Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 3: Lo que se pierde, lo que se gana
El café de la esquina olía a canela y a pan recién hecho. Adrián llegó diez minutos antes, como siempre, y eligió la mesa del fondo, junto al ventanal. Desde allí podía ver la calle, el ir y venir de la gente, las hojas secas arrastradas por el viento. Otoño. El otoño de su segunda oportunidad.
Pidió un café con leche y se entretuvo removiéndolo sin azúcar, mirando los remolinos que se formaban en la superficie. Estaba nervioso. No sabía muy bien por qué. Hablaba con su madre todas las semanas, a veces a diario pero esta conversación iba a ser diferente. Esta vez no iba a preguntarle por la boda, ni por los preparativos, ni por lo que opinaba la familia. Esta vez iba a preguntarle por ella.
La puerta del café se abrió y Sofía Guerrero entró con esa elegancia natural que la caracterizaba. A sus cincuenta y tres años, seguía siendo una mujer hermosa: el pelo castaño recogido en un moño bajo, los ojos del mismo color miel que los de Adrián, la piel todavía tersa gracias a cremas caras y a una genética generosa. Llevaba un vestido azul marino, discreto, perfecto. Siempre perfecta.
Adrián se levantó y la besó en la mejilla. Su aroma, un suave perfume de lilas, lo envolvió un instante. Olía a hogar. Olía a infancia.
—Hijo, qué bien te veo —dijo ella sentándose—. Más descansado que el otro día en la cena.
—He dormido bien —mintió Adrián.
La camarera se acercó y Sofía pidió un té. Luego se quedó mirando a su hijo con esa atención que solo las madres tienen, como si pudieran ver más allá de la piel.
—¿Qué pasa, Adrián? —preguntó sin rodeos—. Nunca me invitas a café entre semana y mucho menos con esa cara de funeral.
Adrián sonrió. Su madre siempre había sido directa, otra cosa era que él hubiera querido escucharla.
—¿Tengo cara de funeral?
—Tienes cara de estar pensando demasiado y cuando piensas demasiado, pasa algo.
Adrián bajó la mirada a su taza. La espuma del café empezaba a deshacerse.
—Mamá... ¿tú fuiste feliz?
La pregunta flotó en el aire como una burbuja de jabón. Sofía se quedó quieta, con la taza de té a medio camino de los labios. Luego la dejó sobre el plato con un gesto pausado, demasiado pausado.
—¿A qué viene eso?
—A que quiero saberlo, de verdad, no la respuesta educada, no lo que se dice en las cenas familiares. Quiero saber si fuiste feliz.
Elena lo miró largo rato. Sus ojos, esos ojos tan parecidos a los de Adrián, parecían estar haciendo cálculos, valorando cuánto podía decir, cuánto debía callar.
—¿Esto es por tu boda? —preguntó al fin.
—Sí y no. Es por mí, por ti. Es por entender.
El té humeaba entre ellos. Fuera, la calle seguía su ritmo, ajena a la conversación que estaba teniendo lugar tras el cristal.
—No sé si fui feliz —dijo Sofía lentamente, como si las palabras tuviera que sacarlas de un pozo muy hondo—. No sé si alguna vez me hice esa pregunta.
Adrián sintió un vuelco en el pecho.
—¿Cómo que no?
—Porque cuando tienes diecinueve años y tu familia te dice con quién te vas a casar, no te preguntas si vas a ser feliz. Te preguntas si vas a sobrevivir. Si vas a ser una buena esposa. Si vas a dar hijos sanos. Si vas a honrar el apellido. La felicidad no entraba en el contrato.
Adrián apretó la taza. Sus nudillos se blanquearon.
—¿Y papá? ¿Lo querías?
Sofía sonrió. Una sonrisa pequeña, nostálgica, un poco triste.
—A tu padre lo aprendí a querer. No fue amor a primera vista, no fue pasión arrebatadora. Fue algo más lento, más sólido. Él también estaba atrapado, también hacía lo que esperaban de él. Nos miramos un día, después de años de matrimonio, y descubrimos que estábamos juntos en la misma trinchera. Eso también es amor. Un amor diferente, pero amor al fin.
—Pero renunciaste a la música.
Sofía parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo he sabido siempre, mamá. Te he visto tocar el piano cuando crees que nadie te ve. He visto tus ojos cuando terminas una pieza y sé que eso no lo haces para nadie, lo haces porque lo necesitas.
El silencio se instaló entre ellos. Largo, denso, cargado de cosas no dichas.
—Tenía talento —dijo Sofía al fin, y su voz era más joven, más frágil—. Mi profesor decía que podía haber sido concertista. Pero claro, una omega de buena familia no se dedica a eso. Una omega de buena familia se casa, tiene hijos, preside fundaciones benéficas y toca el piano en las fiestas para que los invitados digan qué monada.
—Lo siento, mamá.
—¿Tú? ¿Por qué lo sientes tú? —Sofía negó con la cabeza—. No fue tu culpa. Fue la época, la familia, el mundo. Yo acepté. Nadie me obligó con un arma en la cabeza, acepté porque me enseñaron que esa era la única opción.
Adrián recordó su propia vida anterior. Las horas esperando a Alejandro, las llamadas no contestadas, la sensación de ser un adorno bonito en una estantería. Había aceptado. Como su madre. Como tantos otros.
—Pero ahora es diferente —dijo Sofía, enderezándose—. Tú tienes más opciones. Puedes elegir.
—¿Puedo? —Adrián la miró fijamente—. Estoy comprometido con Alejandro Torres desde hace un año. Nuestras familias lo pactaron. Dónde está mi elección?
Sofía guardó silencio. Luego, con una suavidad que dolía, dijo:
—Nunca te pregunté si querías casarte con él. Supongo que di por hecho que lo aceptabas, como yo acepté. Como todos aceptamos.
—Y lo acepté —admitió Adrián—. Durante un año lo acepté y lo amé, mamá. Lo amé con todas mis fuerzas, aunque él nunca me mirara. Aunque para él yo fuera un adorno.
—¿Nunca te miró?
—Nunca.
Sofía apretó los labios. Por un instante, Adrián vio en ella a la mujer que podía haber sido: alguien que se enfada, que protesta, que exige. Pero el gesto pasó rápido, engullido por años de educación, de contención, de saber cuál es tu lugar.
—Entonces, ¿por qué te casas?
Porque no tengo elección, iba a decir Adrián pero se detuvo. Porque sí tenía elección. Siempre la había tenido, solo que no se había atrevido a usarla.
—No lo sé aún —respondió—. Por eso quería hablar contigo.
Sofía asintió lentamente. Se llevó la taza de té a los labios, bebió un sorbo, la dejó. El gesto de siempre. Pero cuando volvió a hablar, su voz era distinta, más auténtica, menos educada.
—Tu tío Javier, el padre de Sergio, también tuvo que elegir.
Adrián levantó la cabeza.
—¿Mi tío?
—Sí. Tu abuelo le ofreció lo mismo que a tu padre: heredar el imperio si aceptaba un matrimonio pactado con una alfa de buena familia. Pero él se enamoró de una omega maravillosa, inteligente, trabajadora; pero sin apellido. Sin patrimonio. Sin nada que aportar al negocio familiar.
—La madre de Sergio.
—Sí. Y tu abuelo le dio un ultimátum: o ella, o la herencia. Tu tío eligió el amor. Eligió a esa omega, se casó con ella, y construyó desde cero su propia empresa. Una empresa de diseño industrial. ¿Sabes lo que costó? Años de esfuerzo, de noches sin dormir, de trabajar el doble que los demás para demostrar que valía. Y lo consiguió. Pero nunca tuvo el reconocimiento de su padre. Nunca tuvo el apellido y su hijo, Sergio, creció viendo eso.
Adrián sintió un nudo en la garganta. Sergio. Su primo, el que lo había matado, el que lo había mirado con esos ojos verdes llenos de dolor mientras lo empujaba al vacío.
—Sergio lo ha dado todo por ser digno —continuó Sofía —. Estudios, esfuerzo, innovación. Quiere demostrar que vale, que puede estar a la altura de cualquier Guerrero. Pero hay algo que no entiende.
—¿Qué?
—Que el mundo no funciona por méritos. Que a veces, por mucho que te esfuerces, no te miran. Que el apellido pesa más que el talento. Que el privilegio no se gana, se hereda. Y eso es injusto, pero es real.
Adrián se quedó en silencio. Las palabras de su madre resonaban en su cabeza como campanadas.
—Él me odia, ¿verdad? —preguntó al fin.
—No creo que te odie —dijo Elena con cuidado—. Creo que te envidia, que desea lo que tú tienes sin esfuerzo. Y la envidia, si no se controla, puede volverse veneno.
Adrián pensó en los ojos de Sergio durante la cena, en la tensión de su mandíbula, en la forma en que miraba a Alejandro, como si el alfa fuera un dios inalcanzable.
—Mamá, ¿tú crees que uno puede elegir no renunciar a lo que es?
Sofía lo miró y por primera vez en mucho tiempo su mirada no era la de una madre preocupada, sino la de una mujer que había vivido, que había renunciado, que sabía de lo que hablaba.
—Uno siempre renuncia a algo, Adrián. Siempre. La vida es eso: elegir qué estás dispuesto a perder. Tu tío renunció a la herencia por amor. Yo renuncié a la música por seguridad. Tú... —hizo una pausa—. Tú tendrás que decidir a qué renuncias. Y también qué no estás dispuesto a perder.
—¿Tú qué no estuviste dispuesta a perder?
Sofía sonrió. Una sonrisa triste, dulce, llena de cosas que nunca diría.
—A ti, tu seguridad. Renuncié a la música, pero no renuncié a ser madre, no renuncié a quererte y al final, eso ha valido la pena.
Adrián sintió que los ojos le escocían. Parpadeó varias veces, conteniendo las lágrimas.
—Gracias, mamá.
—¿Por qué?
—Por ser honesta. Por no decirme que todo va bien cuando no va bien. Por enseñarme que se puede elegir.
Sofía extendió la mano y cubrió la de su hijo. Su piel era cálida, suave, la misma mano que lo había sujetado cuando aprendía a andar, cuando lloraba por una rodilla raspada, cuando llegaba a casa después de su primer desamor.
—Solo quiero que seas feliz, Adrián. De verdad. No la felicidad de los demás, no la que esperan de ti, la tuya, la que tú elijas.
Adrián asintió. No podía hablar. Las palabras se habían quedado atascadas en algún lugar de la garganta.
Salieron del café cuando el sol empezaba a declinar. Se despidieron con un abrazo largo, de esos que lo dicen todo sin necesidad de palabras. Adrián vio alejarse a su madre, erguida, elegante, cargando con sus renuncias como si fueran medallas.
Y entonces, caminando hacia casa, empezó a pensar. Renuncias.
Su madre había renunciado a la música. Su tío había renunciado a la herencia. Su padre había renunciado a... ¿a qué había renunciado su padre? ¿Al amor? ¿A la posibilidad de elegir? No lo sabía. Quizá nunca lo sabría.
Pero él, Adrián, tenía que decidir.
¿A qué estaba dispuesto a renunciar?
Podía renunciar a Alejandro. Al matrimonio. A la posición de "prometido de los Torres". Podía renunciar a la seguridad económica, al futuro planeado, a las expectativas de su familia.
¿Y a qué no estaba dispuesto a renunciar?
Se detuvo en medio de la acera. La gente pasaba a su lado, indiferente, ocupada en sus propias vidas. Él estaba ahí, quieto, con el corazón latiéndole con fuerza.
No estaba dispuesto a renunciar a sí mismo. No otra vez.
En su primera vida, se había perdido. Se había diluido en Alejandro, en las expectativas, en el deseo de ser visto. Había dejado de ser Adrián para convertirse en "el prometido de... En un adorno, en un fantasma.
Esta vez no.
Esta vez, pasara lo que pasara con Alejandro, con Sergio, con su familia, con el mundo, él no iba a perderse.
Iba a ser diseñador. Iba a hacer crecer su estudio. Iba a preguntarle a su madre por su música, una y otra vez, hasta que ella recuperara el orgullo de haber sido talentosa. Iba a mirar a Sergio, de verdad, antes de que fuera tarde. Iba a ocupar espacio, a hablar sin disculpas, a existir sin permiso.
Y si Alejandro algún día aprendía a mirar, que lo encontrara. Pero no iba a esperarlo.
—Vale —dijo en voz alta, y la gente lo miró extrañada—. Ya sé lo que no estoy dispuesto a perder.
Sonrió. Era una sonrisa pequeña, insegura, pero real.
Y siguió caminando.
Llegó a su estudio cuando ya anochecía. Abrió la puerta, encendió las luces, y se quedó un momento en el umbral, mirando el espacio que había construido. Sus bocetos, sus muestras, sus proyectos. Su vida.
Se sentó frente a la ventana y miró la ciudad nocturna. Las mismas luces que había visto desde la azotea la noche de su muerte pero ahora las veía diferente. Ahora estaba vivo. Ahora tenía elección.
Pensó en Sergio. En lo que su madre le había contado. En ese primo brillante que cargaba con el peso de no ser suficiente, de no ser visto. En la envidia que empezaba a pudrirlo por dentro.
Podríamos haber sido amigos.
La frase de Sergio en la azotea resonó en su cabeza y por primera vez, Adrián se preguntó si todavía era posible. Si todavía había tiempo.
Cogió el teléfono. Escribió:
"Primo, ¿todo bien? El otro día en la cena te noté raro. Si quieres hablar, estoy aquí."
Leyó el mensaje. Dudó. Añadió un emoji pequeño, un corazón amarillo, para quitarle hierro. Luego pulsó enviar.
Dejó el teléfono sobre la mesa y apoyó la frente en el cristal. El frío le hizo bien.
—Todavía no es tarde —susurró—. Para ninguno de los dos.
En algún lugar de esa ciudad, Sergio estaba despierto, sufriendo, luchando contra sus propios demonios y en unos minutos, recibiría un mensaje que lo descolocaría por completo.
Adrián sonrió. Una sonrisa pequeña, esperanzada.
—Vamos a ver qué pasa —dijo—. Vamos a ver hasta dónde llego sin perderme.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕