"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
NovelToon tiene autorización de Dyanne Valdez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19: El Postre y la Verdad
(POV Lola - Mañana siguiente)
Desperté con la sensación de que algo había cambiado.
Damián ya no estaba en la cama. Lo sentía a través del vínculo, en algún lugar de la mansión, con una concentración intensa que no era habitual.
Bajé al comedor y me encontré con Elara, que tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada. ¿Por qué?
—Porque sonríes como una loca.
—Sonrío porque hace buen día.
—Está nublado.
—Bueno, porque hace buen día interior.
La miré con suspicacia.
—¿Qué estás tramando?
—Yo nunca tramo nada.
—Elara.
—Vale, vale. Solo que... esta noche va a pasar algo.
—¿Algo?
—Algo bueno. Confía en mí.
No supe si alegrarme o preocuparme.
(POV Damián - Despacho)
—No encuentro nada —dijo Marcus, dejando unos papeles sobre el escritorio—. He revisado las comunicaciones, los registros de entrada, incluso a los nuevos sirvientes. Nada sospechoso.
Damián apretó la mandíbula.
—Kael sabe demasiado. Sabe que la familia está aquí. Sabe que Lola duerme conmigo. Sabe que su loba sigue dormida. Alguien le está pasando información.
—¿Crees que hay un topo?
—Es la única explicación.
—¿Por dónde empezamos?
Damián se levantó y miró por la ventana.
—Por los que llegaron hace poco. Los nuevos sirvientes. Y también... por los visitantes.
Marcus arqueó una ceja.
—¿Tu familia?
—Alguien pudo hablar sin querer. O a propósito.
—¿Crees que Valeria...?
—No lo sé. Pero no voy a descartar nada.
—¿Y Lola?
—Lola no sabe nada. Pero Kael la usa para llegar a mí. Y lo está consiguiendo.
Marcus asintió.
—Voy a reforzar la seguridad. Y a vigilar a todos.
—Hazlo.
Marcus salió. Damián se quedó mirando el horizonte.
Kael, pensó. Vas a pagar cada gota de miedo que le has causado.
(POV Lola - La cena)
La cena empezó normal.
Demasiado normal, pensé después.
Konstantin en la cabecera. Elena a su derecha. Valeria a su izquierda, con el ceño fruncido y mirando a Damián como si quisiera perforarlo con la mirada. Damián, impasible. León, con una sonrisa tensa. Elara, demasiado callada. Y yo, en mi sitio de siempre.
Hasta que llegó el postre.
La cocinera apareció con una bandeja. En ella, un solo plato. Un pastel pequeño, decorado con frutos rojos. Y una sola cuchara.
—¿Qué es eso? —preguntó Konstantin.
—Oh, lo siento muchísimo —dijo la cocinera con cara de consternación—. Hubo un error en la cocina. Solo alcanzó para uno. Pensé que tal vez la señorita Lola y el señor Damián podrían compartirlo, ya que ellos son... bueno...
No terminó la frase.
Pero todos entendieron.
El silencio cayó sobre la mesa.
Valeria abrió la boca para protestar, pero León se adelantó.
—Buena idea. Así no se desperdicia. Además, mi hermano necesita endulzarse un poco.
Damián lo fulminó con la mirada. León sonrió con inocencia.
La cocinera colocó el postre entre Damián y yo. Y se fue.
Allí estábamos. Un pastel. Una cuchara. Y todos mirando.
—Bueno —dije, incómoda—. Puedes empezar tú.
—No, tú primero.
—Yo insisto.
—Y yo también.
—Es tu casa.
—Y tú mi invitada.
—Damián, solo come el pastel.
—Lola, solo come tú.
Valeria resopló.
—¡Es un pastel! ¡Cómanlo de una vez!
Konstantin la miró con advertencia.
—Valeria.
—¿Qué? Es ridíc*l*.
León y Elara intercambiaron una mirada de satisfacción.
Finalmente, tomé la cuchara. Probé un poco.
—Está bueno —dije.
—A ver.
Damián tomó la cuchara. Y sin pensarlo, probó del mismo lado.
El mismo lado donde había probado yo.
El calor me subió a las mejillas.
Él se dio cuenta. Me miró. Y por un instante, sus ojos perdieron toda la frialdad.
—Está bueno —dijo.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña. Pero real.
Yo sonreí también.
Y en ese momento, todo lo demás desapareció.
Konstantin observaba con atención. Elena, con curiosidad. Valeria, con odio. León y Elara, con una alegría que no podían ocultar.
Pero nosotros solo nos mirábamos.
Y el pastel, de repente, era lo de menos.
(POV Lola - Después de la cena)
Cuando la cena terminó, Valeria salió disparada hacia Elara.
—Tú —dijo, agarrándola del brazo—. Quiero hablar contigo.
Elara pestañeó con inocencia.
—¿Conmigo? ¿Por qué?
—No te hagas la tonta. Lo de la cita falsa. Lo del jardín.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sabes. Dijiste que Damián quería verme. Fui. Esperé una hora. Y no apareció.
—¿Y yo qué tengo que ver?
—Tú lo organizaste.
—No tengo pruebas.
—No necesito pruebas. Lo sé.
León apareció detrás de Elara.
—¿Pasa algo?
—Tu novia —dijo Valeria con desprecio— me hizo esperar en el jardín como una tonta. Suerte que me di cuenta antes y llegue a la cena.
—No es mi novia —respondió León con calma—. Pero aunque lo fuera, no veo por qué iba a tenderte una trampa.
—Porque les gusta verme sufrir.
—Valeria —la voz de León fue más firme—. Nadie quiere verte sufrir. Pero tampoco puedes obligar a nadie a quererte.
El golpe fue directo.
Valeria palideció.
—Tú... tú no entiendes nada.
—Entiendo más de lo que crees.
Se giró y se alejó.
Elara lo miró con admiración.
—Has sido increíble.
—Lo sé.
—Y muy valiente.
—También lo sé.
—¿Y ahora qué?
—Ahora —dijo León, tomándola de la mano—, nos vamos antes de que vuelva.
Sonrieron y desaparecieron pasillo adelante.
(POV Lola - Encuentro con Konstantin)
Cuando subía a la habitación, una voz me detuvo.
—Señorita Lola. ¿Podría hablar con usted un momento?
Konstantin estaba en la puerta de la biblioteca. Solo. Con una expresión seria pero no hostil.
—Claro —dije, con el corazón acelerado.
Entré. Él cerró la puerta.
—Siéntese, por favor.
Obedecí.
Konstantin se sentó frente a mí. Me observó en silencio un momento.
—Mi hijo —dijo al fin—. Quiero hablar de mi hijo.
—¿Qué pasa con él?
—Nunca lo había visto así.
—¿Así cómo?
—Así de... humano.
No supe qué responder.
—Damián siempre fue frío —continuó Konstantin—. Desde pequeño. Después de lo de su madre, se cerró por completo. Yo intenté ayudarlo, pero no pude. Nadie pudo.
—¿Y ahora?
—Ahora lo veo. Discutiendo por un yogur. Compartiendo un postre. Sonriendo. Pequeñas cosas. Pero para él, enormes.
—No creo que yo tenga mucho que ver.
—¿De verdad cree eso?
Lo miré.
—No lo sé.
Konstantin asintió lentamente.
—Mi hijo lleva años congelado. Usted lo ha descongelado sin siquiera intentarlo. Eso no es casualidad.
—¿Qué quiere decir?
—Que el vínculo no es solo química, señorita Lola. Es destino. Y usted y Damián están destinados.
—¿Cree en eso?
—Creo en lo que veo. Y veo a un hombre que vuelve a sentir. Y a una mujer que lo hace posible.
Se levantó.
—Solo quería que lo supiera. Y que tuviera cuidado.
—¿Cuidado?
—Kael. Valeria. Mi esposa. Todos tienen sus propios intereses. Y usted está en medio de todos.
—Lo sé.
—Entonces solo le pido una cosa.
—¿Qué?
—Cuídese. Y cuídelo a él. Porque sin usted, volverá a congelarse.
Salió de la biblioteca.
Me quedé allí, con sus palabras resonando en mi cabeza.
Sin usted, volverá a congelarse.
(POV Lola - Noche, en la habitación)
Damián entró y se tumbó a mi lado.
No hablamos.
Pero su mano buscó la mía.
Y la encontró.
—Damián.
—¿Mmm?
—Tu padre habló conmigo.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo.
—¿Y qué piensas?
—Que tiene razón.
—¿En qué?
—En que sin ti, volvería a congelarme.
El aire se detuvo.
—Damián...
—No digas nada. Solo... quédate.
Me quedé.
Y en la oscuridad, su mano apretó la mía.
Y supe que no importaba lo que pasara.
Este era mi lugar.