto y suspiró de nuevo, tratando de convencerse de que estaba mejor sin interrupciones.
—En parte, qué bueno que esa mocosa aún no ha regresado —añadió, dándole un trago largo e instantáneo a su bebida para refrescarse la garganta.
Justo en ese preciso instante, unos suaves golpes en el vidrio interrumpieron sus pensamientos. Al voltear, vio el rostro de Zerimar pegado a la ventana. La pequeña acababa de llegar de la escuela y tocaba la puerta de su carro con insistencia para que le abriera. Borans quitó el seguro y la niña subió de inmediato, acomodándose en el asiento con una enorme sonrisa.
—¡Hola! —lo saludó la pequeña inocente, mirándolo fijamente con ojos llenos de ilusión—. ¿Ya encontraste un lugar donde nos vamos a quedar a vivir?
Borans, manteniendo su habitual coraza de frialdad, la miró de reojo y le respondió con un tono marcadamente sarcástico:
—Sí, claro, ya tenemos dónde quedarnos.
—¿Ah, sí? ¿En dónde? —preguntó Zerimar, emocionada.
—Ahí —dijo él, señalando con la cabeza hacia la parte trasera del auto—. En la tienda.
La pequeña frunció el ceño un poco ante la ironía, pero rápidamente recordó el recado importante que traía desde el colegio.
—La maestra Sepyi dice que quiere verte mañana en la escuela —soltó la niña de golpe.
Borans se tensó de inmediato en su asiento y la miró con fastidio.
—¿Y eso por qué? ¿Qué hiciste ahora?
—Porque me salté la escuela ayer —le explicó Zerimar con total naturalidad—. Se supone que tú eres el que me está cuidando ahora, y por eso mismo te llamó la maestra a ti.
—No. Olvídalo, yo no voy a ir a ninguna escuela —sentenció Borans con firmeza, dándole otro trago a su lata—. Yo no sé nada de esas cosas de padres y colegios.
—Pero el juez te dijo muy claramente que tenías que cumplir con todas tus obligaciones conmigo —le recordó la pequeña, cruzándose de brazos.
—¡Deja de recordarmelo todo el tiempo! —refunfuñó Borans, visiblemente irritado mientras seguía bebiendo de su lata para evadir la conversación.
Zerimar decidió no decir nada más al respecto. En lugar de discutir, abrió con cuidado su mochila y sacó el valioso paquete que había protegido durante todo el camino. Con un gesto lleno de ternura, extendió el sándwich envuelto hacia él.
—Toma —le dijo con suavidad.
Borans miró el trozo de comida y luego a la niña, completamente confundido.
—¿Y esto qué es?
—Es una tostada. La traje especialmente para ti —le explicó Zerimar con voz dulce—. Sé que no has comido absolutamente nada desde ayer y debes tener muchísima hambre. Toma.
Borans se quedó helado. Miró hacia el frente, completamente impresionado y con el corazón encogido por la actitud de la pequeña. Él se había dado un banquete enorme en el restaurante con Ogur, sintiéndose lleno como un cerdo, mientras la niña había estado preocupada por él pensando que se moría de hambre. Una inmensa oleada de culpa lo golpeó, haciéndole imposible aceptar el alimento de la menor.
—No, gracias... no tengo hambre —respondió Borans, forzando la voz y mirando hacia el otro lado para evitar que ella notara su incomodidad.
La pequeña, conociendo bien lo testarudo que podía llegar a ser, lo miró con severidad infantil.
—No seas orgulloso, Borans, o te vas a morir de hambre —le advirtió muy en serio.
Borans volteó a verla con los ojos abiertos de par en par, totalmente desconcertado por la audacia y la madurez de sus palabras.
—No te preocupes por mí —añadió Zerimar con una sonrisa reconfortante—. Yo ya comí muy bien en la escuela.
—Espera... —interrumpió Borans, frunciendo el ceño por completo—. ¿Acaso no me habías dicho esta mañana que no tenías nada de dinero para comprar comida? ¿De dónde sacaste eso entonces?
—Un amigo de mi salón me dio su tostada —confesó la niña con total inocencia.
Borans la miró fijo, sintiendo que la culpa le apretaba el pecho cada vez más.
—¿Tu amigo te dio su comida... y tú decidiste traérmela a mí?
—Mmmju —asintió ella con la cabeza, extendiendo el sándwich una vez más—. Es para ti. Ya te dije que no seas orgulloso, anda, come.
Derrotado por la inmensa bondad de la niña, Borans estiró la mano y agarró el sándwich. Zerimar lo miró con una enorme y brillante sonrisa de victoria al ver que por fin aceptaba su regalo.
—¿Y de qué es esto? —preguntó él, examinando el pan antes de darle un mordisco.
—Es de salchicha con ajo —le detalló ella con entusiasmo—. Come... ¿O es que no te gusta?
Borans finalmente le dio un gran mordisco al sándwich, descubriendo que en realidad sabía bastante bien. Al verlo masticar, la pequeña reaccionó rápidamente y metió la mano de nuevo en su mochila.
—¡Ah, espera! —lo detuvo Zerimar—. No deberías comer algo seco sin tener nada que beber. También te traje esto, es leche. ¿Quieres un poco?
—No, bébela tú —respondió Borans de inmediato, pasándose el bocado—. Yo no quiero leche.
La pequeña lo observó detenidamente y, con un brillo de pura picardía en sus ojos inteligentes, le mintió a propósito para obligarlo a alimentarse bien:
—No... tómala tú. Es que a mí ya no me gusta la leche. Toma.
Borans la miró en silencio, sabiendo perfectamente lo que la niña estaba haciendo. Sin decir más, continuó comiéndose el sándwich de salchicha con ajo mientras tomaba de la pequeña caja de leche que ella le había regalado con tanto amor, sintiendo que, muy en el fondo, el hielo de su corazón empezaba a derretirse por completo.