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La Obsesión Del Alemán

La Obsesión Del Alemán

Status: En proceso
Genre:Dominación / Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:9.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

UNA PELIRROJA INOLVIDABLE

Dexter

Me quedé de pie en el umbral de la habitación por varios segundos, observando cómo dormía. No sé en qué momento el abrigo que le puse dejó de ser una prenda y se volvió una especie de armadura envolviéndola. Se había quedado dormida así, abrazándolo como si fuera lo único sólido en un mundo que se le acababa de romper otra vez.

Entré despacio, sin hacer ruido, y le quité el abrigo con cuidado. Ella murmuró algo entre sueños, una súplica rota que me heló la sangre. Cubrí su cuerpo con la sábana, suave, limpia... demasiado distinta al caos del que venía huyendo.

Me incliné un poco. La luz tenue iluminaba su cabello. Rojo. No teñido, no falso. Rojo real. Fuego.

Giselle.

No Milene.

Giselle O'Connor.

Ese nombre... encajaba con ella. Era demasiado para esconderlo bajo un alias mediocre.

Me quedé un momento así, observando la forma en que respiraba, el leve temblor que aún tenía en los labios. Y entonces, sin quererlo, el recuerdo de ese imbécil regresó como una detonación en mi cabeza. Liam. Tocándola. Amenazándola. Atreviéndose a arrancarle la peluca como si tuviera derecho sobre ella, como si le perteneciera.

Sentí cómo la ira me subía por la garganta.

Me obligué a apartarme. Cerré la puerta sin hacer ruido y caminé directo a mi estudio. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa que evitara que mi rabia me empujara a salir a buscarlo ahora mismo y acabar lo que empecé.

Encendí la luz, me senté frente al escritorio y abrí los contratos que tenía pendientes. Ajustes de acuerdos, firmas pendientes, la preparación para La Mesa Negra... nada lograba despejarme la cabeza, pero por lo menos me mantenía cuerdo.

El teléfono vibró.

Daxton.

Respondí sin pensarlo.

-¿Qué haces despierto a esta hora? -preguntó su voz, ronca, cansada... pero viva.

-No duermo mucho últimamente -respondí, dejando escapar un suspiro.

-No me digas. ¿Algo pasó?

-Algo -murmuré, masajeándome el puente de la nariz.

Daxton guardó silencio unos segundos, como si pudiera leerme sin verme.

-Estoy mejor, por cierto -dijo finalmente-. Ya casi no queda rastro del atentado... aunque tú no viniste a verme, idiota.

Sonreí apenas.

-Te dije que Sergei te estaba vigilando.

-No es lo mismo que ver a mi hermano -bufó-. Dos meses y ya puedo caminar sin parecer un anciano.

-Me alegra.

-A mí también... aunque mamá dice que sobreviví por terco.

-Eso sí es cierto.

Él soltó una risa suave. Después, su tono cambió.

-Ahora dime qué te pasa. Te escucho tenso.

Cerré los ojos. Pensé en Giselle llorando en la calle, en el miedo en su rostro... y en mi propia necesidad absurda de protegerla.

-Encontré a alguien -dije vagamente.

-¿Encontraste... o perdiste la cabeza?

-Ambas.

Daxton hizo un sonido que mezclaba burla y preocupación.

-Hermano... tú no te involucras con nadie.

-Lo sé.

-¿Y esta quién es?

Levanté la mirada hacia la puerta cerrada.

-Alguien que ahora está durmiendo en una de mis habitaciones. Alguien que estuvo en peligro esta noche.

Daxton se puso serio.

-¿Necesitas ayuda?

-No... todavía no -respondí, aunque una parte de mí sabía que pronto sí la necesitaría.

-Bueno -murmuró él-. Pero si ese "alguien" te hace hablar así de raro... entonces más vale que la cuides. Ya sabes cómo es la vida cuando te toca lo que no esperabas.

Sonreí otra vez, cansado.

-Descansa, Dax.

-Tú también... si es que puedes.

Cuando la llamada terminó, me quedé mirando la pantalla del teléfono unos segundos. Después apoyé los codos sobre el escritorio, respirando hondo.

Quería volver a la habitación. Solo para verla. Solo para asegurarme de que estaba bien.

Contra mi juicio, me levanté y caminé hacia allá. Me detuve frente a la puerta.

Y me di cuenta de algo.

No era obsesión.

Era instinto.

El instinto de proteger algo que, por primera vez en años... realmente importaba.

1
Sandra Dallosta
muy bueno todo
Eneida Atencio
Amo su novela autora excelente
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