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LA PROMETIDA DEL ENEMIGO

LA PROMETIDA DEL ENEMIGO

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Hombre lobo / CEO
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Ocampo

Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤

Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.

Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.

¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?

NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 – La heredera Rivieri

El estruendo del cristal al romperse resonó por toda la Sala del Acuerdo.

Los fragmentos cayeron sobre el piso de mármol mientras el retrato de Esperanza, Alejandro y la pequeña Valeria quedaba parcialmente destruido.

—¡Al suelo! —gritó Adrián.

Sin pensarlo, rodeó a Valeria con un brazo y la protegió detrás de una de las enormes columnas de piedra.

Los guardias desenfundaron sus armas y apuntaron hacia la entrada.

Una figura permanecía inmóvil entre las sombras.

Todavía era imposible distinguir su rostro.

—¡Bajen las armas! —ordenó la voz.

Nadie obedeció.

Víctor dio un paso adelante.

—¿Quién sos?

La persona avanzó lentamente hasta quedar iluminada por las antiguas lámparas de la sala.

Valeria sintió un escalofrío.

Era una mujer.

Elegante.

De unos cincuenta años.

Vestía completamente de negro y llevaba un bastón con una empuñadura de plata en forma de serpiente.

Sus ojos estaban llenos de rencor.

—Hace demasiado tiempo que esperaba este momento.

Gabriel perdió el color del rostro.

—No... vos no...

La mujer sonrió.

—¿Me extrañaste?

Adrián frunció el ceño.

—¿La conocés?

Gabriel bajó la mirada.

—Se llama... Beatriz Montenegro.

El apellido hizo que todos reaccionaran.

—¿Montenegro? —preguntó Alessandro.

—Es la hermana de Esteban —respondió Gabriel.

Un pesado silencio volvió a caer sobre la sala.

Beatriz recorrió el lugar con la mirada.

Se detuvo unos segundos frente al retrato dañado.

—Qué ironía...

Tantos años intentando esconder esa pintura... y al final fueron ustedes quienes la encontraron.

Valeria salió lentamente detrás de Adrián.

—¿Por qué disparaste?

La mujer la observó fijamente.

—Porque ese cuadro nunca debió sobrevivir.

—¿Tenés miedo de la verdad?

Beatriz soltó una breve risa.

—No, querida.

Le tengo miedo a lo que la verdad puede provocar.

Adrián dio un paso al frente.

—Se terminó.

No vas a seguir manipulando a nadie.

La mujer apoyó ambas manos sobre el bastón.

—¿Manipular?

Eso lo aprendí observando a sus familias durante muchos años.

Mientras hablaban, Valeria volvió a mirar el retrato.

Aunque el cristal estaba roto, la placa seguía intacta.

Valeria Rivieri.

Leyó su nombre una y otra vez.

Apenas podía creerlo.

Toda su vida había intentado descubrir quién era.

Y ahora tenía un apellido.

Una familia.

Un pasado.

Pero también una guerra que jamás había elegido.

Adrián notó que ella estaba temblando.

Se acercó sin decir nada.

Solo tomó suavemente su mano.

Valeria levantó la vista.

No necesitaban hablar.

En ese instante comprendió que ya no estaba sola.

Beatriz los observó con atención.

—Qué conmovedor.

El heredero Moretti... protegiendo a una Rivieri.

Si sus abuelos pudieran verlos...

Víctor la interrumpió.

—Nuestros abuelos habrían evitado todo esto si ustedes no hubieran intervenido.

La mujer sonrió con frialdad.

—¿Todavía seguís creyendo que sabés toda la historia?

Sacó lentamente un sobre de cuero de su bolso.

Lo levantó para que todos pudieran verlo.

—¿Reconocen esto?

Gabriel abrió los ojos con sorpresa.

—¡No puede ser!

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué es?

Gabriel respondió sin apartar la vista del sobre.

—Los documentos originales del pacto entre los Moretti y los Rivieri...

Creíamos que se habían perdido en el incendio.

Beatriz negó lentamente.

—No se perdieron.

Los guardé durante veintitrés años.

Y ahora...

Solo una persona tiene derecho a leerlos.

Sus ojos se clavaron directamente en Valeria.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, las luces de la Sala del Acuerdo comenzaron a parpadear.

Una antigua alarma resonó entre las paredes.

Ernesto llevó una mano al oído al escuchar la radio de uno de los guardias.

Su expresión cambió por completo.

—¡Señor Adrián!

—¿Qué pasó?

—Acaban de ingresar varios vehículos a la propiedad...

Y no vienen solos.

Traen decenas de hombres armados.

La guerra que permaneció dormida durante más de veinte años...

Acababa de llegar a la mansión Moretti.

La alarma no dejaba de sonar.

El eco recorría cada rincón de la Sala del Acuerdo mientras los guardias hablaban por radio al mismo tiempo.

—¡Equipo norte, respondan!

—¡Cierren todos los accesos!

—¡Protejan al señor Víctor!

Adrián mantuvo a Valeria detrás de él.

Su mirada recorría la sala buscando una salida.

—¿Cuántos son? —preguntó.

Uno de los guardias respondió con voz agitada.

—Todavía no podemos confirmarlo... pero las cámaras muestran al menos diez camionetas entrando por el camino principal.

Víctor apretó los puños.

—No vienen a negociar.

Vienen preparados para atacar.

Beatriz Montenegro observó la escena con una calma inquietante.

—Llegaron más rápido de lo que esperaba.

Gabriel la miró con indignación.

—¿Los llamaste vos?

Ella sonrió.

—No.

Ellos ya sabían que la Sala del Acuerdo había sido abierta.

El silencio invadió nuevamente la habitación.

Valeria frunció el ceño.

—¿Cómo podían saberlo?

Beatriz señaló el enorme reloj del centro de la sala.

—Porque este lugar nunca guardó solo documentos.

También enviaba una señal.

Cuando el mecanismo volvió a funcionar a las 8:17, todos los que conocían su existencia comprendieron que alguien había encontrado el camino.

Adrián miró el reloj.

Por primera vez entendía por qué aquella hora aparecía en todas las pistas.

No era solo un recuerdo.

Era una llave.

Ernesto recibió otra comunicación.

Su rostro se tensó.

—Señor...

—Habla.

—Los hombres no intentaron entrar por la puerta principal.

Conocen los túneles antiguos.

Gabriel cerró los ojos.

—Entonces alguien les mostró los planos.

Víctor golpeó la mesa con fuerza.

—Hay un traidor entre nosotros.

Nadie respondió.

Pero todos pensaron lo mismo.

Alguien muy cercano estaba filtrando información desde hacía tiempo.

Valeria recorrió con la mirada a los presentes.

Víctor.

Gabriel.

Camila.

Alessandro.

Los guardias.

Incluso Ernesto.

Por primera vez sintió que ya no podía confiar ciegamente en nadie.

En medio del silencio, Camila dio un paso adelante.

—Tenemos que salir de acá.

Adrián la observó.

—¿Por qué tanto apuro?

—Porque si esos hombres llegan primero a esta sala, estaremos atrapados.

La respuesta parecía lógica.

Sin embargo, Valeria recordó todas las actitudes extrañas de Camila desde el primer día.

Respiró hondo.

—Antes de irnos...

Quiero hacerte una pregunta.

Camila la miró fijamente.

—¿A mí?

—Sí.

¿Por qué cada vez que encontramos una pista, vos parecés saber más de lo que decís?

La habitación quedó completamente en silencio.

Camila tardó unos segundos en responder.

—Porque crecí escuchando conversaciones que ustedes nunca escucharon.

—Eso no responde mi pregunta.

—Y hay preguntas que todavía no puedo responder.

Valeria sintió que aquella frase ya le resultaba demasiado conocida.

Todos parecían esconder una parte de la verdad.

Beatriz levantó nuevamente el antiguo sobre de cuero.

—Este documento no puede caer en manos equivocadas.

Caminó lentamente hasta quedar frente a Valeria.

Le extendió el sobre.

—Te pertenece.

Adrián dio un paso adelante.

—Esperá.

Beatriz negó con la cabeza.

—No es una trampa.

Si quería destruirlo, lo habría hecho hace años.

Valeria tomó el sobre con cuidado.

Era más pesado de lo que imaginaba.

En el sello de cera aparecían unidos dos escudos.

El de los Moretti.

Y el de los Rivieri.

Jamás había visto ese símbolo completo.

Antes de que pudiera abrirlo, un fuerte estruendo sacudió toda la sala.

Una explosión hizo temblar las paredes.

Parte del techo se derrumbó cerca de la entrada.

Los guardias levantaron inmediatamente sus armas.

Entre la nube de polvo comenzaron a distinguirse varias siluetas.

Una voz masculina resonó con autoridad.

—¡Nadie se mueva!

Cuando el polvo comenzó a disiparse, todos pudieron verlo.

Un hombre alto, de traje oscuro y cabello entrecano avanzó lentamente acompañado por varios hombres armados.

Su mirada se clavó directamente en Valeria.

Luego sonrió.

—Después de tantos años...

Por fin conozco a la última heredera de los Rivieri.

Y esta vez...

No pienso dejar que escapes otra vez.

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