En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14
Navira
El amanecer en Vaelkoria siempre tenía un tono gris azulado, una luz fría que parecía juzgar los pecados de la noche anterior. Pero esa mañana, el frío no logró cruzar el umbral de mi alcoba. Por primera vez en meses, no me desperté tiritando, sino envuelta en un calor denso y sofocante que olía a sándalo, a cuero y a ese aroma metálico que era puramente Declan.
Abrí los ojos con lentitud, sintiendo el peso de un brazo sólido como el hierro rodeando mi cintura. Me quedé paralizada. La memoria de la noche anterior regresó de golpe: él escalando el balcón, la sangre en su camisa, sus bromas pesadas y, finalmente, el silencio compartido en mi cama.
Giré la cabeza apenas unos milímetros. Declan estaba despierto.
No me miraba con la arrogancia del General que ordena ejecuciones, ni con la burla del hombre que me llamaba "primor" para hacerme enojar. Me miraba con una suavidad que me resultó aterradora. Sus ojos claros parecían haber atrapado la poca luz del alba, brillando con una devoción que me hizo sentir desnuda, incluso bajo las mantas.
—Buenos días, mi pequeña rebelde —susurró. Su voz, pastosa por el sueño, era una caricia vibrante que me recorrió la columna—. Tenías razón. Tu cama es mucho más cálida. Y sospecho que es porque tú estás en ella.
Intenté recuperar mi máscara de frialdad, pero estar atrapada contra su pecho desnudo hacía que cualquier intento de dignidad pareciera ridículo.
—Suéltame, animal —mascullé, aunque no hice ningún esfuerzo real por zafarme—. ¿Cómo está tu hombro? ¿O es que el "aire fresco" del balcón te ha curado milagrosamente?
—Me duele —admitió, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozaron—. Pero es un dolor que vale la pena. ¿Sabes lo que es despertarse y ver que no me has clavado una daga mientras dormía? Es casi romántico, Navira. Un avance enorme en nuestra relación.
—No hay ninguna "relación", Declan. Hay una prisionera y un carcelero con muy poco sentido común.
—Mentirosa —murmuró él. Extendió su mano sana y empezó a jugar con un mechón de mi cabello, enrollándolo en su dedo con una lentitud exasperante—. Una prisionera no cuida las heridas de su carcelero con tanta ternura. Una prisionera no se acurruca contra él buscando calor en mitad de la noche.
—¡Tenía frío! —protesté, sintiendo que mis mejillas ardían—. Vaelkoria es un témpano de hielo, y tú eres… básicamente una estufa con patas. Fue una decisión puramente logística.
Declan soltó una risa ronca y se inclinó más, besando la punta de mi nariz.
—Logística, ¿eh? Me encanta tu pragmatismo, nena. Pero me gusta más cómo suspiras cuando te abrazo más fuerte. Ayer, entre sueños, dijiste mi nombre. Y no sonaba a insulto.
Me quedé sin habla. ¿Había dicho su nombre? ¿Había dejado que mi subconsciente traicionara la última línea de defensa que me quedaba? El pánico empezó a mezclarse con una excitación que me costaba ignorar. Declan aprovechó mi silencio para bajar su rostro hacia mi cuello, rozando con sus labios la piel justo por encima del collar de plata.
—Podría quedarme aquí siempre —susurró contra mi piel—. Olvidarme del Consejo, de los barones y de la guerra. Solo tú, yo y este incendio que nos estamos empeñando en ignorar.
—No puedes —dije, aunque mi voz salió como un suspiro—. Eres el Comandante. Tienes un reino que tiranizar.
—Y tú tienes una rebelión que liderar —replicó él, volviendo a mirarme a los ojos con una seriedad que me detuvo el corazón—. Pero aquí, en esta cama, solo somos Declan y Navira. Y Declan está terriblemente enamorado de la mujer que quiere cortarle la cabeza.
—No digas eso —le pedí, sintiendo que las lágrimas me escocían—. No digas palabras que no puedes cumplir.
—Lo que yo digo, lo hago realidad —sentenció él. Me tomó del mentón, obligándome a sostenerle la mirada—. Te lo dije anoche y te lo repito ahora: eres mía, Navira. No por el collar, ni por la ley. Eres mía porque tu fuego solo arde por mí, igual que mi hielo solo se funde por ti.
Estaba a punto de responder, de soltar algún sarcasmo para protegerme de la intensidad de sus palabras, cuando el sonido de la realidad golpeó la puerta.
¡PUM, PUM, PUM!
—¡Señorita Navira! —era la voz de Mila, sonando histérica—. ¡Traemos el desayuno y el agua! ¡Y el Capitán Kael está aquí abajo preguntando por el Comandante! ¡Dicen que no está en sus aposentos y la guardia está registrando la torre!
Mis ojos se abrieron como platos. Declan soltó una maldición entre dientes, pero no pareció asustado; parecía más bien molesto porque alguien hubiera interrumpido su momento.
—¡No entren! —grité, tratando de salir de la cama, pero Declan me sujetó de la cintura, reteniéndome un segundo más—. ¡Declan, suéltame! ¡Si nos encuentran así, estamos muertos! Bueno, tú no, ¡pero yo seré ejecutada por seducción al General!
—Nadie te va a tocar un pelo —dijo él con una calma aterradora, sentándose en la cama mientras se pasaba una mano por el cabello rubio alborotado—. Pero parece que nuestro pequeño secreto va a durar menos de lo esperado.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió. Las doncellas, Mila y Elara, entraron con las bandejas, seguidas de cerca por dos guardias de la Legión de Hierro y el Capitán Kael, que parecía estar al borde de un síncope.
El silencio que cayó en la habitación fue tan pesado que casi se podía escuchar la nieve caer afuera.
Mila soltó la bandeja de plata. El estruendo del café y las tostadas chocando contra el suelo fue el único sonido en la estancia. Elara se tapó la boca con ambas manos, con los ojos saliéndose de sus órbitas. Kael, por su parte, se quedó petrificado en el umbral, mirando a su Comandante —medio desnudo, con vendas manchadas de sangre y sentado en la cama de la prisionera de Sundergard— con una mezcla de horror y absoluta incredulidad.
—Señor… —balbuceó Kael, su rostro pasando del pálido al rojo en segundos—. Nosotros… estábamos buscándolo. Los guardias informaron que no estaba en su cama y que había… rastros de sangre en el balcón… Pensamos que había sido secuestrado.
Declan se desperezó con una parsimonia insultante, como si estar en la cama de una mujer rodeado de guardias fuera parte de su rutina diaria. Me rodeó los hombros con su brazo sano, atrayéndome hacia su costado en un gesto de posesión absoluta delante de todos. Yo quería que la tierra me tragara.
—Como ves, Capitán, no he sido secuestrado —dijo Declan, su voz volviendo a ser el acero frío del Comandante—. Simplemente decidí que el cuidado médico de la señorita Navira es superior al de vuestros cirujanos. El "aire fresco" hizo maravillas por mi hombro, aunque parece que he vuelto a abrir los puntos.
Kael miró el balcón abierto, luego a mí —que estaba intentando cubrirme con la sábana hasta la nariz— y luego a Declan.
—Señor… esto es… el Consejo… —Kael no encontraba las palabras.
—El Consejo puede esperar —cortó Declan—. Y tú, Mila, limpia ese desastre y trae café nuevo. Elara, ayuda a Navira a vestirse. Capitán, retire a los guardias del pasillo. El Comandante se quedará aquí a desayunar.
Los guardias, entrenados para obedecer sin cuestionar pero incapaces de ocultar su asombro, se cuadraron y salieron casi tropezando. Kael suspiró, dándose por vencido, y cerró la puerta tras de ellos, aunque se quedó fuera vigilando.
Mila y Elara empezaron a recoger el desastre del suelo, pero no podían dejar de mirarnos. Vi a Mila lanzarle una mirada a Elara que decía claramente: "Te lo dije, lo tiene a sus pies".
—¡Te lo advertí! —le siseé a Declan en cuanto los guardias salieron—. ¡Ahora todo el palacio lo sabe! ¡Van a decir que soy una bruja que te ha embrujado!
—Que digan lo que quieran —respondió él, dándome un beso en la mejilla delante de las criadas, lo que provocó un nuevo coro de suspiros ahogados—. Si ser embrujado significa despertar a tu lado cada mañana, entonces que traigan las hogueras, porque no pienso romper el hechizo.
Me soltó para dejar que las doncellas se acercaran, pero antes de levantarse, se inclinó hacia mi oído para que solo yo lo escuchara.
—Anoche escalé una torre por ti, Navira. Hoy me enfrentaré a un imperio. Prepárate, porque después del desayuno, vamos a dejar claro a todo Vaelkoria que no eres mi prisionera. Eres mi igual. Y pobre del que se atreva a decir lo contrario.
Se levantó de la cama, mostrando su torso vendado y musculoso con una confianza que hizo que Mila casi se desmayara de nuevo. Caminó hacia el ventanal, mirando hacia el reino que gobernaba, pero yo sabía que su mente estaba conmigo.
Me quedé allí, sentada entre las sábanas revueltas, con las doncellas rodeándome y murmurando excitadas. El escándalo sería monumental. El riesgo era infinito. Pero mientras miraba la espalda de Declan, el hombre que había arriesgado su vida y su reputación por estar un par de horas conmigo, supe que la guerra ya no era contra él.
La guerra era contra el resto del mundo, y por primera vez, me sentía lista para ganarla a su lado.
—Señorita… —susurró Elara mientras me ayudaba con el vestido—. El Comandante está… está realmente perdido. Nunca lo habíamos visto mirar a nadie así. Es como si usted fuera el sol y él solo un planeta dando vueltas.
Miré a Declan. Él se giró y me guiñó un ojo, recuperando esa chispa de provocación que tanto me hacía enfurecer.
—Menos charla y más café, Elara —dijo él, sonriendo—. Que hoy tenemos mucha geografía que estudiar… y esta vez, Navira, no pienso dejar que el libro nos separe.
—¡Eres un animal, Declan! —le grité, aunque esta vez, mi risa se mezcló con el insulto.
El invierno de Vaelkoria seguía fuera, pero en mi alcoba, la primavera acababa de empezar de la mano del hombre más peligroso y encantador del mundo.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄