En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 09
La lluvia caía sobre Vesperia con una furia inusual, como si el cielo intentara lavar la podredumbre de la corte que Atraeus y Thera habían dejado al descubierto la noche anterior. En lo alto de una torre olvidada en los límites del distrito financiero, el refugio personal de Atraeus permanecía en un silencio sepulcral, solo roto por el chisporroteo de la madera de cedro en la chimenea y el rítmico golpeteo del agua contra los ventanales de arco apuntado.
Atraeus estaba de pie frente a un enorme ventanal, con una copa de vino negro en la mano. El reflejo en el cristal le devolvía la imagen de un hombre que ya no reconocía del todo: un espectro de su pasado convertido en el titiritero del presente. La caída de las casas Voran y Varyn había sido más rápida de lo previsto, y los rumores de la insolvencia bancaria ya estaban provocando disturbios en los mercados.
—Estás pensando en el vacío que has creado —la voz de Thera llegó desde la penumbra, cargada de esa ironía inteligente que tanto lo irritaba y lo atraía—. Es un espacio peligroso, Atraeus. La naturaleza aborrece el vacío, y la política aún más. Si no lo llenas pronto, alguien más lo hará.
Él no se giró. Escuchó el suave roce de los pies descalzos de Thera sobre las alfombras orientales. Ella se detuvo a su lado, envuelta en una bata de seda carmesí que parecía una herida abierta en la oscuridad de la estancia.
—El vacío ya está siendo llenado —respondió Atraeus, su voz baja y gélida—. Mis agentes ya han comenzado a comprar los títulos de deuda de las fundiciones. Mañana, los trabajadores de Voran descubrirán que su nuevo patrón es un consorcio anónimo que paga el doble y exige lealtad absoluta. Estamos transformando el miedo en dependencia.
Thera se rió entre dientes y le arrebató la copa de la mano, bebiendo un sorbo largo antes de devolvérsela.
—Dependencia. Qué palabra tan civilizada para describir una cadena —ella lo miró fijamente, sus ojos ámbar reflejando el fuego de la chimenea—. Pero dime, ¿quién depende de quién en esta habitación? Me has dado acceso a tus libros de contabilidad, a tus redes de espionaje... y anoche, a tu cama. ¿Es esto una alianza estratégica o estás intentando domesticar a la única persona que realmente puede ver lo que hay detrás de tu máscara?
Atraeus se giró finalmente, atrapando su barbilla entre el pulgar y el índice. La presión fue lo suficientemente firme como para ser un aviso, pero lo suficientemente suave como para ser una caricia.
—Nadie domestica a un rayo, Thera. Solo se intenta canalizar su energía antes de que te calcine. Te he dado acceso porque tu mente es la única que puede seguir el ritmo de la mía. Pero no te equivoques, el vínculo que estamos creando no es de confianza. Es algo mucho más resistente.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es? —preguntó ella, desafiándolo con la mirada, sin apartarse de su contacto.
—Es un vínculo de sombra —susurró él, acercándose tanto que sus alientos se mezclaron—. Estamos atados por los secretos que compartimos y por las ambiciones que nadie más se atreve a soñar. Si yo caigo, tú caes conmigo. Si tú me traicionas, el mundo que estamos construyendo se derrumbará sobre tu cabeza.
Thera deslizó sus manos por el pecho de él, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa de lino fino.
—La traición es una herramienta, no un destino —murmuró ella—. Pero por ahora, me gusta demasiado el sabor de este poder. Y el tuyo.
El ambiente en la habitación cambió de golpe. La política, los mapas y los contratos desaparecieron, sustituidos por una necesidad voraz que ambos intentaban ocultar bajo capas de cinismo. Atraeus la atrajo hacia sí, uniendo sus labios en un beso que sabía a vino y a una posesividad oscura. No había ternura en el encuentro, sino una lucha por el reconocimiento, un intento de fundir sus voluntades en una sola.
La llevó hacia la gran mesa de roble donde reposaban los mapas estratégicos de la ciudad. Con un movimiento brusco, Atraeus barrió los pergaminos al suelo, dejando la superficie despejada. Sentó a Thera sobre el borde, sus manos subiendo por sus muslos, deshaciendo el nudo de su bata de seda con una urgencia que lo sorprendió incluso a él.
—Dime que esto no es solo manipulación —jadeó Thera mientras él enterraba el rostro en el hueco de su cuello, marcando su piel—. Dime que no me estás usando para olvidar que eres el hijo de nadie.
Atraeus se detuvo un segundo, sus ojos brillando con una chispa de magia azul que iluminó brevemente la estancia. La verdad de sus palabras le dolió más que cualquier herida física.
—Te uso porque eres la única que me hace sentir que el trono vale la pena —respondió él con una honestidad brutal—. Y tú me usas porque soy el único hombre lo suficientemente peligroso como para no aburrirte.
La unión que siguió fue intensa y casi desesperada. En el silencio de la torre, rodeados por los planes de una revolución silenciosa, se entregaron a un acto que era tanto una alianza como una batalla. Atraeus la tomó con una fuerza que buscaba reclamar cada rincón de su intelecto y de su cuerpo, mientras Thera se entregaba con una ferocidad que le recordaba que ella nunca sería un sujeto pasivo en su reino. Cada gemido, cada roce de piel contra piel, era un hilo más en la red que los unía.
En el clímax, la magia de Atraeus pareció desbordarse, haciendo que las sombras de la habitación bailaran con vida propia, envolviéndolos en un capullo de oscuridad protectora. Fue un momento de vulnerabilidad absoluta, una conexión que iba más allá de la carne y que los dejaba a ambos expuestos, sin sus máscaras de estrategas.
Horas más tarde, cuando la lluvia había amainado y solo quedaban las brasas en la chimenea, permanecían entrelazados sobre las pieles frente al fuego. La piel de Thera brillaba bajo la luz tenue, y Atraeus trazaba con su dedo las líneas de una cicatriz antigua en su hombro.
—¿Crees que Selene lo sabe? —preguntó Thera de repente, su voz apenas un susurro.
Atraeus se tensó ante la mención del nombre. Selene, el fantasma de su pasado, la mujer que representaba todo lo que él había perdido y todo lo que ahora despreciaba.
—Selene vive en un mundo de espejos y falsas esperanzas —respondió él con amargura—. No tiene idea de que el hombre que conoció murió en los muelles hace años. Lo que ella vea ahora será solo la sombra de un extraño.
—Ella será un problema —advirtió Thera, apoyándose en su codo para mirarlo—. El amor, incluso el que está muerto, es una variable que no podemos controlar en nuestras ecuaciones. Si ella se cruza en tu camino, ¿serás capaz de destruirla como destruiste a los Voran?
Atraeus guardó silencio durante un largo rato. Su mirada estaba fija en las cenizas.
—No habrá necesidad de destruirla si puedo usarla —dijo finalmente, aunque su voz carecía de la convicción habitual—. Pero no hablemos de fantasmas. Tenemos trabajo que hacer. El "Encargo del Cuervo" ha llegado esta tarde.
Thera arqueó una ceja, interesada de inmediato. El cinismo profesional volvió a su rostro como una armadura que se cierra.
—¿El Cuervo? ¿Quién es el objetivo?
Atraeus se levantó y caminó hacia su escritorio, recogiendo un pequeño cilindro de plata que contenía un mensaje lacrado con cera negra.
—Lord Kaelen, el Gran Justicia —respondió Atraeus, rompiendo el sello—. Alguien quiere que su reputación sea triturada antes del consejo de invierno. No quieren su cabeza, quieren su honor. Quieren que el hombre que dicta las leyes sea visto como el mayor criminal de Vesperia.
Thera se levantó también, dejando que la seda de su bata cayera con elegancia sobre sus hombros. Se acercó a él y leyó el mensaje por encima de su hombro.
—Un encargo complejo. Kaelen es un hombre de costumbres impecables. Encontrar una grieta en su armadura moral requerirá algo más que simples rumores. Necesitaremos un escándalo que no pueda ser ignorado.
Atraeus la miró, y en ese intercambio de miradas nació la siguiente fase de su plan. El vínculo de sombra se había fortalecido; ya no eran solo amantes o socios, eran una entidad única dedicada a la demolición de la vieja guardia.
—Lo conseguiremos —dijo él, quemando el mensaje en la llama de una vela—. Usaremos su propia justicia contra él. Pero antes, Thera, necesito que asegures que los archivos de los Varyn lleguen a las manos adecuadas en la tesorería real. Mañana debe ser el día en que el Rey Helios empiece a dudar de la lealtad de sus propios recaudadores.
—Consideralo hecho —respondió ella, dándole un beso fugaz y frío en la mejilla—. Pero recuerda el trato, Atraeus. Si descubro que me estás ocultando información sobre Selene o sobre tus planes reales para el solsticio... el vínculo de sombra se convertirá en una horca.
—No espero menos de ti, mi querida estratega.
Mientras Thera se retiraba a sus propios aposentos para comenzar a trabajar, Atraeus se quedó solo en la penumbra. El vínculo de sombra era real, pero él sabía que en el fondo, ambos seguían siendo depredadores. La intimidad los había unido, pero la desconfianza los mantenía alerta.
Se asomó de nuevo al ventanal. La ciudad de Vesperia parecía una joya oscura esperando ser reclamada. Había ganado una aliada poderosa, pero había perdido una parte de su soledad, y en su mundo, la soledad era la única seguridad verdadera.
—El juego se complica —murmuró para sí mismo, mientras sus dedos acariciaban el anillo de sello que planeaba usar para falsificar el destino de Lord Kaelen—. Pero el caos es una escalera, y yo ya estoy en el siguiente peldaño.
La red seguía creciendo, y el vínculo de sombra sería el cimiento sobre el cual se construiría la ruina de la realeza. El Capítulo 7 terminaba con una alianza sellada en sangre y deseo, pero con las semillas de una desconfianza que germinaría en los banquetes y salones de la corte que estaban por venir.