"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El nido de la víbora
El piso franco no era el refugio glamuroso que uno esperaría de un hombre como Julián. Era un apartamento de techos bajos y ventanas reforzadas en un edificio impersonal de la zona norte. Al entrar, el olor a humedad y a encierro me golpeó con la fuerza de un mal presagio.
Julián cerró la puerta principal con tres vueltas de llave y activó un sistema de seguridad que emitió un pitido agudo y desquiciante.
—Estamos a salvo aquí —dijo él, aunque su voz carecía de convicción. Se quitó la chaqueta y la lanzó sobre un sofá de cuero sintético—. Nadie sabe que esta propiedad está a nombre de una de las empresas pantalla de Mónica. Ni la policía, ni Blackwood.
Mónica no dijo nada. Se dirigió directamente a la pequeña cocina y empezó a revisar los armarios con movimientos bruscos. La tensión entre nosotros tres era tan espesa que se podía sentir en la piel, como la estática antes de un rayo.
—Voy a preparar algo de cenar —dije, tratando de sonar como la esposa servicial—. Julián, necesitas comer algo, estás pálido.
—No tengo hambre, Valeria. Lo que necesito es recuperar el acceso a mis cuentas —rugió él, sentándose frente a una computadora portátil que ya estaba encendida sobre la mesa del comedor.
Aproveché para entrar en la cocina. Mónica estaba allí, apoyada contra la encimera, observándome con los brazos cruzados. Sus ojos eran dos rendijas de sospecha.
—¿De verdad crees que vamos a jugar a las casitas aquí, Valeria? —susurró ella—. Sé lo que hiciste en la oficina. Ese "accidente" con el documento... fue demasiado oportuno.
—Mónica, basta —respondí, dándole la espalda para lavar unas verduras. Tenía que mantener la calma—. Si quieres culpar a alguien de que Julián esté perdiendo su imperio, mírate al espejo. Tú eres la abogada. Tú debiste prever que Blackwood jugaría sucio.
Escuché sus pasos acercándose por detrás. Se detuvo justo a mi espalda.
—Cuidado, primita —siseó cerca de mi oído—. Aquí no hay cámaras, no hay servicio y no hay nadie que te escuche si decides "caerte" por las escaleras. Julián está desesperado, y un hombre desesperado hace cosas de las que luego no se acuerda.
Se alejó con una risa gélida. Me quedé inmóvil un segundo, apretando el cuchillo de cocina con fuerza. "Pronto, Mónica", pensé. "Muy pronto serás tú la que suplique que alguien te escuche".
Mientras el agua hervía, saqué mi teléfono. Sabía que Julián podría estar monitoreando la red Wi-Fi del apartamento, así que utilicé el canal de comunicación que Damián me había instalado: una aplicación disfrazada de un juego de puzles inofensivo.
Valeria: Estoy dentro. El ambiente es volátil. Julián tiene una caja fuerte oculta tras el panel eléctrico del pasillo. He visto cómo la miraba al entrar. Ahí es donde guarda el sello físico y los libros contables reales que no estaban en la oficina.
La respuesta de Damián fue casi instantánea.
Damián: Recibido. No intentes abrirla sola. Mónica te está cazando. Si la situación se vuelve insoportable, usa el código rojo. Mis hombres están en el edificio de enfrente. Puedo sacar la puerta de sus bisagras en tres minutos.
Guardé el teléfono justo cuando Julián entraba en la cocina, golpeando la mesa con frustración.
—¡Maldita sea! Han bloqueado mi token de acceso. ¡Mónica, ven aquí! Necesito usar tus claves de la firma legal.
Mónica salió de la habitación y ambos se sumergieron en una discusión técnica sobre transferencias y bloqueos. Era mi oportunidad. Me deslicé hacia el pasillo, fingiendo que buscaba toallas limpias. El panel eléctrico estaba al final, cerca de la puerta del baño.
Me acerqué con el corazón en la garganta. Al abrir la tapa metálica, vi los interruptores normales, pero al presionar una pequeña muesca en el lateral, el panel se deslizó, revelando un teclado digital. Era una caja fuerte de alta seguridad.
Escuché un paso detrás de mí.
—¿Buscando algo, Valeria?
Me giré de golpe. Julián estaba allí, observándome con una mezcla de sospecha y cansancio.
—Buscaba el interruptor de la luz del pasillo —mentí, señalando el panel—. Está muy oscuro aquí y no quería tropezar.
Julián se acercó y cerró el panel de un golpe seco. Me tomó de los hombros, acorralándome contra la pared. Su mirada era errática.
—Valeria... dime que estás conmigo. Dime que no me vas a dejar ahora que no tengo nada —su voz pasó de la rabia a una vulnerabilidad patética que me dio náuseas—. Todo lo que hice, lo hice para darnos una vida mejor. Para que los Rossi no fueran solo un nombre, sino un imperio.
"Lo hiciste para ti", pensé. "Mataste a mi padre por este imperio".
—Estoy aquí, ¿no? —dije, poniendo una mano en su mejilla, reprimiendo el deseo de abofetearlo—. He venido contigo al piso franco. He dejado mi comodidad por ti. Confía en mí, Julián.
Él pareció relajarse un poco bajo mi toque, como un perro que reconoce a su dueño. Me besó con una desesperación que me hizo querer gritar, pero le devolví el beso, convirtiendo mi asco en el combustible de mi actuación.
—Mañana —susurró él—, cuando Mónica logre desbloquear los fondos, nos iremos. Dejaremos que Blackwood se quede con las oficinas vacías. Nos iremos a un lugar donde nadie nos encuentre.
—Me parece un plan perfecto —mentí.
Regresamos al salón. Cenamos en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de los cubiertos contra los platos. Mónica no dejaba de mirarme, analizando cada uno de mis gestos. Ella sabía que Julián estaba cayendo en mi trampa de nuevo, y su frustración era evidente.
Esa noche, Julián se quedó dormido en el sofá tras vaciar media botella de whisky. Mónica se encerró en la otra habitación. Yo me quedé en el dormitorio principal, mirando hacia la ventana. A lo lejos, en el edificio de enfrente, vi un destello de luz roja: un puntero láser que parpadeó tres veces.
Era Damián. Estaba allí. Vigilando.
Me acosté, pero no dormí. Me quedé escuchando los ruidos del apartamento, el crujir de las maderas y la respiración pesada de Julián en el salón. Tenía que conseguir ese sello antes del amanecer. Sin el sello, Julián no podría mover ni un centavo, y Mónica quedaría desprotegida ante la fiscalía.
Me levanté de la cama con la cautela de un fantasma. Salí al pasillo. El panel eléctrico me esperaba. Pero justo cuando puse la mano en la tapa, una sombra se proyectó sobre la pared.
—Sabía que volverías aquí —la voz de Mónica sonó como el filo de una navaja. Estaba de pie al final del pasillo, sosteniendo un pequeño dispositivo en la mano—. He puesto sensores de movimiento en este panel, Valeria. Julián puede ser un idiota cegado por tu cara bonita, pero yo no.
Mónica avanzó hacia mí, y vi que en la otra mano sostenía algo más: una jeringuilla.
—Vamos a ver qué tan buena actriz eres cuando no puedas mover ni un músculo —siseó.