Valeria es una abogada, cuya carrera va en ascenso. Pero, en la vida personal, ella es la esposa secreta del heredero Alcázar, Sebastian Alcázar.
Durante tres años, ella ha vivido en el anonimato, mientras que su esposo, Sebastian, se pasea con Lina, una amiga de la familia, con quien todos especulan tiene una relación amorosa.
Valeria, ante tanta indiferencia por largos años, decide que ya fue suficiente, así que le pide el divorcio a Sebastian, quien solo se lo toma como un berrinche de Valeria, sin imaginar, que es él mismo quien la empuja cada día mas, a que ella tenga una decision mas firme de dejarlo.
En medio de todo este proceso, Mateo Del Río, un compañero de la universidad, regresa a la vida de Valeria, y a diferencia de Sebastian, Mateo siempre esta cuando lo necesita, la apoya, le da comprensión, seguridad, y respeto.
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Capítulo 14
Capítulo 14
La sopa era de tortilla.
Casera, con aguacate aparte para que no se aguadara, queso en otro recipiente y chile separado.
Marta la recibió como si Mateo le hubiera entregado una medicina.
—Ese joven sí piensa.
—Marta.
—¿Qué? Yo nomás digo.
Me senté a comer en la barra. No tenía hambre hasta que probé la primera cucharada.
El celular vibró.
Sebastián: Estoy afuera de Lirio.
Dejé la cuchara.
Valeria: No subas.
Sebastián: Baja.
Valeria: No.
Sebastián: Entonces subo.
Me levanté tan rápido que Marta se asustó.
—¿Qué pasó?
—Sebastián está abajo.
—¿Quiere que llame a seguridad?
Quise decir que no.
Quise ser la esposa razonable, la mujer que no arma escándalos en su edificio.
Pero ya estaba cansada de proteger la imagen de todos menos la mía.
—Sí. Diles que no puede subir sin mi autorización.
Marta sonrió apenas.
—Con gusto.
Sebastián llamó cinco veces. Luego mandó mensajes.
Sebastián: ¿Me estás negando la entrada?
Sebastián: Soy tu esposo.
Sebastián: Valeria, esto es ridículo.
No respondí.
Diez minutos después, tocaron a mi puerta.
Pensé que sería seguridad.
Era Mateo.
—El guardia me avisó que hay un hombre insistiendo abajo. Preguntó si eras mi vecina.
—Es Sebastián.
Mateo no mostró sorpresa.
—¿Quieres que baje?
—No.
—Bien.
No discutió.
Eso me hizo mirarlo.
—¿No vas a decirme qué debería hacer?
—No soy tu esposo.
La frase quedó entre nosotros.
Mateo bajó la vista primero.
—Perdón. No quise...
—Está bien.
No lo estaba del todo.
Pero tampoco dolía como cuando Sebastián lo decía.
Abajo, Sebastián vio a Mateo salir del elevador.
El lobby se enfrió.
—Del Río.
—Alcázar.
—¿Qué haces aquí?
—Vivo aquí.
—Qué casualidad.
Mateo sonrió de lado.
—La ciudad es grande, pero los edificios buenos son pocos.
Sebastián dio un paso hacia él.
—No te metas en mi matrimonio.
—No estoy en tu matrimonio.
—Estás en su piso.
—También tú intentaste estar y no te dejaron.
El guardia fingió revisar papeles.
Sebastián apretó los puños.
—Dile que baje.
—No recibo órdenes tuyas.
—Mateo.
—Sebastián.
La calma de Mateo era peor que un grito.
Sebastián lo sabía. Habían crecido en círculos parecidos, estudiado juntos, competido sin decirlo. Yo apenas conocía la superficie, pero esa tensión venía de antes de mí.
—Valeria es mi esposa —dijo Sebastián.
—Entonces trátala como tal.
Sebastián se quedó inmóvil.
Mateo no esperó respuesta.
—Buenas noches.
Subió de nuevo.
Cuando tocó mi puerta, yo seguía con la sopa a medias.
—No subirá —dijo.
—Gracias.
—De nada —respondió Mateo.
No se movió.
Por un segundo pensé que diría algo más. Tal vez sobre Sebastián en el lobby, tal vez sobre el correo, tal vez sobre esa forma mía de agradecer como si cada gesto viniera con factura.
Pero solo inclinó la cabeza y entró a su departamento.
Yo cerré.
Saqué el pan de la bolsa. Conchas pequeñas, todavía tibias. También venía un frasco de mermelada de fresa.
Marta no pudo haberle dicho eso.
Nadie sabía que de niña yo comía conchas con mermelada escondida porque mi mamá decía que era demasiada azúcar.
Nadie, salvo quizá alguien que hubiera visto una entrevista vieja donde lo mencioné hablando de mis novelas.
O.
La idea pasó rápido.
La dejé ir más rápido.
Me comí media concha de pie, junto a la barra.
La mermelada era demasiado dulce.
Me encantó.
Pensé en mandarle un mensaje a Mateo para decirle eso, pero no lo hice. Luego pensé en escribirle a O que alguien me había traído pan.
Tampoco.
Había cosas que prefería guardar un poco antes de nombrarlas.
Y esa, aunque mínima, también era una forma de libertad.
Pequeña, pero mía.
Y suficiente.
Ahora.
Mateo no sonrió de inmediato.
—No tienes que agradecer cada cosa pequeña.
—Es costumbre.
—Entonces mala costumbre.
Me quedé con la bolsa de pan en las manos.
—¿También vas a corregirme eso?
—No. Solo voy a seguir trayendo pan hasta que dejes de saltarte comidas.
—Eso suena a amenaza.
—Es una estrategia de vecino.
—Muy invasiva.
—La puerta sigue cerrada entre nosotros.
Miré el marco. Tenía razón. Él estaba del otro lado, sin intentar avanzar.
—Buenas noches, Mateo.
—Buenas noches, Valeria.
Cerré la puerta y apoyé la frente en la madera.
Por primera vez, la línea entre cuidado y presión me pareció visible.
Y Mateo estaba del lado correcto.
—No hice nada.
—Eso también se agradece.
Mateo asintió.
Antes de irse, miró la barra.
—¿Estaba bien?
—Sí.
—Come antes de que se enfríe.
Se fue.
Me senté otra vez.
La sopa ya estaba tibia.
Aun así, me la terminé.
Sebastián permaneció en su coche casi una hora antes de irse.
Yo lo supe por seguridad.
No bajé.
Esa noche, antes de dormir, abrí mi chat con él.
Leí mensajes viejos. Los de la universidad. Los de cuando me decía que me extrañaba después de dos horas sin verme. Los de cuando me mandaba fotos de cafés porque le recordaban a mí.
Después miré los últimos.
Órdenes.
Reclamos.
Amenazas.
Bloqueé su contacto.
Luego bloqueé a Víctor.
Luego a Renata.
No sentí alivio.
Pero por fin hubo silencio.
El silencio me duró diez minutos.
Luego llegó un correo de Sebastián.
Asunto: No puedes bloquearme.
Lo abrí solo porque el asunto me dio risa.
Valeria, no voy a perseguirte por mensajes si eso te molesta. Pero bloquear a tu esposo es infantil. Hay cosas que tenemos que resolver como adultos. Vuelve al departamento y hablamos sin terceros.
Lo leí de pie, junto a la cocina.
Adultos.
Qué palabra tan conveniente cuando él quería que yo volviera a sentarme frente a él sin testigos.
Respondí:
Sebastián, si quieres hablar de temas legales, escribe a mi correo profesional. Si quieres hablar de temas personales, espera a que yo quiera.
No puse "saludos".
Me pareció demasiado amable.
Esa noche, alguien tocó la puerta.
Miré por la mirilla.
Mateo sostenía una bolsa de pan.
—No vengo a preguntar nada —dijo apenas abrí—. Marta me dijo que no cenaste.
—Marta habla demasiado.
—Sí.
—Y tú escuchas demasiado.
—También.
Me dio la bolsa.
—Buenas noches.
—Mateo.
Se detuvo.
—Gracias.