Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 12 Aprender a sostener
El eco de la visita del noble del sur no se disipó al día siguiente.
Alessandro di Ravenna lo notó en los detalles: la forma en que los tutores hablaban de “oportunidades futuras”, el interés repentino de algunos nobles por la música del castillo, la mirada más atenta de la maestra Vittoria cuando Luca afinaba su arpa. No era una amenaza directa. Era algo más sutil. Un recordatorio de que el mundo no se detenía para esperar a que ellos entendieran qué hacer con él.
—No tienes que aceptar invitaciones que no quieres —le dijo Alessandro a Luca, mientras caminaban por el ala oeste.
—No quiero —respondió Luca—. No todavía.
—“Todavía” es una palabra peligrosa —murmuró Alessandro.
—No lo es —replicó Luca—. Solo significa que no cierro puertas cuando no sé qué hay detrás.
Eso… era más valiente de lo que Alessandro se permitía.
El entrenamiento de ese día fue distinto.
Los instructores habían decidido probar una rutina más exigente para los mayores: equilibrio en altura, desplazamientos rápidos, coordinación bajo presión. Alessandro había hecho ejercicios similares en su vida pasada. Sabía cómo caerse. Sabía cómo levantarse.
No había contado con el viento.
La plataforma de madera crujió cuando dio el último paso. Un golpe de aire frío le sacó el equilibrio. Alessandro resbaló.
No fue una caída larga.
Fue suficiente para torcer un tobillo.
El dolor subió como una chispa.
—¡Mi señor! —gritó uno de los instructores.
Alessandro se sostuvo del borde con los dedos, respirando con cuidado para no soltar un sonido que delatara la punzada aguda en la pierna.
Desde abajo, Luca miraba con los ojos muy abiertos.
—¡Alessandro! —llamó, corriendo hacia la escalera.
Alessandro quiso decirle que se apartara, que no era asunto suyo. No pudo.
El tobillo no respondía bien.
—Baja despacio —ordenó el instructor—. No te muevas.
Pero Alessandro sabía que el “no te muevas” era un lujo.
—Estoy bien —mintió, apoyando el peso en la otra pierna.
El gesto fue torpe. El equilibrio volvió a fallar.
Luca llegó a su lado, sin arpa, con las manos temblorosas.
—No te muevas —dijo, copiando al instructor—. Te puedes caer otra vez.
—No pasa nada —respondió Alessandro, apretando los dientes.
—Sí pasa —dijo Luca—. Te duele.
La honestidad era un martillo.
Alessandro cedió.
—Ayúdame a bajar —pidió en voz baja.
Los instructores se movieron de inmediato, pero fue Luca quien se colocó primero a su lado, ofreciendo un hombro pequeño que no debería haber sido suficiente.
Alessandro dudó.
Luego apoyó parte de su peso.
No era ideal.
Pero era real.
Bajaron despacio. Cada escalón era una negociación con el dolor. Luca respiraba hondo, concentrado, como si la música le hubiera enseñado a sostener el ritmo de un cuerpo más grande.
Cuando llegaron al suelo, Alessandro se sentó, con la pierna extendida.
—Gracias —dijo, más bajo de lo que pretendía.
Luca sonrió, aliviado.
—No te caíste —celebró—. Eso cuenta como victoria.
La enfermera del castillo confirmó el esguince.
—Reposo —dijo—. Y nada de entrenar por unos días.
Alessandro frunció el ceño.
—No puedo parar.
—Puedes —respondió la mujer—. No debes no hacerlo.
Eso no le gustó.
Los días de reposo fueron… incómodos.
No por el dolor, que era soportable.
Por la quietud.
Luca aparecía con libros, con partituras, con silencios compartidos. A veces tocaba suave para no cansarlo. A veces se sentaba sin tocar, solo para estar.
—No tienes que quedarte —dijo Alessandro una tarde.
—No me quedo —respondió Luca—. Paso.
—Eso es lo mismo.
—No —sonrió—. Pasar es moverse despacio.
Alessandro cerró los ojos, rendido ante la lógica creativa.
La inversión de roles llegó sin anuncio.
—¿Puedo pedirte algo? —preguntó Luca, un día.
—Depende.
—Cuando vuelvas a entrenar… no te subas tan alto sin mirar el viento.
Alessandro alzó una ceja.
—¿Ahora me das órdenes?
—No —respondió Luca—. Te cuido.
Eso… era nuevo.
Alessandro sintió una incomodidad distinta. No era vergüenza. Era la sensación de estar visto desde un ángulo que no había considerado.
—No necesito que me cuiden —murmuró.
—Yo tampoco necesitaba que me defendieras en el patio —replicó Luca con suavidad—. Y aun así lo hiciste.
Touché.
El rumor del esguince viajó rápido.
—Dicen que el heredero cayó por proteger al músico…
—No fue así…
—Pero el músico lo ayudó a bajar…
Alessandro decidió no corregir a nadie.
Por primera vez, no le importó demasiado.
Cuando el tobillo mejoró, Alessandro volvió al patio con cuidado.
Luca observó desde la banca, con las manos en el regazo.
—No mires —dijo Alessandro—. Me distraes.
—No miro —respondió Luca—. Escucho.
—¿Qué escuchas?
—Tu respiración cuando te concentras —sonrió—. Suena… firme.
Alessandro rodó los ojos.
—Eso no es música.
—Lo es —insistió Luca—. Solo que no sabes tocarla.
Alessandro se sorprendió riendo.
Esa noche, la música volvió al pasillo.
No como consuelo.
Como compañía.
Alessandro abrió la puerta y se apoyó en el marco.
—Gracias por sostenerme hoy —dijo.
—Siempre —respondió Luca—. A veces con manos pequeñas. A veces con música.
Alessandro asintió.
No hubo promesas grandes.
Solo la aceptación, silenciosa, de que aprender a sostener también significaba dejarse sostener.