Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Celeste y Helena 2
Después de un rato, como si recordaran de pronto que la conversación no podía ser solo sobre ellas, ambas se acomodaron en sus asientos.
—Ahora tú —dijo Celeste.
—¡Sí! Queremos saber todo —añadió Helena.
Regina tomó su taza con calma.
No estaba acostumbrada a hablar de sí misma.
Pero tampoco sintió rechazo.
Así que respondió.
Les habló de su educación.
De la academia.
De su decisión de enfocarse en sus estudios.
No dio detalles innecesarios.
Pero tampoco ocultó lo esencial.
Y ellas escucharon.
De verdad.
Sin interrumpir… bueno, casi sin interrumpir.
Hasta que, inevitablemente, llegó la pregunta.
—¿Estás enamorada? —preguntaron ambas al mismo tiempo, inclinándose hacia adelante con los ojos brillantes.
Regina no dudó.
Ni un segundo.
—No.
El silencio que siguió fue breve… pero intenso.
—¿No? —repitió Helena, como si no entendiera.
—¿Nunca? —añadió Celeste.
Regina sostuvo su taza entre las manos, tranquila.
—Tengo el corazón cerrado para amar.
Las palabras fueron suaves.
Pero firmes.
—No trae nada bueno.. el amor, solo decepción, dependencia y sufrimiento..
Las hermanas se miraron.
Y reaccionaron exactamente igual.
—¡¿Cómo que no?! —protestaron al unísono.
Celeste llevó una mano a su pecho, dramática.
—¡El amor es maravilloso!
—¡Es lo más hermoso que existe! —añadió Helena, suspirando con exageración.
—Las historias…
—Los encuentros…
—Las promesas…
Ambas cerraron los ojos un segundo, como si imaginaran algo perfecto.
—Es ilusión… —murmuraron casi soñadoras.
Regina las observó.
Y por un instante… no dijo nada.
Pero dentro de ella… algo se movió.
No duda.
Recuerdo.
La imagen del hospital.
El frío.
La soledad.
El eco de su propia voz deseando otra oportunidad.
Luego… la otra vida.
El amor que parecía suficiente.
El matrimonio.
Los hijos.
Y después…
El abandono.
La pérdida.
El vacío.
Y más atrás aún…
El rostro de su madre.
El dolor silencioso.
Las infidelidades de Lord Sallow.
Una tristeza que se volvió permanente… hasta consumirla.
Regina bajó la mirada un instante.
Y cuando volvió a hablar… su voz no era dura.
Pero sí… absolutamente convencida.
—Por lo que he visto… el amor no funciona bien.
Las hermanas guardaron silencio.
—Hace a las personas depender.. Las vuelve frágiles.
Sus dedos se tensaron apenas alrededor de la taza.
—Y al final… solo trae sufrimiento.
No lo dijo con amargura.
Lo dijo con certeza.
—Prefiero no vivir eso.
El silencio que quedó fue distinto al de antes.
No incómodo.
Pero sí profundo.
Celeste y Helena intercambiaron una mirada.
Y aunque no dejaron de creer en lo que sentían… tampoco se burlaron.
Porque entendieron algo.
Regina no hablaba desde la teoría.
Hablaba desde algo más.
Más real.
Más pesado.
Finalmente, Helena habló, más suave esta vez..
—Nosotras… seguimos creyendo en el amor.
Celeste asintió.
—Pero… también creemos que no todas las historias son iguales.
Regina las miró.
Y no discutió.
No lo necesitaba.
Porque su decisión… ya estaba tomada.
No se permitiría caer en eso.
No se permitiría depender.
No se permitiría romperse por alguien más.
No otra vez.
Y mientras el té se enfriaba lentamente entre ellas, Regina sostuvo esa convicción como una armadura invisible.
Firme.
Inquebrantable.
Convencida de que, esta vez…
Jamás sufriría por amor.
A pesar de la diferencia en sus formas de ver el amor, la conversación no se rompió.
Celeste y Helena no eran de las que se quedaban en silencios incómodos demasiado tiempo.
—¡Bueno! Si no crees en el amor… entonces creerás en el té.
—¡Y en los buenos chismes! —añadió Helena con una sonrisa traviesa.
Regina no pudo evitar sonreír.
No era una sonrisa grande.
Pero era real.
Y eso… ya era mucho.
La conversación siguió fluyendo entre historias del ducado, anécdotas absurdas de la infancia de las hermanas, pequeños secretos que compartían como si la conocieran de toda la vida.
Regina escuchaba.
A veces respondía.
A veces simplemente observaba.
Y en medio de todo eso… se permitió algo que no había hecho en mucho tiempo..
Disfrutar.
Sin cálculo.
Sin objetivo.
Solo estar.
Antes de retirarse, dejó claro su plan.
—Mañana iré al pueblo.. Debo comenzar a trabajar de inmediato.
Las hermanas hicieron un pequeño gesto de sorpresa… seguido de aprobación.
—¡Responsable! —dijo Helena.
—¡Nos gusta! —añadió Celeste.
Regina inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias… por recibirme así.
Y esta vez, sus palabras no eran formales.
Eran sinceras.
Las hermanas se miraron… y sonrieron aún más.
—Esto recién empieza —dijeron al mismo tiempo.
A la mañana siguiente, el aire era fresco y claro.
Regina ya estaba lista.
Vestida de manera sencilla pero adecuada, con el cabello recogido y la mente enfocada.
Era su primer día.
Su verdadero comienzo.
Salió al exterior esperando encontrar solo al personal necesario para el traslado.
Pero no.
Ahí estaban.
Celeste y Helena.
De pie, como si hubieran estado esperando desde hace rato.
—¡Buenos días! —saludaron al unísono, con la misma energía del día anterior.
Regina parpadeó, sorprendida.
—No era necesario que vinieran…
—¡Claro que sí! —respondió Celeste.
—¡Las despedidas son importantes! —añadió Helena.
Se acercaron a ella con naturalidad, sin invadir… pero sin distancia.
—Escucha bien —dijo Celeste, levantando un dedo como si fuera una regla solemne.
—Cada vez que vengas a ver a nuestro padre… —continuó Helena—
—Te estaremos esperando.
—Con té.
—Y chismes.
—¡Y dulces!
—¡Y muchas preguntas!
Regina las miró.
Y algo dentro de ella se suavizó.
—Lo tendré en cuenta —respondió, con una leve sonrisa.
—¡Y no olvides! ¡Aún tenemos pendiente el campo de entrenamiento!
—Los soldados…
—Sin camisa…
Se miraron entre ellas y rieron.
Regina negó suavemente con la cabeza, pero su expresión ya no era solo sorpresa.
Había algo más ligero en ella.
—Lo recordaré.
El carruaje estaba listo.
Pero antes de partir, las hermanas insistieron en acompañarla una última vez.
La llevaron hasta el punto donde comenzaba el camino hacia el pueblo.
Y desde ahí, continuaron juntas hasta las oficinas del duque.
El cambio de ambiente fue claro.
El pueblo era activo, funcional, lleno de movimiento.
Personas trabajando.
Comerciantes.
Registros que se movían de un lado a otro.
Vida práctica.
Nada que ver con la quietud elegante de la mansión.
Finalmente, llegaron a un edificio sólido, menos imponente que la residencia… pero claramente importante.
—Aquí es —dijo Helena.
—Donde todo realmente pasa —añadió Celeste.
Se detuvieron frente a la entrada.
Por un momento, no hablaron.
Y esa pausa… fue distinta.
Más tranquila.
Más consciente.
—Lo harás bien —dijo Celeste, esta vez sin exageración.
Helena asintió.
—Muy bien.
Regina las miró a ambas.
Y por primera vez… sintió algo parecido a apoyo.
No estratégico.
No condicionado.
Simple.
—Gracias.
No dijo más.
No lo necesitaba.
Se giró hacia la puerta.
Y entró.
Sin mirar atrás de inmediato.
Pero sabiendo… que esta vez, si lo hacía, encontraría algo distinto esperándola.
No un pasado que la arrastraba.
Sino personas… que, de alguna manera inesperada, ya habían comenzado a formar parte de su presente.