Siempre hubo odio entre ellos. Desde el primer momento, las miradas estaban cargadas de desprecio, las palabras eran cuchillos y las peleas, inevitables. Eran enemigos por naturaleza… o eso creían.
Pero todo cambia cuando él descubre un secreto que nunca debió salir a la luz.
A partir de ese instante, la tensión deja de ser solo odio. Las emociones se vuelven confusas, peligrosas, irresistibles. Lo que antes era rechazo empieza a transformarse en algo mucho más intenso… algo que ninguno de los dos sabe cómo controlar.
¿Es posible que entre enemigos nazca el amor?
¿O todo es solo una ilusión provocada por lo que ahora los une?
En un mundo donde los instintos pueden más que la razón, cruzar esa línea podría cambiarlo todo… para siempre.
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Capitulo 20 : Un miedo nuevo
Los días pasaron.
Me mantuve alejado de Irán.
Y él, sorprendentemente, respetó la distancia.
No volvió a buscarme.
No apareció en mi territorio.
No exigió explicaciones.
Quizá estaba ocupado.
Quizá seguía enfadado.
O quizá simplemente había decidido rendirse.
La sola idea me dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Aquella tarde salía de una reunión cuando sentí unos brazos rodear mi cuello desde atrás.
Mi cuerpo se tensó al instante.
No necesité girarme para reconocer ese aroma.
Ese olor nauseabundo.
Ese peligro.
El padre de Irán.
—Me dejaste una gran cicatriz en mi ojo, ¿lo sabes, no? —murmuró junto a mi oído, con una frialdad que helaba la sangre.
Intenté apartarme, pero antes de lograrlo, su mano descendió hasta posarse sobre mi vientre.
Y entonces lo sentí.
Un miedo completamente nuevo.
Más profundo.
Más primitivo.
Más salvaje.
Sin pensarlo, cubrí mi abdomen con ambas manos, protegiéndolo de manera instintiva.
Como si mi cuerpo reaccionara antes que mi mente.
Él soltó una risa oscura al notar mi gesto.
—Él lo sabe.
Me aparté de golpe, retrocediendo varios pasos.
—¿Saber qué?
Mi voz tembló.
Maldita fuera.
Él sonrió.
Una sonrisa que parecía hecha de veneno.
—No te hagas el tonto, pequeño.
Mi corazón comenzó a latir con violencia.
Demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Cada latido era una alarma.
Cada segundo, una amenaza.
Dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí.
Otro.
Y otro.
Hasta que mi espalda chocó contra la pared.
No había salida.
—Irónico, ¿no crees? —susurró.
Su mano volvió a posarse sobre mi vientre.
Mi cuerpo entero se estremeció.
Mis feromonas se dispararon sin control.
El instinto gritaba una sola cosa.
Proteger.
Huir.
Sobrevivir.
Y sin darme cuenta, pronuncié el único nombre que mi cuerpo asociaba con seguridad.
—Irán...
Apenas un susurro quebrado.
Una súplica involuntaria.
Los ojos del hombre brillaron con diversión cruel.
—Un pequeño niño creciendo dentro de ti...
Su voz rezumaba desprecio.
—En medio de una guerra.
Sacó un cuchillo.
La hoja rozó mi abdomen por encima de la ropa.
Solo una caricia.
Una amenaza.
Pero fue suficiente.
El terror me paralizó.
No por mí.
Por mi bebé.
...Dante (pensamiento)...
No.
Por favor, no.
Mi respiración se volvió errática.
Las lágrimas ardieron en mis ojos.
Y, una vez más, mi cuerpo hizo lo único que sabía hacer.
Lo llamó.
—Irán...
Esta vez con más desesperación.
Más necesidad.
Porque, en ese momento, no era el omega orgulloso.
No era el líder.
No era el enemigo de su familia.
Solo era un padre aterrorizado protegiendo a su hijo.
Y rezando para que llegara a tiempo.
...Irán...
Irán estaba en medio de una reunión.
Uno de sus hombres hablaba sobre rutas, cargamentos y alianzas, pero él apenas prestaba atención.
Su mente seguía regresando al mismo lugar.
A la misma persona.
A Dante.
A su terquedad.
A su enojo.
A la forma en que lo había echado días atrás.
Una parte de él seguía furiosa.
La otra... solo lo extrañaba.
Entonces ocurrió.
Un aroma golpeó sus sentidos con tanta fuerza que se puso de pie de inmediato.
Todos en la sala callaron.
Las feromonas de Dante.
Pero no eran las habituales.
No había rabia.
No había desafío.
Había miedo.
Terror puro.
Y algo más.
Una súplica desesperada que atravesó cada fibra de su ser.
—Irán...
No fue una voz real.
Fue peor.
Fue el vínculo.
El lazo entre almas destinadas.
El llamado instintivo de su omega.
El llamado de alguien que necesitaba ayuda.
Ahora.
Sus ojos se oscurecieron al instante.
Todo en él cambió.
El alfa tomó el control.
Su aura se volvió aplastante.
Peligrosa.
Mortal.
—Fuera.
La orden salió baja, pero cargada de una autoridad incuestionable.
Sus hombres no dudaron ni un segundo.
La habitación quedó vacía en un parpadeo.
Irán ya estaba moviéndose.
Cada músculo de su cuerpo gritaba violencia.
Cada instinto clamaba sangre.
Las feromonas de Dante seguían guiándolo.
Desesperadas.
Rotos fragmentos de miedo que lo estaban volviendo loco.
...Irán (pensamiento)...
...¿Quién?...
¿Quién se atrevió?
Entonces lo supo.
El olor.
El rastro.
Su padre.
La furia que lo atravesó fue tan intensa que por un instante perdió la capacidad de razonar.
Su padre había tocado a Dante.
Había asustado a Dante.
Y eso era imperdonable.
Pero había algo más.
Algo diferente en esas feromonas.
Algo que hizo que su corazón se detuviera por una fracción de segundo.
Protección.
Instinto maternal.
Vida.
Sus ojos se abrieron con brutal comprensión.
...Irán (pensamiento)...
Está embarazado.
La certeza lo golpeó como un rayo.
Todo encajó de repente.
La distancia.
Las reacciones.
La forma en que Dante se protegía el vientre.
Y ahora...
El terror absoluto ante cualquier amenaza.
Una sonrisa salvaje, incrédula y furiosa apareció en sus labios.
—Nuestro cachorro...
Susurró para sí mismo mientras aceleraba el paso.
Luego su expresión se endureció.
Helada.
Letal.
Porque si su padre había puesto una mano sobre Dante...
Si había siquiera amenazado a su hijo...
Entonces esa sería la última estupidez que cometería en su vida.
...Irán (pensamiento)...
Resiste.
Ya voy.
Y juro que nadie volverá a tocarte jamás.
...Dante...
El aroma de Irán me envolvió antes incluso de que pudiera verlo.
Cedro.
Humo.
Seguridad.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar.
En un segundo, su mano rodeó mi brazo y me apartó bruscamente de su padre, colocándome detrás de él.
Pero apenas tuve espacio para reaccionar.
Sin pensarlo.
Sin orgullo.
Sin intentar mantener las apariencias.
Me lancé hacia él.
Mis brazos rodearon su torso con fuerza.
Mi cuerpo entero temblaba.
Las piernas apenas me sostenían.
Me aferré a Irán como si fuera lo único sólido en un mundo que acababa de desmoronarse.
Y, en ese momento, quizá lo era.
...Dante (pensamiento)...
Llegó.
Realmente vino.
Sentí cómo uno de sus brazos me rodeaba por la cintura, firme, protector.
La otra mano acarició apenas mi espalda.
Un gesto breve.
Pero suficiente para calmar la tormenta dentro de mí.
Solo un poco.
Lo suficiente para seguir en pie.
La voz de Irán resonó frente a nosotros.
Baja.
Peligrosa.
Cargada de una rabia que jamás le había escuchado.
—Te dije que no te metieras con él.
Cada palabra fue una amenaza.
Su padre sonrió.
Como si todo aquello fuera un simple juego.
—Es una guerra, hijo.
Lo dijo con una tranquilidad aterradora.
Como si amenazar a un inocente fuera parte natural de las reglas.
Como si tocarme.
Como si tocar a nuestro hijo.
No significara nada.
Sentí a Irán tensarse bajo mis manos.
Su aura explotó a nuestro alrededor.
Dominante.
Aplastante.
Letal.
Y aun así, no me aparté.
Me acerqué más.
Buscando refugio.
Buscando calor.
Buscando al alfa que, aunque me negara a admitirlo, siempre encontraba cuando más lo necesitaba.
...Dante (pensamiento)...
No me sueltes.
Por favor.
—¿Lo sabías? —preguntó su padre, clavando la mirada en Irán con una sonrisa venenosa.
Mi respiración se detuvo.
Sentí el brazo de Irán tensarse alrededor de mi cintura.
Por un instante, el tiempo pareció congelarse.
—No.
Su respuesta fue seca.
Helada.
Llena de una furia contenida que erizaba la piel.
Y aun así, no me soltó.
Al contrario.
Su agarre se volvió más firme.
Más posesivo.
Más protector.
Como si quisiera dejarle claro al mundo entero a quién pertenecía.
Y, sobre todo, quién estaba bajo su protección.
...Dante (pensamiento)...
No lo sabía.
Realmente no lo sabía.
Una parte de mí sintió alivio.
Otra, un miedo insoportable.
Porque ahora sí lo sabía.
Y ya no había vuelta atrás.
Su padre soltó una carcajada oscura.
—Pensé que no ibas a tener hijos.
Sus ojos recorrieron mi vientre con desprecio.
Luego volvieron a Irán.
—Eso fue lo que te enseñé.
Vi algo romperse en la expresión de Irán.
Algo viejo.
Algo que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
Cuando habló, su voz fue un gruñido bajo, cargado de amenaza.
—Eso ya no importa.
Su mano descendió hasta posarse sobre mi abdomen.
El contacto fue cálido.
Reverente.
Como si apenas se atreviera a creerlo.
—Es mi omega.
Sus dedos se tensaron ligeramente.
—Y ese es mi hijo.
Las palabras me golpearon con tanta fuerza que el aire abandonó mis pulmones.
Mi corazón dio un vuelco.
Violento.
Abrumador.
...Dante (pensamiento)...
Nuestro hijo.
Irán levantó la mirada hacia su padre.
Sus ojos eran puro hielo.
—Si vuelves a tocarlo...
Su aura se volvió aplastante.
Peligrosa.
Mortal.
—Te juro que, aunque seas mi padre, va a correr sangre.
No había duda en su voz.
No había vacilación.
Solo una promesa.
Y, por primera vez desde que todo había comenzado, me sentí completamente a salvo.
Porque Irán había elegido.
Y, esta vez...
Nos había elegido a nosotros.p