Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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Un hermoso peligro.
Una hora después, el aire en la pequeña pastelería de las afueras de Heidelberg era pesado, cargado con el aroma a canela y el eco de la lluvia que empezaba a caer. Aranza limpiaba el mostrador con una furia silenciosa, tratando de borrar de su mente la imagen de los guardias del campus registrando su mochila. La suspensión era una mancha que no se quitaba con jabón.
La campanilla de la puerta tintineó. Aranza no levantó la vista de inmediato. —Estamos por cerrar —dijo, con la voz endurecida por el cansancio.
—Sería una lástima. He cruzado media ciudad solo para comprobar si el veneno de los rumores ha amargado tu talento.
Aranza sintió una descarga eléctrica recorrerle la columna. Esa voz. Fría, aterciopelada, cargada de una arrogancia que solo el dinero dinástico puede comprar. Levantó la mirada y su corazón dio un salto.
Aranza parpadeó varias veces.
No.
No podía ser él.
No allí, donde ella estaba trabajando temporalmente para compensar los puntos perdidos por la suspensión.
Darién Herzog estaba allí, enmarcado por la puerta, luciendo un abrigo de lana oscura que goteaba ligeramente. No parecía pertenecer a ese lugar de suelos de madera gastada y vitrinas modestas. Él era el dueño de los palacios; ella, ahora, era la chica que servía café para no perder el rastro de su dignidad.
—¿Qué haces aquí, Herzog? —escupió ella, apretando el trapo entre sus manos—. ¿Viniste a burlarte del uniforme? ¿O a ver si es cierto que guardo algo más que harina en los estantes?
Darién no respondió de inmediato. La examinó con una lentitud que resultaba casi indecente: el delantal manchado, la coleta deshecha, el rastro de chocolate en su mejilla. Una sonrisa mínima, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Vine por algo dulce —respondió, su voz bajando una octava—. Y dudo que lo encuentre en la vitrina.
Darién se sentó en una de las mesas pequeñas, cruzando sus largas piernas con una elegancia que hacía que el espacio pareciera encogerse. Su sola presencia era una invasión.
—¿Vas a atenderme, Müller? ¿O vas a quedarte ahí parada esperando a que el mundo se disculpe contigo? —provocó, arqueando una ceja.
Aranza apretó los labios hasta que blanquearon. Caminó hacia él con el paso de quien va a una ejecución y le dejó un plato con una porción de selva negra, decorada con una precisión que delataba su obsesión por el detalle.
—Toma. Es lo mejor que tenemos. Y lo más caro —añadió con sarcasmo.
—Perfecto. Tiene un aspecto... tentador —dijo él, clavando sus ojos azules en los de ella mientras probaba el primer bocado. Cerró los ojos un segundo, saboreando no solo el pastel, sino la tensión que emanaba de Aranza—. Delicioso. Tienes un don para las mezclas, Aranza. Es una pena que Schmidt prefiera los tubos de ensayo a la mantequilla.
—Vete al diablo —susurró ella, cruzándose de brazos—. No estoy de humor para tus juegos de niño rico. Si viniste a comprobar los rumores de las drogas, ahórrate el esfuerzo. No vendo nada que no esté horneado.
Darién dejó el tenedor a un lado y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. La atmósfera cambió de golpe; la burla desapareció, dejando paso a una seriedad depredadora.
—Eso es una estupidez. Si quisiera comprar mierda, iría a los suburbios. —No tienes las agallas para hacer algo tan estúpido. Esto es tan bajo que no puedo permitirlo.
Aranza dio un paso atrás, descolocada por la franqueza de su tono. —¿Y a ti qué te importa? ¿Desde cuándo te preocupa la justicia para los becados?
—No me importa la justicia —confesó él, levantándose lentamente, reduciendo el espacio entre ambos hasta que Aranza sintió el calor irradiando de su abrigo y ese perfume caro que impregno el ambiente—. Me importas tú.
El silencio en la pastelería se volvió absoluto. Aranza sentía que el oxígeno se agotaba. Quería gritarle que era un mentiroso, que era parte del grupo que la despreciaba, pero sus pies estaban clavados al suelo.
—Yo no hago tareas por cumplidos, Herzog —logró decir, tratando de recuperar su armadura.
—No necesito que lo hagas —susurró él, dando un paso más, obligándola a retroceder hasta que su espalda tocó la vitrina fría—. Necesito que dejes de luchar contra lo inevitable. Te lo dije una vez: me interesas. Y yo siempre consigo lo que me interesa.
Darién inclinó el rostro. Aranza cerró los ojos, esperando un beso invasivo, algo que pudiera rechazar con una bofetada. Pero él fue más astuto. Rozó su mejilla con los labios en un beso casto pero cargado de una promesa eléctrica. El aroma a sándalo y lluvia de su perfume la envolvió como una red.
—Nos vemos pronto —susurró él contra su piel, haciendo que un escalofrío le recorriera el cuerpo—. Volveré mañana. Y el día después. Hasta que dejes de limpiarte la cara cada vez que te miro.
Salió de la pastelería con la misma calma soberbia con la que había entrado, dejando tras de sí un rastro de duda y deseo. Aranza se llevó la mano a la mejilla, sintiendo el calor quemándole la piel.
—Idiota —gruñó, pero su voz no tenía fuerza.
Se miró en el reflejo de la vitrina. Estaba temblando. Darién Herzog no venía a salvarla; venía para demostrar que ni siquiera la "criminal" más orgullosa de Heidelberg podía resistirse a él.
Darién Herzog era un peligro.
Uno real.
Uno hermoso.
Uno capaz de hacer que cualquiera…
cualquiera
perdiera la razón.
Ella, desgraciadamente, no era la excepción.
Y lo peor, lo que realmente la aterraba, era que una parte de ella quería que él volviera a cruzar esa puerta.