Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 16
# Capítulo 016: ¡Jamás voy a perdonar!
Aurora salió al pasillo.
—No voy a disculparme.
El patio interior estaba lleno de estudiantes. En la barda del segundo piso, Emilio estaba sentado con una pierna colgando hacia el vacío. Lloraba, gritaba, se limpiaba la cara con la manga.
—¡Todo esto es por tu culpa! —gritó al verla—. ¡Me arruinaste la vida!
Los celulares se alzaron.
Los maestros se miraban entre sí, esperando que alguien tomara una decisión.
El director del plantel venía corriendo desde el edificio administrativo.
Aurora caminó hacia la escalera.
Sofía intentó detenerla.
—Aurora, por favor.
—Confía en mí.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Subió los escalones despacio porque el tobillo todavía dolía. Cada paso le mandaba una punzada hasta la rodilla, pero no se detuvo.
Mendoza iba detrás.
—Señorita Rivas, no se acerque demasiado.
Aurora llegó al segundo piso y salió al pasillo abierto junto a la barda. Emilio la vio y lloró más fuerte.
—¡No te acerques!
—No vine a empujarte.
—¡Tú hiciste que todos me odiaran!
Aurora se detuvo a varios metros.
Abajo, la multitud guardó silencio.
—No. Tú hiciste una pregunta asquerosa frente a todo el salón. Yo solo dejé que todos escucharan la respuesta.
Emilio apretó los barrotes.
—¡Me van a expulsar!
—Puede ser.
Los maestros se tensaron.
Aurora siguió:
—Pero no porque yo te obligué. Porque dijiste lo que dijiste.
—¡Solo era una broma!
—A mí no me dio risa.
Emilio miró hacia abajo. Estaba pálido.
Aurora sintió un hueco en el estómago.
No quería que saltara.
Tampoco iba a dejar que usara su miedo para convertirla en culpable.
—Baja —dijo—. No por mí. Baja porque si te caes, tu mamá va a tener que recibir una llamada que nadie merece.
Emilio lloró más fuerte.
—Entonces discúlpate.
El patio volvió a respirar.
Ahí estaba.
La trampa.
Mendoza susurró detrás:
—Aurora, solo diga...
Ella se volvió.
—No.
El profesor se quedó callado.
Aurora miró a Emilio otra vez.
—No voy a pedir perdón por defenderme.
—¡Entonces me tiro!
Aurora sintió que todo el mundo la empujaba hacia una sola respuesta.
Hazlo fácil.
Di perdón.
Sé buena.
Sé cómoda.
Pero ella ya había sido cómoda demasiados años.
Aurora apoyó las manos en la barda.
Sofía gritó desde abajo:
—¡Aurora, no!
Camila dejó de respirar.
Valeria insultó tan fuerte que todos la oyeron.
Aurora subió a la barda.
El tobillo protestó, pero ella se sentó del otro lado, a tres metros de Emilio.
El patio explotó en gritos.
—¡¿Qué haces?! —chilló Mendoza.
Aurora miró hacia abajo.
La altura no era enorme.
Pero bastaba para romper huesos.
Bastaba para asustar.
Bastaba para que todos entendieran lo fácil que era usar un cuerpo como amenaza.
—¿Quieren que me disculpe? —gritó Aurora—. Bien. Entonces yo también me tiro. ¿Quién de ustedes va a explicarle a mi bisabuelo que su nieta pidió perdón para que un acosador no enfrentara consecuencias?
El patio se quedó helado.
Emilio la miró con terror.
—Estás loca.
Aurora se rió sin humor.
—Eso dicen mucho los cobardes cuando una mujer deja de obedecer.
El director llegó al segundo piso con dos guardias.
—Señorita Rivas, baje de ahí ahora mismo.
—Cuando él baje.
—Esto no es negociación.
—Exacto. Entonces dejen de negociar con mi dignidad.
Emilio empezó a temblar.
—No quiero caerme.
Aurora lo miró.
—Entonces baja.
—Van a odiarme.
—Quizá. Pero vivo tienes oportunidad de aprender a no ser miserable. Muerto solo dejas a otros limpiando el desastre.
Emilio lloró con la cara entre las manos.
Uno de los guardias se acercó despacio.
Esta vez Emilio no se apartó.
Lo bajaron primero.
Luego el director miró a Aurora.
—Ahora usted.
Aurora quiso bajar con dignidad.
Su tobillo decidió otra cosa.
Valeria subió corriendo y le ofreció la mano.
—Dame la mano antes de que me dé un infarto, estúpida.
Aurora la tomó.
Cuando puso los pies en el pasillo, las piernas le fallaron.
Sofía llegó por el otro lado y la sostuvo.
Camila seguía grabando, pero tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Te odio —dijo.
—Yo también me odio un poco ahora mismo —murmuró Aurora.
El director se aclaró la garganta.
—Esto se revisará en dirección.
Aurora lo miró.
—Revise también por qué un profesor me pidió disculparme por acoso sexual para proteger la reputación de la escuela.
Mendoza palideció.
Camila levantó el celular.
—Grabado.
El director cerró la boca.
Aurora sintió que la adrenalina bajaba de golpe.
No quería llorar.
No ahí.
Su celular vibró en manos de Camila.
En la pantalla apareció el nombre de Ricardo.
Camila miró a Aurora.
—No contestes.
Aurora extendió la mano.
—Dámelo.
Contestó.
—¿Qué quieres?
La voz de Ricardo llegó fría.
—Me avisaron que otra vez estás haciendo espectáculos. Si te tiras, manda a alguien a recoger el cuerpo. No me hagas perder el tiempo.
Aurora no dijo nada.
Durante un segundo, ni siquiera sintió dolor.
Luego colgó.
Valeria le quitó el teléfono antes de que lo estrellara contra la pared.
—Ese hombre no merece oxígeno.
Aurora miró hacia el patio vacío.
—No voy a perdonar —dijo.
Sofía le acarició la espalda.
—No tienes que hacerlo.
Aurora tragó saliva.
—Jamás voy a perdonar.
En la entrada del campus, una Suburban negra frenó con demasiada brusquedad.
Damian bajó antes de que Toño terminara de estacionarse.
Marco venía detrás con el teléfono en la mano.
—Alfa, la situación ya está controlada.
Damián vio a Aurora salir del edificio entre sus amigas, pálida, con los ojos secos y el tobillo rígido.
Después vio al padre de Emilio, un ejecutivo de una constructora afiliada a Grupo Montero, corriendo hacia el director con cara de pánico.
—Señor Montero —balbuceó el hombre al reconocerlo—. Yo puedo explicar...
Damián ni siquiera lo miró.
Pasó junto a él.
Aurora lo vio acercarse y por primera vez en toda la mañana la cara se le quebró.
—¿Soy mala persona? —preguntó cuando él llegó frente a ella.
Damián se detuvo.
—No.
—Me sentí bien cuando no pedí perdón.
—Bien.
—Me sentí bien cuando le dio miedo.
Damián miró hacia el edificio, donde Emilio estaba rodeado de maestros.
—No eres mala persona por defenderte.
Aurora apretó los labios.
—¿Entonces qué soy?
Damián levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarle la mejilla.
—Valiente.
Aurora bajó la cabeza.
Y esta vez sí lloró.
Lloró bajito, con la respiración rota y la cara escondida, hasta que Damián se quedó delante de ella para cubrirla de las miradas y sus amigas formaron una pared a los lados.
Cuando Aurora respiró hondo, algo en el aire cambió.
Ella levantó la cara.
Damián estaba cerca.
Muy cerca.
Olía a madera oscura, lluvia sobre tierra y algo cálido que no venía de su colonia.
El olor le calmó el pecho de una forma absurda.
—Hueles diferente —dijo, antes de pensarlo.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Diferente cómo?
Aurora parpadeó, confundida por su propia frase.
—No sé. Seguro.
Marco bajó la mirada de golpe.
Damián no se movió.
Pero dentro de él, el lobo levantó la cabeza.
Aurora acababa de oler al Alfa.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭