Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 1: El Algoritmo del Bosque de Cristal
El piso 42 de Aether Soft no olía a oficina. Olía a una mañana de invierno que te quema los pulmones si respiras demasiado rápido. Ese era el sello personal de Adrián Varma.
Mientras caminaba hacia la sala de juntas, su rastro dejaba una estela de toronja ácida, una nota vibrante que mantenía a sus empleados en un estado de alerta constante, casi eléctrico. Pero, si alguien se atrevía a acercarse lo suficiente —cosa que pocos hacían—, podía percibir la base de su aroma: un pino robusto y frío, como un bosque bajo la nieve, inamovible y solitario.
Adrián ajustó los puños de su camisa de seda negra. Ser un Omega CEO en la industria del software no era una batalla que se ganara con suavidad, sino con una eficiencia implacable.
— Señor Varma, el servidor de la base de datos de "PR" ha entrado en un bucle crítico —anunció su asistente, un beta que sudaba frío—. El equipo de soporte técnico de planta no puede romper el cifrado. Tuvimos que llamar a un externo de emergencia porque el sistema está bloqueado.
Adrián frunció el ceño. PR era su proyecto personal, un refugio que financiaba desde las sombras. No podía permitirse un fallo.
— ¿Un externo? —su voz era como el cristal rompiéndose—. Espero que sea un genio, porque si perdemos los datos, su cabeza será la primera en rodar.
Caminó hacia el área de servidores, un búnker refrigerado donde el ruido de los ventiladores creaba un zumbido hipnótico. Al abrir la puerta pesada, el frío del aire acondicionado lo golpeó, pero fue otra cosa la que detuvo su corazón por un microsegundo.
El aroma a pino de Adrián reaccionó instantáneamente, erizándole el vello de la nuca.
En medio de la sala, arrodillado frente a una terminal abierta, había un hombre. No llevaba traje. Vestía una sudadera gris desgastada en los codos y unos jeans que habían visto mejores décadas. Pero lo que llenaba la habitación no era su apariencia, sino su esencia: eucalipto fresco. No era el olor artificial de un producto de limpieza, sino un aroma seductor, balsámico y profundamente masculino que cortaba el ácido de la toronja de Adrián como un bálsamo.
Era un Alfa, pero su aroma no era agresivo ni dominante por la fuerza; era... curativo.
— ¿Quién eres? —preguntó Adrián, recuperando la compostura, aunque sus instintos Omegas estaban dando gritos de advertencia ante la cercanía de aquel Alfa desconocido.
El hombre no levantó la vista de la pantalla. Sus dedos volaban sobre el teclado mecánico con una precisión que Adrián solo había visto en espejos.
— Leo —respondió el Alfa con voz ronca, sin dejar de teclear—. Y si te callas diez segundos, salvaré tus benditos servidores. Tu equipo escribió un código tan sucio que parece que lo hizo un niño con crayones.
Adrián se quedó de piedra. Nadie le hablaba así. Se acercó, invadiendo el espacio personal del Alfa, dejando que su pino y toronja chocaran de frente con el eucalipto. La mezcla fue embriagadora; por un momento, la sala de servidores dejó de ser metal y cables para convertirse en un bosque antiguo, denso y cargado de lluvia.
— Es mi empresa —siseó Adrián, inclinándose sobre el hombro de Leo. Pudo notar que el cuello de la sudadera del Alfa estaba raído y que sus hombros estaban tensos, no por arrogancia, sino por un cansancio extremo—. Y ese "código sucio" es el estándar de la industria.
Leo soltó una risa seca, finalmente girando la cabeza. Sus ojos eran profundos, cansados, pero brillaban con una inteligencia feroz. Al estar tan cerca, Adrián notó que el aroma a eucalipto tenía un matiz metálico: estrés. El Alfa tenía hambre, o sueño, o ambos.
— Pues tu estándar es una basura, "jefe" —dijo Leo, mirándolo directamente a los ojos, ignorando la jerarquía—. Pero ya está. El bucle se rompió. Los datos están a salvo.
Leo se levantó, y Adrián tuvo que dar un paso atrás. El Alfa era alto, pero se movía con una economía de movimientos propia de alguien que no puede permitirse desperdiciar energía. Recogió una mochila vieja y se dispuso a salir sin pedir el pago, sin mirar atrás, como si el lujo de la oficina le quemara la piel.
Adrián sintió una punzada de algo que no pudo identificar. No era odio, ni atracción sexual barata. Era la sensación de haber encontrado una pieza de código perdida en un sistema que creía perfecto.
— Espera —ordenó Adrián. Su aroma a pino se volvió más denso, menos agresivo, casi una invitación—. No te vas a ir así. Ese error no lo soluciona cualquiera en cinco minutos. ¿Para quién trabajas?
Leo se detuvo en la puerta, su silueta recortada contra las luces LED de los servidores. El olor a eucalipto flotó de regreso hacia Adrián, envolviéndolo en una caricia seductora y amarga a la vez.
— Trabajo para quien me pague el día, Varma. Y ahora mismo, tengo un turno de limpieza que empezar en diez minutos al otro lado de la ciudad.
La puerta se cerró, dejando a Adrián solo con el zumbido de las máquinas y el fantasma de un aroma a bosque fresco que, por primera vez en años, lo hacía sentir que su oficina millonaria estaba demasiado vacía.