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Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Romance paranormal / Época / Aventura
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

¿QUÍEN ERES REALMENTE?

Layla se paró justo delante de él, entre él y los mercaderes, y los miró con esa autoridad natural que llevaba en la sangre, aunque ellos no supieran quién era.

—Perdonadme —dijo ella con voz clara, fuerte y cortante, que se escuchó por todo el mercado—. Pero creo que os equivocáis. El que no vale nada es quien trata así a otro ser humano. Y el que no sabe ver el valor de un hombre por lo que es, sino por lo que tiene, es un ciego y un necio.

Los mercaderes se quedaron boquiabiertos, mirando a aquella joven desconocida, hermosa, pero con una mirada que cortaba como una espada.

—¿Y tú quién eres, chica? —le gritó el jefe de ellos, furioso—. ¡Métete en tus asuntos o te arrepentirás!

Layla sonrió, una sonrisa fría y peligrosa, y su mano se posó con calma sobre la empuñadura de su espada, que llevaba oculta bajo su capa.

—Soy alguien que no soporta a los matones. Y os aconsejo que toméis vuestro dinero, vuestras cosas y os marchéis de aquí antes de que decidáis que queréis probar si tan duros sois peleando con alguien de vuestro tamaño.

Hubo un silencio tenso. Los mercaderes la miraron, vieron la determinación en su rostro, vieron que la gente del pueblo empezaba a ponerse de su lado, y sabiendo que en aquellas tierras la justicia era rápida y dura, refunfuñaron, dieron media vuelta y se marcharon, murmurando amenazas vacías.

Cuando se fueron, Layla suspiró y se giró para mirar al joven al que había defendido. Esperaba ver agradecimiento, o al menos alivio. Pero lo que vio la dejó paralizada.

Caelen la miraba fijamente, con esos ojos azules grises que parecían estar leyendo cada secreto de su alma. No había agradecimiento en su mirada, sino orgullo, curiosidad y algo más, algo que hizo que el corazón de Layla diera un vuelco dentro de su pecho.

—No necesitaba que me defendieran, señorita —le dijo él con voz profunda, rasposa y calmada, sin bajar la vista ante ella—. Sé cuidarme solo. Y, sobre todo, sé que nadie suele hacer lo que tú acabas de hacer sin esperar algo a cambio. ¿Qué quieres?

Layla, acostumbrada a que todos la trataran con reverencia o miedo, se quedó sorprendida. Él no sabía quién era. No le importaba quién era. Y le hablaba como un igual, o incluso como si ella fuera la extraña en esa situación. Y en ese momento, Layla entendió algo muy claro: Él era exactamente lo que estaba buscando.

—No quiero nada —respondió ella, devolviéndole la mirada con la misma intensidad—. Solo odio ver a la gente comportarse como animales. Y tú… tú pareces alguien que vale mucho más de lo que esos idiotas pueden ver.

Caelen se quedó callado un momento, estudiándola, analizando cada palabra, cada gesto. Luego, una pequeña sonrisa, apenas esbozada, apareció en sus labios, cambiando totalmente su expresión dura y haciéndolo increíblemente atractivo.

—Eres diferente —dijo él simplemente—. No eres de por aquí, eso está claro. ¿Quién eres realmente?

Layla pensó en decirle la verdad, decirle que era la princesa de Al-Jazair, hermana del gran Rey Karim. Pero mirándolo a los ojos, supo que eso arruinaría todo. Él era orgulloso, independiente, igual que ella. Y si sabía quién era, pondría barreras, pensaría en diferencias, en lo adecuado o no. Y ella quería ver hasta dónde llegaba esa conexión repentina y magnética que sentía.

—Soy Layla —respondió ella, extendiendo la mano con firmeza—. Solo Layla. Una viajera. Y estoy buscando un guía que conozca estas tierras y que no tenga miedo de nada. Me han dicho que tú conoces cada piedra y cada sendero de estas montañas.

Caelen miró su mano, luego volvió a mirar sus ojos, y cuando la tomó, el tacto de su piel hizo que una corriente eléctrica recorriera a ambos, una sensación extraña, poderosa, inevitable.

—Te dirán muchas cosas de mí, Layla —dijo él, con esa voz que parecía acariciar su nombre—. Te dirán que soy peligroso, que soy un marginado, que no soy lo suficientemente bueno para nadie. Y probablemente tengan razón. Pero si quieres que te guíe… ten cuidado. Porque una vez que entres en mi mundo, ya no hay vuelta atrás. Y puede que acabes arrepintiéndote de haberme defendido.

Layla apretó su mano con fuerza, con una sonrisa desafiante y brillante en sus labios, esa sonrisa que decía que nada ni nadie podía detenerla.

—Yo nunca me arrepiento de lo que hago, Caelen —respondió ella con seguridad—. Y te aseguro que tú no eres quien debe tener miedo. Porque puede que seas tú quien acabe arrepintiéndose de haberme conocido a mí.

Y así, en ese mercado polvoriento, entre gente sencilla y montañas imponentes, comenzó la historia que Layla siempre había soñado. La historia con el hombre que todos creían que no era adecuado para ella, pero que estaba destinado a ser el dueño de su corazón, su igual, su compañero y el amor de su vida. Una historia de fuerza, de orgullo, de desafiar las normas y de demostrar que el verdadero valor no está en la sangre ni en los títulos, sino en el alma.

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