Décimo primer libro de la saga colores
El capitán Albert Mercier, un lord arruinado de Floris emprenderá un viaje al mar a una misión de alto riesgo hacia una tierra desconocida, (Polemia) un reino helado donde se topara con Mermit, una nativa arisca que desafiará su destino.
¿Podrá el amor superar las barreras del entendimiento? Descúbrelo ya.
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9. Un paseo por el muelle
...MERMIT:...
La anciana Adelaida era gentil, aunque a veces parecía algo impaciente, como si perdiera la serenidad por instante, no era tan linda como Eudora y tampoco cuidadosa, pero al menos no me gritaba o maltrataba. Se veía muy sabia, así que me percaté de que Albert la trajo ante mí para enseñarme muchas cosas, ella debía ser la persona más sabia de este mundo.
La primera lección fue un caos, no comprendía lo que quería de mí, hasta que empezó a hacer señas, algunas las pude leer fácilmente.
Me pidió memorizar muchas palabras, algunas eran complicadas de pronunciar, siempre me mostraba una imagen y ella lo nombraba varias veces, después me pedía repetir y luego volvía a preguntarme.
La imagen podía ser un objeto, una estructura, un animal o una planta.
Por ahora estaba empezando por los objetos y estructuras.
Cada cosa tenía nombre, así que era muy complicado aprender tanto.
En ocasiones lo olvidaba, pero mientras más repetía, lo que veía, pude memorizar más rápido.
Siempre me ordenaba incluso después de que ella se marchaba yo seguía repitiendo las palabras nuevas que había aprendido.
"No es fácil, no sabe absolutamente nada, no conoce los objetos que le he mostrado, es como si toda su vida estuviese viviendo en algún bosque sin contacto con el exterior" Dijo al final de la primera clase, por la expresión de Albert él parecía decepcionado de mí.
Solo quería aprender por él, para poder hablarle como los demás. Tal vez Albert quería que lograra ser como ellos para poder tomarme como su mujer.
"¿Alguna buena noticia? "
"Tal como dijo, es buena memorizando, con las imágenes se le hará incluso más fácil"
"Gracias, Adelaida, la espero mañana"
La señora se marchó, parecía muy agotada y yo me quedé susurrando las palabras que ya conocía.
Desde ese día Albert ya no me dejaba la puerta abierta, gracias a Adelaida sabía que eso era magia, adentro había algo que la hacía quedarse trancado, todo se trataba de inventos modernos.
Ellos eran muy sabios, más que mi gente y eso me dejaba abrumada.
Aún así, cuando giré la perilla sentí algo extraño en mi ser, algo que no me gustaba, se sentía amargo y doloroso.
No, no era furia.
Dejé de subir las escaleras a su habitación cuando noté que ya no se me permitía dormir a su lado.
Entendía que si un macho hacía eso con una hembra, era porque le desagradaba, incluso en mi tribu a veces se cansaban de la misma mujer, pero si eso pasaba significaba que la rechazada debía ceder su espacio a otra.
Ella sería desterrada para morir en la tierra blanca, de hambre y congelamiento, así que por eso las mujeres intentaban hacerlo todo bien, complaciendo a su hombre para no correr ese riesgo.
De igual forma, si una mujer daba a luz a una cría defectuosa, debía ser asesinada junto con el pequeño.
Pobre Eudora, Quesac casi sacrifica a uno de sus pequeños por esa misma razón.
No era el caso, pero tonto me echaría pronto.
Así que debía esforzarme por progresar.
Con el pasar de los días yo seguía practicando con Adelaida.
Ella me corregía severamente cuando cometía los mismos errores.
Aprendí que el mundo en el que vivía se llamaba Floris, que estaba dividido en varios territorios con nombres y que en cada lugar había un mundo pequeño y diferente, como el mar, montañas y mucho más.
Había dos reyes, los que conocí en el castillo, eran como los líderes, solo que en vez de regir tribus, regían todo el reino.
Me extraño que no mencionara que eran dioses, quería preguntar, pero aún no sabía como hacerlo.
Aunque no podía hablar, estaba comprendiendo como era el mundo.
Adelaida nombraba una palabra y me pedía dibujar.
Al final fui corriendo con los dibujos donde Albert.
Estaba donde siempre solía encerrarse a hacer cosas.
Sentado, escribiendo con una pluma.
Elevó su mirada al escucharme entrar.
— Silla, sillón, alfombra — Dije pasando los dibujos frente a él — Cuadro, mesita, mantel, jarrón, taza, cuchara, plato, tenedor, cuchillo, balde, orinal, cucharón, olla, tapa, cesta, mandil — Seguí pasando los dibujos — Tintero, hojas, libro, libreta, tinta, pluma — Señalé su mano — Carpeta — Toqué lo que estaba en su escritorio — Guantes, escultura, cajones — Toqué los cajones de abajo.
Albert elevó una comisura, como si estuviera orgulloso.
"¿Esto qué es? " Tomó algo entre sus dedos y me lo mostró.
Lo observé detenidamente.
— Sello.
Sonrió — Bien hecho.
— Bien hecho — Así me decía Adelaida cuando acertaba, significaba que lo aprobaba.
—¿Y Esto qué es? — Sacó algo de su dedo.
Lo toqué, intentando recordar las lecciones.
— Anillo.
Adelaida entró y suspiró al hallarme con Albert.
"Está muy emocionada"
"Ya veo" Albert me evaluó detenidamente.
"Ya tiene más de cien palabras memorizadas, me sorprende lo prodigiosa que es" Adelaida posó una mano en mi hombro.
"¿Eso significa que puede que aprenda a hablar en oraciones?" Él lucía expectante.
"Puede ser, si sigue como ahora, Mermit podrá hablar" Adelaida me sonrió.
Sonreí devuelta.
"Se merece un paseo por la costa ¿Usted no quiere ir Adelaida?"
Ella se separó.
"Estoy agotada, no hace falta, tengo que preparar la lección de mañana"
Albert se levantó del escritorio.
Señaló por la ventana, haciendo un gesto.
Quería decirme que íbamos a salir.
Empecé a dar brincos de la emoción.
Adelaida me indicó que no lo hiciera, mostrándome que debía apaciguar mi energía.
¿Por qué no podía hacerlo?
...****************...
Llevaba una ropa muy bonita, una vestido floreado a juego con un sombrero.
Bajé las escaleras, Albert me esperaba en el vestíbulo y me sorprendí al verlo. Se sentía extraño lo que me ocurría por dentro, era como cuando comía o veía algo sorprendente, en un principio no me ocurría con él, pero ahora sí.
Verlo vestido de esa forma era encantador.
Llevaba un chaqueta color gris, con chaleco y camisa blanca, los pantalones también eran gris, sus botas eran negras y pulidas.
Su cabello largo rozaba sus hombros, con el tono dorado que le hacía verse encantador.
Se aproximó a mí y sentí mis mejillas arder cuando desató las cintas de mi sombrero para volver a atarlas con más delicadeza.
"Así está bien, Mermit, vamos"
Los sirvientes observaban sonrientes.
"Regresaremos en la noche"
"Entendido mi lord, espero le vaya bien y que Mermit se divierta" Sonrió la señora que limpiaba mi habitación y preparaba mi baño.
Se llamaba Aliz.
Sonreí a todos mientras Albert abría la puerta.
Salimos al patio, quería entretenerme en el jardín, pero no era el momento.
— ¿Carruaje? — Dije, con las cejas arqueadas.
Él negó con la cabeza.
"No hace falta, todo está cerca en la costa"
Lo seguí cuando abrió la reja.
Empezamos a caminar por la calle, noté que el suelo estaba lleno de piedras que fueron colocadas minuciosamente, cada una tenía un tamaño exacto para encajar con el resto.
— Adoquines — Dijo Albert, notando mi mirada.
— Adoquines.
Él tomó mi mano y me tensé ante el contacto.
Observé los edificios de ambos lados, eran de un hermoso tono pastel, con balcones y ventanas.
Todo tenía tanto color.
Observé los carruajes que pasaban y también personas que Albert hacía un gesto de la cabeza y ellos lo repetían.
Hice lo mismo y varios correspondieron.
No sabía lo que significaba, pero se sentía agradable.
En el castillo todos se inclinaban ante el rey, así como nosotros cuando se suplicaba a los dioses por bendiciones.
La calle se tornó inclinada, bajamos unos tramos.
Al llegar abajo salimos a otra calle.
Allí había más personas caminando.
— Es una plaza — Dijo Albert cuando observé un pequeño lugar en el centro con asientos y una fuente.
Rodeamos la plaza.
Albert y yo paseamos por el lugar.
Me aferré a su brazo mientras él se encargaba de llevarme por las calles.
Tiré de su brazo cuando pasamos por ese lugar donde se agrupaban los barcos, allí donde todo comenzó.
— El muelle — Me observó.
— Muelle — Repetí, tirando de su brazo.
Dejamos el muelle atrás.
Había muchos olores en el ambiente, tan nuevos y exquisitos.
Tiré de Albert al ver algo detrás de una vidriera.
Él se dejó guiar, señalé el objeto.
— Es una caja musical — Dijo mientras yo observaba, era muy delicada, de color blanco con detalles dorados, parecía frágil y tenía pequeños dibujos de flores.
Me quedé observando, había otras cosas allí, como jarrones y esculturas pequeñas.
Albert tiró de mi mano, llevándome adentro de ese lugar.
Me sobresalté al escuchar un tintineo cuando abrió la puerta.
Observé hacia arriba, había una campana.
"Buenas tardes, quisiera la caja musical que está allí" Dijo Albert a un hombre que estaba al otro lado de otra vidriera más pequeña.
Adentro había más objetos.
El hombre caminó y tomó la pequeña caja.
"Son diez carmesí de plata, por la porcelana y la mecánica, mis productos son de calidad"
"Descuide"
Albert sacó algo del interior de su chaqueta, dentro se escuchaba un ruido, sacó varias piezas redondas plateadas.
Las entregó al hombre.
Él tomó una funda para meter la caja y la entregó.
Estaba intercambiando.
Albert tomó la caja.
— Vamos, Mermit — Dijo y salimos del lugar.
Observé la funda que colgaba de su mano, curiosa.
Me la entregó al ver mi mirada.
"Es para ti" Dijo y no comprendí.
La tomé dudosa y abrí la funda con cuidado, no quería romperlo.
— Tuyo — Hizo una seña.
— Tuyo.
Se rió.
— Mermit — Me señaló.
Comprendí.
— Mío — Sonreí.
Asintió con la cabeza.
Era para mí, Albert me lo dió y eso aceleró mi corazón.
Entramos en la plaza y me senté en un banco.
Exploré la caja, tocando los bordes mientras Albert permanecía a mi lado.
Me ayudó, abriéndola.
Se escuchó algo encantador, una pequeña figura giró y me emocioné tanto que solté un pequeño grito.
Albert hizo un gesto con el dedo en sus labios.
Las personas nos observaron.
El sonido seguía, hermoso y delicado, al mismo tiempo la pequeña mujer giraba sin parar, en la parte interior de la tapa tenía un espejo.
Mis ojos se reflejaron en él.
— Música — Dijo Albert, refiriéndose al sonido.
— Música — Jadeé, escuchando sin parar.
Cerré la tapa, la música se detuvo.
Volví a abrirla, empezó a sonar de nuevo.
Dí pequeños brincos.
— ¿Quieres comer? — Hizo un gesto con su mano cerca de la boca.
Asentí con la cabeza.
Nos levantamos del banco.
"Guarda la caja, luego podrás verla" Tomó la funda, ordenando que la metiera allí.
No quería, era mía y quería seguir escuchando, tocando.
Volvió a hacer el mismo gesto, pero negando con la cabeza.
No habría comida si no hacía caso.
No quería castigos, así que obedecí.
Las personas seguían observando.
La guardé y él quiso llevarla, pero negué.
"Bien, pero no la dejes caer"
Hice un gesto, preguntando que íbamos a comer.
— Pastel.
— Pastel — Mi emoción aumentó, me gustaba el sabor delicioso del pastel.
Caminamos, había un lugar bonito con mesas y sillas afuera, también había un pequeño techo arriba de cada mesa.
Albert me ordenó sentarme y entró en la tienda.
Toqué la funda, queriendo sacar la caja.
"Hola" Dijo alguien, acercándose.
Lo evalué, aferrando mis dedos a la funda.
Era un hombre de cabellos castaños, tenía ropas muy finas.
No dije nada, lo evalué con desconfianza.
Quería quitarme la caja y la abracé contra mi pecho.
"¿Estás sola?"
Me quedé callada y me evaluó con extrañeza, como si estuviera esperando a que contestara.
Se rió "¿Eres muda?"
— Mío.
Pareció curioso, incluso se aproximó más a la mesa.
"¿Qué es tuyo?"
— Mío.
Abracé la caja a mi cuerpo.
"Ah ¿Tan mal luzco?" Observó sus prendas "¿Piensas que soy un ladrón?"
Me quedé parpadeando, solté un gruñido cuando se aproximó más.
Frunció el ceño.
"¿Qué fue eso?" Soltó una risa baja "¿Me vas a morder?"
Albert volvió.
"¿Qué está sucediendo?"
El sujeto lo evaluó "¿Estás con ella?"
"Sí ¿Hay algún problema?" Albert se veía muy serio.
"Nada, nada, parecía sola"
"¿Y qué tiene qué pareciera sola?"
El sujeto elevó sus manos.
"Tranquilo, hermano, relájate, solo quería saludar a la hermosa señorita"
"Ella no está disponible"
El hombre se alejó y lo observé marcharse.
Quisiera saber que era lo que Albert le dijo, su mandíbula estaba apretada.
— Pastel — Dije.
"Ya lo van a traer"
Se sentó frente a mí.
albert los celos son malos recuerda que mermit no entiende solo es curiosa tienes que enseñarle
mermit va sentirse triste