Ella renace en otra época, conoce su futuro y está decidida a cambiarlo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Rebecca 1
El regreso a la conciencia no fue brusco.
Fue… suave.
Como si alguien la empujara lentamente hacia la superficie después de haber estado sumergida en un sueño demasiado largo.
Primero sintió el peso de su cuerpo.
Luego, el leve roce de la tela contra su piel.
Y finalmente… el silencio.
Un silencio distinto al de su antiguo departamento.
Más amplio. Más frío.
Sus párpados se abrieron con lentitud.
No estaba en su sofá.
No había lavadora.
No había luz eléctrica ni muebles modernos.
Estaba sentada en una silla de madera, frente a un escritorio cubierto de papeles. Una pluma descansaba entre sus dedos, ligeramente manchados de tinta. Frente a ella, un libro abierto… uno que, al parecer, había estado leyendo antes de quedarse dormida.
Parpadeó.
Una vez.
Dos.
Su respiración se volvió irregular.
Ese lugar…
Lo reconocía.
No por haber estado allí antes… sino por haberlo visto.
En esas imágenes.
En esa vida que no era suya… pero ahora…
—No… —susurró, apenas audible.
Se levantó de golpe, la silla rechinando contra el suelo de madera. Su corazón comenzó a latir con fuerza, pero no era miedo exactamente… era algo más cercano a la incredulidad.
Miró a su alrededor.
Estanterías llenas de libros.
Ventanas altas por donde entraba una luz suave de la tarde.
Una oficina… sobria, elegante, silenciosa.
El aire mismo parecía pertenecer a otra época.
Y entonces lo supo.
Tenía que comprobarlo.
Casi tropezando con sus propios pasos, salió de la oficina y recorrió el pasillo con urgencia. Su respiración se agitaba más con cada segundo, como si algo dentro de ella temiera confirmar lo que ya intuía.
Encontró una habitación cercana.
Entró sin pensar.
Y ahí estaba.
Un espejo de cuerpo entero.
Se detuvo en seco.
Por un instante… dudó.
Pero la necesidad fue más fuerte.
Se acercó.
Lentamente.
Como si temiera que su reflejo desapareciera si se movía demasiado rápido.
Y entonces lo vio.
No era su rostro.
Era… hermoso.
Delicado.
Su piel clara, casi luminosa, sin imperfecciones. Sus facciones suaves, armoniosas, con una elegancia natural que parecía salida de un retrato. Su cabello caía largo y lacio, de un rubio tan pálido que rozaba el blanco, deslizándose como seda sobre sus hombros.
Y sus ojos…
Claros.
Profundos.
Con una fragilidad que dolía.
Ella llevó una mano a su rostro, tocando su mejilla con cuidado, como si no le perteneciera.
El reflejo hizo lo mismo.
—…Rebecca… —murmuró, sintiendo cómo el nombre encajaba en su pecho con una certeza imposible de negar.
Rebecca Sallow.
Ya no era una visión.
Ya no era una historia ajena.
Era ella.
Un escalofrío recorrió su espalda, pero no fue de miedo.
Fue… de oportunidad.
Su mirada descendió un poco, observando su cuerpo. Era más joven. Mucho más joven de lo que había sido en su vida anterior. Su figura aún conservaba la suavidad de la adolescencia, y su ropa… sencilla, modesta, lejos de cualquier lujo ostentoso.
Eso significaba algo.
Algo importante.
—Aún no… —susurró, casi sin aliento.
Levantó la mirada otra vez, fijándola en sus propios ojos.
—Aún no ha pasado todo…
Las piezas comenzaron a encajar.
Las imágenes que había visto… la academia… Lord Whitemond… su hermano… su final…
Todo eso pertenecía al futuro.
Un futuro que todavía no había ocurrido.
Su corazón latió con fuerza.
No de angustia.
De determinación.
Sus labios temblaron levemente… y entonces, contra todo pronóstico, sonrió.
Una sonrisa pequeña al principio.
Insegura.
Pero real.
—Entonces… puedo cambiarlo.
La idea creció dentro de ella como una chispa que se convierte en llama.
No tenía que repetir esa vida.
No tenía que amar a quien la destruiría.
No tenía que quedarse callada, ni aceptar migajas de afecto, ni cargar culpas que no le correspondían.
No esta vez.
Apoyó suavemente su frente contra el espejo, cerrando los ojos un instante mientras dejaba que todas las memorias se ordenaran dentro de su mente. Ya no eran fragmentos caóticos. Ahora tenían sentido. Tenían contexto. Tenían un antes… y un después que aún no existía.
Y ese “después”…
le pertenecía.
Cuando abrió los ojos nuevamente, ya no había confusión en su mirada.
Solo decisión.
Se separó del espejo, alisó ligeramente su ropa y respiró hondo.
Rebecca Sallow.
Una joven hermosa.
Una vida destinada a la tragedia.
Pero también… una segunda oportunidad.
—No voy a terminar así —dijo en voz baja, pero firme.
Y en ese instante, en el reflejo que ya no le devolvía una víctima sino a alguien dispuesto a luchar…
nació una nueva Rebecca.
Una que no aceptaría el destino que le habían escrito.
Una que lo reescribiría.