Ella renace decidida a cambiar su destino y a sobrevivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Recuerdos
La oscuridad era infinita.
No existía arriba.
Ni abajo.
Ni el paso del tiempo.
Ella no sabía si habían transcurrido minutos, días o siglos desde la última vez que había abierto los ojos.
Solo flotaba.
Sin frío.
Sin calor.
Sin dolor.
Sin siquiera poder mover su cuerpo.
[¿Estoy... muerta?]
No hubo respuesta.
El silencio era absoluto.
Hasta que, de pronto, una luz apareció a lo lejos.
Era pequeña.
Casi imperceptible.
Pero comenzó a crecer lentamente.
Y junto con ella...
Llegaron imágenes.
Al principio eran borrosas.
Después comenzaron a adquirir forma.
Como si estuviera observando una obra de teatro desde muy lejos.
Frente a ella apareció una joven extraordinariamente hermosa.
Cabello largo de un delicado color rosado.
Ojos azules tan claros que parecían reflejar el cielo.
Piel blanca.
Rostro dulce.
Una sonrisa amable.
Era una belleza que llamaba la atención de cualquiera.
[Es hermosa...]
Sin embargo, bastó verla actuar unos minutos para que aquella primera impresión cambiara.
[…Y también bastante ingenua.]
La joven confiaba demasiado en las personas.
Sonreía incluso cuando intentaban aprovecharse de ella.
Creía cualquier palabra amable que escuchaba.
[¿En serio acabas de creer eso?]
La observó conversar con otras damas nobles que solo fingían ser sus amigas.
La vio disculparse por errores que ni siquiera había cometido.
La vio sonreír mientras otros se burlaban de ella a sus espaldas.
[Definitivamente eres demasiado buena...]
Las imágenes continuaron avanzando.
Una voz comenzó a llenar aquel extraño espacio.
Como si alguien estuviera narrando la vida de aquella mujer.
Davina Evans.
Única hija del barón Evans.
Una joven criada con cariño, protegida del mundo y educada para convertirse algún día en una dama ejemplar.
Pero también demasiado inocente.
Demasiado crédula.
Demasiado incapaz de imaginar que las personas podían mentir.
Las escenas cambiaron.
Un elegante salón iluminado por enormes candelabros apareció ante sus ojos.
Era una reunión de nobles.
Vestidos lujosos.
Música.
Copas de cristal.
Conversaciones elegantes.
Davina caminaba nerviosa entre los invitados.
Era evidente que no estaba acostumbrada a aquel ambiente.
Fue entonces cuando conoció a un hombre.
No podía distinguir claramente su rostro.
Cada vez que intentaba observarlo, una especie de niebla cubría sus facciones.
Solo podía percibir que era alto.
Que vestía ropas de excelente calidad.
Y que todos parecían respetarlo.
[O más bien... temerle.]
Conversaron durante horas.
Rieron.
Compartieron vino.
Hablaron lejos del bullicio del salón.
Las imágenes comenzaron a difuminarse.
El tiempo avanzó rápidamente.
Solo quedó claro que aquella noche ambos estuvieron juntos.
Nada más.
Las escenas volvieron a cambiar.
Días después.
Davina observaba un pequeño calendario con las manos temblorosas.
Luego llevó una mano hasta su vientre.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
[Está embarazada...]
Ella esperaba que la siguiente escena mostrara a Davina buscando al padre.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
Davina pasó noches enteras llorando en silencio.
Escribía cartas.
Las rompía.
Volvía a escribir.
Nunca enviaba ninguna.
[¿Por qué no vas a buscarlo?]
No importaba cuánto gritara aquella pregunta.
Davina no podía escucharla.
Finalmente comprendió la razón.
El orgullo.
La vergüenza.
El miedo.
¿Qué pasaría si él la rechazaba?
¿Qué ocurriría si negaba haber estado con ella?
¿Y si toda la nobleza se enteraba?
Una mujer soltera esperando un hijo sería señalada durante el resto de su vida.
Davina tomó una decisión.
Una muy mala decisión.
Fingió encontrarse gravemente enferma.
Convenció a su familia de que necesitaba descansar lejos de la capital.
Así llegó a la residencia campestre de los Evans.
Una enorme casa rodeada de bosques y campos de flores.
Lejos de las miradas.
Lejos de los rumores.
Lejos de todos.
[Así que... planeaba esconder el embarazo.]
Los meses comenzaron a transcurrir.
Davina ocultaba cuidadosamente el crecimiento de su vientre.
Se envolvía con fajas demasiado ajustadas.
Usaba vestidos diseñados para disimular cada cambio en su cuerpo.
Incluso cuando respirar comenzaba a costarle.
Incluso cuando caminar le resultaba doloroso.
[¡No hagas eso!]
Quería detenerla.
Quería arrancarle aquellas vendas.
Pero solo era una espectadora.
No podía intervenir.
Davina evitaba cualquier médico.
También rechazaba a los sanadores y magos especializados en embarazos.
Tenía demasiado miedo de que descubrieran la verdad.
Con el paso de los meses su rostro perdió el brillo.
Se volvió más pálido.
Más delgado.
Las ojeras comenzaron a aparecer.
Dormía poco.
Comía menos de lo necesario.
Y aun así seguía sonriendo delante de los pocos sirvientes que la acompañaban.
Cada noche hablaba con su vientre.
—Lo siento...
Acariciaba suavemente la tela de su vestido.
—Solo necesito que nazcas.
Su voz temblaba.
—Después encontraré una buena familia. Una familia que pueda darte todo lo que yo no puedo.
Lloraba en silencio.
—Les daré dinero... Mucho dinero... Me aseguraré de que nunca te falte nada... Solo... Solo no puedo quedarme contigo.
[…Crees que eso será suficiente.]
No hablaba con crueldad.
Hablaba como alguien que estaba convencida de que aquella era la única salida.
La sociedad no perdonaría a una noble soltera con un hijo.
Y Davina había terminado creyéndolo.
Los meses siguieron pasando.
Hasta que finalmente llegó el día del parto.
No hubo médicos.
No hubo sanadores.
Mucho menos un mago especializado.
Solo una habitación silenciosa.
Unas pocas sirvientas aterradas.
Y una joven completamente agotada.
El parto fue largo.
Doloroso.
Interminable.
Cuando el llanto del bebé finalmente llenó la habitación, apenas duró unos instantes.
Era un sonido débil.
Demasiado débil.
Las sirvientas intercambiaron miradas de preocupación.
El pequeño respiraba con dificultad.
Su piel tenía un tono enfermizo.
Y apenas lograba moverse.
[¿Qué ocurre?]
Nadie respondió.
Davina extendió los brazos con lágrimas en los ojos.
Cuando por fin sostuvieron al bebé entre ellos, sonrió con una ternura inmensa.
—Hola...
Su voz apenas era un susurro.
Acarició con un dedo la diminuta mejilla del recién nacido.
—Perdóname...
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.
—Perdóname por no haberte protegido.
El bebé abrió lentamente los ojos.
Era como si intentara reconocer el rostro de su madre.
Pero su respiración se hacía cada vez más débil.
Los días siguientes fueron una lenta agonía.
Sin atención médica.
Sin ayuda mágica.
La extraña enfermedad que había acompañado al niño desde el nacimiento consumía sus pequeñas fuerzas.
Y Davina, debilitada por el embarazo, el parto y los meses de descuido, tampoco lograba recuperarse.
Ambos permanecieron en la misma habitación.
La madre sosteniendo a su hijo hasta el último momento.
Una mañana, el llanto dejó de escucharse.
Davina comprendió de inmediato lo que había ocurrido.
Besó la frente del pequeño.
Sonrió entre lágrimas.
Y cerró los ojos.
Pocas horas después...
Su respiración también se detuvo.
La habitación quedó en completo silencio.
Las imágenes comenzaron a desvanecerse lentamente.
Ella permaneció inmóvil, incapaz de apartar la vista de aquella escena.
[No...]
Sintió un nudo en la garganta.
[No fue el orgullo...]
Cerró los ojos con fuerza.
[Fue el miedo.]
Porque el miedo había convencido a una joven de ocultarse.
El miedo le había impedido pedir ayuda.
Y ese mismo miedo había terminado arrebatándoles la vida a una madre y a un hijo que jamás tuvieron la oportunidad de empezar de verdad.
que en las noches se buscan a ver si algo hace que dejen ese orgullo para que su hijo nazca en un lugar estable con padres dejen su orgullo por el
Si me reí, pero se pasó de descarada, y Jean no va dejar de pasar la. oportunidad de satisfacerse de su esposa tóxica masoquista , pobre criatura cuando sea grande y pregunté cómo eran sus padres 🤣🤣
me fascina leer