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Bajo El Cielo De Madrid

Bajo El Cielo De Madrid

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Amor eterno
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Camila Da Ponte

Bajo el cielo de Madrid

Camila viaja a España con su pequeña hija buscando una nueva oportunidad. Lo que nunca imaginó era que su vida cambiaría al conocer a Nicolás Ferrer, uno de los futbolistas más importantes del mundo.

Él lo tiene todo... excepto paz. Ella solo busca empezar de nuevo. Pero cuando el destino insiste en cruzar sus caminos, ambos deberán decidir si están dispuestos a arriesgarlo todo por un amor que nunca debió existir.

NovelToon tiene autorización de Camila Da Ponte para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Mi primer día

Capítulo 3: Mi primer día

El despertador sonó a las seis de la mañana.

Camila abrió los ojos antes de que sonara por segunda vez. Era su primer día de trabajo y los nervios no la habían dejado dormir profundamente. Permaneció unos segundos mirando el techo del pequeño departamento, intentando convencerse de que todo aquello era real.

Había llegado a Madrid sin más certezas que el amor por su hija y la esperanza de encontrar una oportunidad. Ahora esa oportunidad estaba frente a ella.

Giró la cabeza y vio a Lola durmiendo abrazada a su oso de peluche. Su respiración tranquila le recordó el verdadero motivo por el que había cruzado el océano.

Se levantó despacio para no despertarla y fue a la cocina. Mientras preparaba café, repasaba mentalmente todo lo que debía hacer ese día. Quería causar una buena impresión. No podía permitirse cometer errores.

Una hora después, Lola apareció despeinada y todavía medio dormida.

—¿Ya te vas a trabajar, mamá?

Camila sonrió.

—Todavía no. Primero vamos a desayunar juntas.

Compartieron unas tostadas con mermelada y un vaso de leche. Luego ayudó a Lola a vestirse.

Carmen, la amable vecina que vivía en el piso de abajo, había aceptado cuidarla mientras Camila estuviera en la oficina.

—Buenos días, chicas —saludó Carmen al abrir la puerta.

—Gracias otra vez por ayudarme.

—No tienes que agradecerme nada. Lola es un encanto.

La pequeña abrazó a su mamá antes de despedirse.

—Suerte.

Camila le dio un beso en la frente.

—Cuando vuelva te voy a contar cómo fue todo.

—Y yo te voy a contar cómo me porté.

Las dos rieron.

El trayecto hasta el Grupo Ferrer se le hizo mucho más corto que el día de la entrevista.

Al llegar al enorme edificio de cristal, respiró profundamente antes de entrar.

—Buenos días, Camila —la saludó la recepcionista con una sonrisa.

—Buenos días.

Unos minutos después apareció Laura Gómez.

—Bienvenida oficialmente al Grupo Ferrer.

—Muchas gracias.

Laura la acompañó hasta el piso donde trabajaría.

Era un espacio moderno, con grandes ventanales desde donde se veía parte de Madrid. Había decenas de escritorios perfectamente organizados y un ambiente tranquilo, aunque todos parecían concentrados en sus tareas.

—Quiero presentarte al equipo.

Durante los siguientes minutos fue conociendo a sus nuevos compañeros.

Martín, el encargado del área administrativa, fue el primero en darle la bienvenida.

—Espero que no te asustes. El primer día siempre parece un caos.

Camila sonrió.

—Haré mi mejor esfuerzo.

También conoció a Elena, una administrativa española muy simpática.

—Si necesitas cualquier cosa, preguntame. Todos estuvimos en tu lugar alguna vez.

Ese comentario hizo que Camila se sintiera un poco más relajada.

Laura le mostró su escritorio.

Sobre él había una computadora nueva, una libreta y una carpeta con toda la información necesaria para comenzar.

—Hoy será un día tranquilo. Queremos que te familiarices con el sistema y con la empresa.

Camila asintió.

—Perfecto.

Las primeras horas pasaron entre capacitaciones, llamadas telefónicas y la organización de documentos.

Todo parecía marchar bien.

Hasta que, cerca del mediodía, comenzó un movimiento diferente en la oficina.

Algunos empleados acomodaban papeles con rapidez.

Otros revisaban sus trajes frente a los vidrios.

Camila observó la escena con curiosidad.

Se acercó a Elena.

—¿Pasa algo?

Ella sonrió.

—¿No te lo dijeron?

—¿Qué cosa?

—Hoy vuelve Nicolás Ferrer de la concentración con su equipo.

Camila frunció el ceño.

—¿El dueño?

—Sí. Aunque casi nunca pasa mucho tiempo en la oficina porque vive entre entrenamientos, partidos y viajes.

Martín intervino.

—Cuando viene, todo el mundo intenta que no falte absolutamente nada.

Camila soltó una pequeña risa.

—Debe imponer bastante.

—Más de lo que imaginás.

Ella volvió a su escritorio sin darle demasiada importancia.

No seguía el fútbol.

Sabía quién era Nicolás Ferrer porque aparecía constantemente en las noticias, pero nunca había imaginado que terminaría trabajando en una de sus empresas.

Continuó revisando unos documentos cuando el sonido del ascensor llamó la atención de toda la oficina.

El silencio se hizo casi absoluto.

Varios empleados levantaron la vista.

Camila, sin entender demasiado, siguió escribiendo.

Fue entonces cuando escuchó una voz masculina saludando a todos.

—Buenos días.

No levantó la mirada.

Estaba concentrada terminando un informe.

Sin saberlo, a pocos metros de ella, Nicolás Ferrer caminaba junto a dos directivos mientras conversaban sobre nuevos proyectos.

Vestía un traje azul oscuro perfectamente ajustado. Su presencia imponía respeto, pero saludaba a cada empleado con naturalidad.

Cuando pasó cerca del escritorio de Camila, ella seguía trabajando sin darse cuenta de quién era.

Nicolás la observó apenas un instante.

Era un rostro completamente nuevo.

Antes de preguntar quién era aquella mujer, uno de los directivos volvió a hablarle y continuaron caminando hacia la sala de reuniones.

Camila levantó la vista unos segundos después.

Solo alcanzó a ver de espaldas a un hombre alto, de cabello castaño y porte elegante entrando en una oficina.

—¿Ese era Nicolás Ferrer? —preguntó en voz baja.

Elena sonrió.

—Sí.

Camila volvió a mirar la puerta cerrada.

No sabía por qué, pero sintió curiosidad.

Sin embargo, enseguida volvió a concentrarse en su trabajo.

Después de todo, él era el dueño de la empresa.

Seguramente nunca volverían a cruzarse.

O eso era lo que ambos creían.

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