Una tarde fría de diciembre, Lucía se cruza con una niña perdida en la calle. Sin dudarlo la consuela y protege, sin imaginar que ese pequeño acto cambiará su vida para siempre. Su padre, Alejandro Ferrer, un poderoso empresario, no puede ignorar la angustia y la felicidad que Lucía despierta en su hija.
Mientras Alejandro busca desesperadamente a alguien que cuide a Emma, se da cuenta de que ninguna niñera parece estar a la altura… se da cuenta de que su hija no deja de mencionar a “la chica de la bufanda”. Y decide contratarla. Entre tensiones, celos y secretos, Lucía tendrá que marcar sus límites mientras Alejandro se debate entre lo correcto y lo que su corazón comienza a desear.
Una historia de amor, familia y segundas oportunidades, donde la Navidad no solo trae luces y regalos, sino también destinos que no pueden ignorarse.
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Juegos interrumpidos
El resto de la semana fue un ejercicio de aclimatación para Lucía. Cada rincón de la mansión era una lección de etiqueta y tecnología que ella aprendía con rapidez. Sin embargo, no permitió que el lujo la cambiara. Seguía siendo la mujer que preparaba leche con malvaviscos en la madrugada.
El miércoles, Alejandro la observó desde el piso superior mientras ella corría por el jardín de. invierno con Emma. La niña reía a carcajadas, persiguiendo a Lucía entre los aspersores. Alejandro sintió una punzada de algo que no pudo nombrar. Ver a su hija riendo y siendo simplemente una niña de cuatro años, le dolió y le sanó al mismo tiempo.
Esa tarde, Lucía recibió la primera llamada oficial de la clínica.
—Este lugar es increíble —le dijo su madre a través del teléfono, con una voz que sonaba más clara—. La cama se mueve sola, la comida es deliciosa y los médicos me tratan como a una reina. Pero lo más importante... hoy me han dicho que hay un nuevo tratamiento que podría darme muchos años más.
Lucía colgó el teléfono y lloró en silencio en su habitación. Lloró de alivio y lloró por la ironía del destino. El hombre que la había mirado con desconfianza en la calle era el mismo que le estaba devolviendo a su madre.
El sol de la tarde se filtraba por los altos ventanales de la sala de juegos, un espacio que, a pesar de estar lleno de los juguetes más caros del mercado, siempre se había sentido como un museo silencioso. Pero esa tarde era diferente. Lucía estaba sentada en la alfombra de felpa, rodeada de bloques de construcción y cuentos, mientras Emma reía con una alegría que parecía rebotar en las paredes de cristal.
—¡Mira, Lucía! Es un castillo para la princesa de la bufanda —exclamó la niña, colocando una pieza de madera con cuidado.
Lucía sonrió, acomodándole un mechón de pelo tras la oreja. Por un momento, el peso de la enfermedad de su madre y la extrañeza de vivir en una mansión desaparecieron. Estaba allí, siendo simplemente ella misma, devolviéndole a una niña de cuatro años el derecho a jugar.
Sin embargo, la burbuja de paz se rompió con el sonido seco de unos tacones sobre el suelo de madera.
—¿Pero qué es todo este desorden? —La voz de Valeria cortó el aire como un látigo.
La mujer entró en la estancia con una elegancia gélida. Su mirada recorrió la alfombra llena de juguetes y se detuvo en Lucía con una mezcla de desdén y asco, como si hubiera encontrado una mancha de grasa en un vestido de seda.
—Tía Valeria... —susurró Emma, encogiéndose instintivamente cerca de Lucía.
—Emma, levántate del suelo ahora mismo —ordenó Valeria, ignorando a la niña y clavando sus ojos en la joven—. Así que tú eres "la niñera". No puedo creer que Alejandro haya caído tan bajo como para meter a una completa desconocida en el corazón de su hogar.
Lucía se puso de pie con calma, limpiándose las rodillas. Aunque su ropa era sencilla, mantuvo la mirada firme, algo que irritó visiblemente a la otra mujer.
—Soy Lucía Morales, la niñera de Emma —dijo con educación—. El señor Ferrer me contrató para...
—Sé perfectamente para qué te "contrató" —la interrumpió Valeria con una sonrisa cínica—. Mi cuñado es un hombre de impulsos cuando se trata de su hija, pero se arrepentirá de esta decisión en cuanto se dé cuenta de que no perteneces aquí. No tienes el refinamiento, ni la educación, ni el nivel para estar en esta casa. Eres una solución temporal para un capricho infantil.
Lucía sintió el aguijón de las palabras, pero no respondió. Sabía que cualquier réplica sería usada en su contra.
—Ahora —continuó Valeria, cruzándose de brazos—, deja de perder el tiempo con juegos estúpidos. Quiero estar a solas con mi sobrina. Emma necesita estar con su familia de verdad, no con empleadas que intentan comprar su cariño. Ve a la cocina o busca algo útil que hacer; seguramente habrá algún rincón que necesite limpieza. Aquí sobras.
Lucía miró a Emma. La niña la miraba con ojos suplicantes, pero la joven sabía que, en esa estructura jerárquica, ella acababa de llegar. No quería causar un problema en su primer día que pusiera en riesgo el tratamiento de su madre.
—Está bien —respondió Lucía en voz baja—. Con permiso.
—¡No, Lucía! —chilló Emma, pero Valeria la tomó del brazo con una firmeza que no admitía protestas.
—Silencio, Emma. Tu tía sabe qué es lo mejor para ti.
Lucía salió de la habitación con el corazón oprimido. Mientras caminaba por los pasillos de mármol, las palabras de Valeria resonaban en su cabeza: "Aquí sobras". Se dirigió a la cocina, buscando cualquier tarea que justificara su presencia, sintiendo por primera vez que la mansión no era un refugio, sino un campo de batalla donde ella no tenía armas para defenderse.
Lucía caminó por los interminables pasillos con la sensación de que las paredes de mármol la observaban. Al llegar a la cocina, un espacio inmenso y reluciente que parecía el laboratorio de un científico, encontró a una mujer de unos cincuenta años, de rostro amable y manos expertas, organizando los últimos detalles de la cena. Era Rosa, la cocinera jefa.
—¿Señorita Lucía? ¿Qué hace aquí? —preguntó Rosa, deteniendo su tarea con sorpresa—. Usted debería estar con la pequeña Emma.
Lucía forzó una sonrisa, ocultando el nudo que todavía sentía en la garganta. No quería ser una carga ni causar problemas en su primer día.
—La tía de Emma pidió estar a solas con ella un rato —explicó Lucía con voz suave, omitiendo deliberadamente el tono despectivo y las órdenes humillantes de Valeria—. Pensé que quizás podría ayudar en algo aquí mientras tanto. No me gusta estar de manos cruzadas.
Rosa la miró con una mezcla de ternura y lástima. Llevaba años trabajando para los Ferrer y conocía perfectamente el carácter de Valeria.
—Cariño, este no es su lugar —dijo Rosa, acercándose para ponerle una mano en el brazo—. Usted es la niñera, no el personal de limpieza ni de cocina. Además, el señor Alejandro fue muy claro: usted está aquí para cuidar de Emma. Vaya a descansar un poco, aproveche para ver cómo está su madre por teléfono. No se preocupe por nosotros.
Lucía asintió, agradecida por el gesto, pero se quedó un momento más charlando con Rosa, encontrando en la cocina el único rastro de calidez humana en toda la casa.
Alejandro llegó a la mansión pasadas las nueve de la noche. El día en la oficina había sido agotador, lleno de reuniones y cifras, pero su mente no había dejado de viajar hacia su casa, preguntándose cómo habría sido el primer día de Lucía y el traslado de Elena a la clínica.
Se quitó el saco mientras subía las escaleras y se dirigió directamente a la habitación de su hija. Al entrar, la luz tenue de una lámpara de noche iluminaba el rostro de Emma. La niña dormía profundamente, abrazada a la bufanda de colores, pero Alejandro se tensó al acercarse. A pesar de la penumbra, pudo ver los surcos brillantes en las mejillas de la pequeña. Había llorado hasta quedarse dormida.
—¿Qué pasó, princesa? —susurró, sintiendo una punzada de culpa y rabia.
Su primera sospecha fue Lucía. ¿Acaso se había ido? ¿Había discutido con la niña? Se prometió a sí mismo que a primera hora de la mañana exigiría una explicación.
Se retiró a su propio dormitorio, sintiéndose más cansado que nunca. Se soltó la corbata con un movimiento brusco, la arrojó sobre un sillón y comenzó a desabrocharse los primeros botones de su camisa, buscando aire. En ese momento, un golpe firme y decidido sonó en su puerta.
—Adelante —dijo con voz ronca.
La puerta se abrió y Valeria entró, todavía vestida de punta en blanco, con una expresión de triunfo mal disimulada bajo una máscara de preocupación fingida.
—Alejandro, tenemos que hablar —sentenció ella, cerrando la puerta tras de sí—. He pasado la tarde con Emma y lo que he visto me ha dejado horrorizada. No puedo creer que hayas traído a esa mujer a vivir aquí. Es una completa incompetente y, sinceramente, una presencia vulgar que nuestra familia no necesita.
Alejandro se quedó inmóvil, con la camisa a medio abrir, mirando a su cuñada con una frialdad que habría hecho temblar a cualquiera, menos a ella.
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