Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
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El precio del pasado
El día se presentó con una tensa calma, de esas que preceden a una tormenta eléctrica. Alistair había movido hilos, comprado favores y desenterrado secretos con una eficiencia brutal. La guarida del hombre que había extorsionado a Evie y a su padre había sido localizada: una oficina discreta en el lado más oscuro de la ciudad, un lugar que olía a tratos ilegales y a miedo.
Evie, a pesar de las objeciones de Alistair, insistió en acompañarlo. Quería enfrentar a su pasado, cerrar ese capítulo de humillación con Alistair a su lado, como su escudo. Llevaba un vestido oscuro que contrastaba con su cara tierna y una determinación feroz en sus ojos café. A su lado, Alistair era una figura imponente, vestida con un traje de tres piezas tan oscuro como sus ojos, su mandíbula cincelada y sus hombros anchos proyectando una sombra de poder irrefutable.
—No tienes que hacer esto, mi luz —le susurró Alistair en el coche blindado que los llevaba, mientras sus dedos acariciaban el dorso de la mano de ella—. Puedo encargarme de esto yo solo.
—Ya no estoy sola, Alistair —respondió Evie, levantando la barbilla—. Y quiero verlo caer. Quiero que sepa que no pudo conmigo.
Alistair asintió. Admiraba su fuerza, su espíritu indomable. Su posesividad se encendió aún más.
El Despacho de la Rata
El edificio era viejo, con grafitis en las paredes y un ascensor que olía a humedad y desesperación. Cuando llegaron al piso del prestamista, la puerta estaba abierta. Dentro, el despacho era un caos de papeles y muebles baratos. El hombre, un tipo corpulento y de aspecto desaliñado llamado Petrov, estaba sentado tras su escritorio, con una mirada de pánico en su rostro. A su lado, un hombre de negocios de aspecto pulcro, con un traje de seda, fumaba un puro con arrogancia: el rival de Alistair que había orquestado todo.
—Así que la rata ha aparecido de su agujero —dijo Alistair, su voz baja y gélida, haciendo eco en la pequeña oficina. Entró en el despacho con Evie a su lado, como si ella fuera una extensión de su propio poder.
Petrov se encogió en su silla, aterrado. El hombre del puro, sin embargo, sonrió con desdén.
—Alistair Vance. Qué sorpresa tan desagradable. Veo que al fin has caído en la trampa. La pequeña artista y su oscuro pasado. Una debilidad muy jugosa para un hombre como tú.
Alistair ignoró por completo al provocador. Sus ojos negros se clavaron en Petrov con una intensidad que lo hizo temblar.
—Tú fuiste quien orquestó la estafa contra el padre de Evie —dijo Alistair, y no fue una pregunta, sino una acusación—. Y tú fuiste quien intentó difamarla y amenazarla.
—¡Yo no sabía que era tuya! —gritó Petrov, intentando excusarse.
—No importa —Alistair dio un paso adelante. Su estatura y su musculatura llenaron el espacio, haciendo que Petrov se sintiera aún más pequeño—. Lo que importa es que tocaste lo que es mío.
El hombre del puro se rió.
—Vamos, Alistair. ¿De verdad vas a armar un escándalo por una insignificante artista y su dramático pasado?
Fue entonces cuando Alistair se giró, y la furia en sus ojos negros fue tan potente que el hombre del puro perdió su sonrisa.
—Tú —dijo Alistair, su voz era un gruñido bajo que prometía dolor—, pensaste que esto era un juego. Pensaste que podías usar a la mujer que amo para hundirme. Qué ingenuo.
Alistair sacó su teléfono y le mostró la pantalla al hombre. Era una serie de fotografías comprometedoras y transferencias bancarias a cuentas en paraísos fiscales. Pruebas irrefutables de evasión de impuestos, blanqueo de dinero y sobornos. Evie jadeó; no sabía que Alistair había desenterrado todo eso.
—En los próximos treinta minutos —continuó Alistair, su voz se elevó, impregnando la oficina con su autoridad—, todas estas pruebas estarán en manos de la fiscalía. Tus bancos congelarán tus activos. Tus socios te abandonarán. Y tu familia, que tanto valoras, se quedará sin nada.
El hombre del puro se puso pálido. Sabía que Alistair no fanfarroneaba. Cuando "El Ejecutor" prometía algo, lo cumplía.
—A menos que... —Alistair hizo una pausa dramática, sus ojos negros fijos en el terror del hombre—. A menos que desaparezcas. Que este negocio, y todo lo que tienes, pase a nombre de mi empresa. Que este hombre —señaló a Petrov, que se encogía aún más— pague hasta el último centavo de lo que le debe al padre de Evie, con intereses. Y que nunca, jamás, vuelvas a acercarte a Evie Morales, ni a mencionar su nombre. Si lo haces, no solo perderás tu fortuna, perderás tu libertad.
El hombre tragó saliva. Sus ojos se movieron de Alistair a Evie, que lo miraba con una frialdad que no había tenido antes.
—Hecho —murmuró el hombre, derrotado—. Hecho.
El Fin de las Sombras
Alistair no esperó. Llamó a su abogado, y en cuestión de minutos, los documentos de transferencia y liquidación comenzaron a moverse. Para cuando salieron de aquel despacho, la vida del extorsionador estaba destruida, y la deuda de la familia de Evie estaba saldada. Petrov, el prestamista, miró a Evie con ojos llenos de miedo y remordimiento.
—Lo siento, señorita Morales —murmuró—. Lo siento mucho.
Evie se limitó a mirarlo. Ya no sentía ira, solo vacío. El pasado estaba enterrado.
Afuera, la ciudad los esperaba. Alistair rodeó a Evie con su brazo, pegándola a su cuerpo musculoso. Sus rizos negros se rozaron con el hombro de su traje, una imagen de posesión y protección absolutas.
—Ya no hay nada que te ate a ellos, mi luz —susurró él, besando su frente—. Eres libre.
Evie levantó la vista hacia Alistair. Sus ojos café se llenaron de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de alivio y gratitud. La oscuridad que la había perseguido durante años se había disipado, y Alistair era el sol que había emergido para quemarla.
—Gracias, Alistair —susurró ella, abrazándolo con todas sus fuerzas. Sabía que había encontrado a su protector, a su hogar.
Mientras caminaban hacia el coche, Evie sintió la fuerza inquebrantable de Alistair a su lado. Era su ancla, su refugio, el hombre que no solo había limpiado su pasado, sino que había prometido construirle un futuro donde solo brillara la luz.