Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
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Capítulo 7
...Celos y advertencias...
Esa noche hubo otra reunión.
Más privada.
Más selectiva.
Después de lo que descubrimos sobre la deuda, el ambiente en la casa cambió.
Más vigilancia.
Más llamadas en voz baja.
Más miradas que se cortaban cuando yo entraba.
Solo tres hombres de confianza de Thiago… y una mujer.
Alta. Elegante. Vestido rojo intenso. Seguridad en cada paso.
Cuando entró en el salón, no me miró a mí primero.
Lo miró a él.
Como si quisiera comprobar algo.
—Thiago —saludó con una leve sonrisa.
—Isabella —respondió él con neutralidad.
Algo en el ambiente cambió.
No era amenaza.
Era historia.
Una historia que yo no conocía.
—No sabía que te habías casado —dijo ella finalmente, girando hacia mí—. Felicidades.
Su tono era impecable. Su mirada no.
—Gracias —respondí con la misma calma medida.
—Fue repentino —añadió, observando a Thiago—. No pareces hombre de decisiones impulsivas.
—No lo soy —respondió él.
Isabella dio un paso más cerca de nosotros.
—Supongo que la señorita Lombardi tiene cualidades especiales.
No era un insulto directo.
Era un desafío elegante.
Sentí la mano de Thiago apoyarse en mi cintura.
Firme. Deliberada.
Un mensaje silencioso.
—Mi esposa no necesita demostrar nada —dijo con voz baja.
Isabella arqueó apenas una ceja.
—Claro.
La reunión comenzó con conversaciones estratégicas. Yo escuchaba, aprendiendo nombres, territorios, alianzas.
Pero esta vez entendía algo más.
Si alguien había forzado nuestro matrimonio, cada persona en esa sala podía estar involucrada.
Cada mirada tenía un propósito.
Podía sentir la de Isabella ocasionalmente sobre mí.
Evaluando.
Comparando.
Midiendo cuánto valía yo en ese tablero invisible.
En un momento, Thiago se levantó para atender una llamada y se apartó hacia el balcón.
Isabella aprovechó.
—No pareces el tipo de mujer que encaja aquí —dijo suavemente.
—¿Y cuál sería ese tipo?
—Ambiciosa. Calculadora. Dispuesta a ensuciarse las manos.
La miré directamente.
—Quizá me subestimas.
Su sonrisa fue apenas perceptible.
—Quizá.
Se inclinó un poco más hacia mí.
—Ten cuidado. Este mundo devora a las que no saben jugar.
—¿Y tú sabes jugar?
—Hace años.
—Entonces sabes que nadie sobrevive sola.
Sus ojos brillaron apenas.
—Yo nunca estuve sola.
La frase tenía doble sentido.
Thiago regresó en ese instante.
Su mirada pasó de ella a mí en segundos.
Leyendo la tensión.
—Isabella ya se iba —anunció uno de los hombres.
Ella tomó su bolso con elegancia.
Antes de irse, se detuvo frente a mí.
—Espero que sobrevivas al año.
Luego miró a Thiago.
—Tú sabes que las alianzas forzadas siempre tienen consecuencias.
Y se fue.
El silencio quedó flotando.
Pero esta vez no era solo incomodidad.
Era advertencia.
Me giré hacia él.
—¿Exnovia? —pregunté sin rodeos.
—No.
—Entonces ¿qué es?
Thiago sostuvo mi mirada.
—Alguien que entiende este mundo demasiado bien.
—Eso no responde mi pregunta.
Se acercó un paso.
—No tienes que preocuparte por ella.
—No estoy preocupada.
—Estás celosa.
La afirmación me tomó desprevenida.
—No lo estoy.
Una leve sombra de diversión cruzó su expresión.
—Bien.
—Pero si vuelve a hablarme como si fuera débil, no me quedaré callada.
Su mano ascendió ligeramente por mi espalda.
—Eso me gustaría verlo.
Mi respiración se volvió irregular.
—No me provoques.
—No te estoy provocando.
Su voz bajó, casi íntima.
—Estoy advirtiéndote.
—¿De qué?
Sus dedos se tensaron apenas sobre mi cintura.
—De que empiezas a importarme más de lo que debería.
El aire entre nosotros cambió.
No era contrato.
No era estrategia.
Era algo peligroso.
Y por primera vez, el verdadero riesgo no venía de los Ivanov.
Venía de nosotros.