Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.
Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.
Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?
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Capítulo 17: Parte de guerra
El despacho olía a café y a tinta, Alessio estaba sentado tras su escritorio, los mapas del puerto extendidos frente a él. Llamaron a la puerta.
—Adelante.
Rocco entró, su rostro, normalmente imperturbable, tenía un brillo de satisfacción contenida.
—Noticias, señor.
Alessio no levantó la vista.
—Dime.
—El proveedor de Livorno, ha cedido.
La pluma de Alessio se detuvo, no dijo nada.
—Cuando recibió la información del supuesto competidor, llamó de inmediato —continuó Rocco—, aceptó el precio original y suplicó que no rompiéramos el contrato, el cargamento saldrá mañana. Fue limpio, señor, sin violencia, sin rastro.
Alessio dejó la pluma, se reclinó en el sillón. Su rostro era una máscara, pero su mandíbula estaba tensa.
—Bien —dijo. Una sola palabra, fría.
Rocco esperó, parecía querer decir algo más.
—¿Algo más? —preguntó Alessio, con un tono que no invitaba a seguir.
—Los Calabresi, señor, siguen en territorio Rinaldi. El viejo no los entrega, pero hemos descubierto algo.
Dejó un papel sobre la mesa, Alessio lo tomó sin mirarlo.
—Habla.
—Rinaldi tiene un hijo, un omega, lo mantiene escondido en una villa al sur. No lo ha presentado en sociedad, no lo ha casado, no figura en ningún registro.
—¿Por qué?
Rocco dudó.
—Es un hijo bastardo, señor, lo tuvo con una sirvienta, hace más de veinte años. Lo reconoció en privado, pero nunca lo legitimó, la madre desapareció hace tiempo.
Alessio asintió, no era suficiente.
—Pero hay más —continuó Rocco, bajando la voz—. El omega… pasó un celo con un sirviente, hace dos años, Rinaldi lo descubrió, el sirviente desapareció, el omega fue encerrado. Desde entonces, ni siquiera sale de la villa.
Alessio levantó la vista.
—¿Estás seguro?
—Tengo un contacto dentro del servicio de Rinaldi, lo vió. El omega quedó marcado, no físicamente, pero su olor cambió, los que saben de estas cosas dicen que un omega que ha pasado un celo con alguien que no es su alfa designado… huele distinto. Los Rinaldi no pueden casarlo sin que el futuro esposo lo note. Ya era un bastardo, ahora es un bastardo estropeado, por eso lo esconden.
Alessio se quedó en silencio, sus dedos golpeaban el reposabrazos del sillón.
Algo que Rinaldi teme. Algo que podamos usar.
No quería pensar en quién había dicho esas palabras, pero las palabras estaban ahí.
—Investiga más —dijo al fin, con la voz cortante—. Quiero saber quién era el sirviente, si está vivo, si el omega tiene contacto con alguien fuera de la villa. Y quiero saber si Rinaldi estaría dispuesto a entregar a los Calabresi a cambio de que este secreto no salga a la luz.
—Sí, señor.
Rocco se giró hacia la puerta, se detuvo, carraspeó.
—Señor… lo del proveedor… la idea… el omega…
Alessio lo fulminó con la mirada.
—¿He preguntado algo sobre el omega?
Rocco bajó la cabeza.
—No, señor.
—Entonces cállate y haz tu trabajo.
Rocco salió, la puerta se cerró.
Alessio se quedó solo, miró el informe sobre el hijo de Rinaldi, miiró los mapas del puerto y entonces, sin poder evitarlo, su puño golpeó la mesa.
—Maldición —murmuró.
Funcionó, la idea de ese omega funcionó.
No quería admitirlo, no quería pensar en ello, pero la verdad estaba ahí, clavada como una espina.
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Renato no vio a Alessio en tres días.
No fue casualidad, lo supo por los sirvientes que cuchicheaban, que el señor estaba de mal humor, que no quería ver a nadie, que pasaba horas encerrado en su despacho. Lo supo por los guardias, que andaban con más tensión de lo habitual. Lo supo por el aroma de ébano y pimienta negra que a veces se filtraba bajo las puertas cerradas, más denso que nunca, cargado de una rabia que no se disipaba.
Le duele, pensó Renato, le duele que la idea funcionara, le duele que yo tuviera razón.
El cuarto día, se cruzaron en el pasillo.
Renato llevaba un libro bajo el brazo, iba con la cabeza baja, Alessio venía de su despacho, solo, sin papeles, sin guardias. Sus ojos se encontraron.
Renato bajó la mirada al instante.
—Señor.
Alessio no respondió, no se movió, se quedó allí, bloqueando el paso, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos negros ardían con una furia contenida.
Y entonces con una exhalación lenta, liberó su feromona a propósito
No fue gradual, fue un muro, Ébano y pimienta negra, tan denso que el aire se volvió espeso. Una feromona de alfa dominante, diseñada para someter, para aplastar.
Renato sintió el impacto como un puñetazo en el pecho. Su cuerpo se sacudió, la visión se le nubló por un instante, un sudor frío le brotó en la nuca. El estómago se le revolvió, como si algo dentro de él quisiera salir.
No, rugió su mente alfa, no me someto.
Apretó los puños, las uñas se clavaron en las palmas. El dolor lo ancló.
Su propio aroma —algodón y flor de cerezo— se volvió ácido, pero no cedió, no se agachó, no pidió perdón. Solo respiró., despacio, una vez, otra, hasta que el mareo pasó.
Alessio lo observaba. Había visto el sudor en su frente, la palidez en su rostro, había visto cómo sus manos se cerraban en puños. Y sabía que su feromona había hecho efecto, pero el omega no se había doblado.
¿Cómo es posible?, pensó. Su cuerpo responde, lo veo, lo huelo, pero no se rinde.
—¿Sabes qué me molesta? —dijo Alessio, con la voz baja, cortante.
Renato no respondió, no levantó la cabeza.
—Que no sé si eres valiente o estúpido. O las dos cosas.
Renato sintió las palabras como latigazos. Su cuerpo seguía temblando, el sudor frío le empapaba la camisa, pero no se movió.
—Pasa —dijo Alessio al fin, apartándose.
Renato pasó, caminó sin mirar atrás, pero sintió la mirada de Alessio en su nuca hasta que dobló la esquina.
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Renato llegó a su habitación y cerró la puerta. El mareo regresó con más fuerza, el estómago se le revolvió. Corrió al baño y se arrodilló frente al inodoro, pero no salió nada, solo arcadas secas, una tras otra, hasta que le ardía la garganta.
Se quedó allí, en el suelo frío, con la frente apoyada en la taza. El temblor no cesaba, las manos le castañeteaban, la piel se le erizaba como si tuviera fiebre.
Resistir una feromona alfa tiene un precio, pensó, y yo lo estoy pagando.
Pero no se arrepentía.
Cerró los ojos, respiró hondo, el olor a azulejo limpio y a su propio sudor le llenó los pulmones.
Ha visto que me afecta, pero también ha visto que no me rindo.
Eso le duele más que cualquier otra cosa.
Se incorporó con esfuerzo, se lavó la cara, se miró al espejo. Sus ojos avellana estaban enrojecidos, pero su mandíbula estaba firme.
Una pequeña victoria, pensó. Otra grieta.
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La noche cayó sobre la mansión. Alessio estaba en su despacho, los informes extendidos, la luz de la lámpara proyectando sombras en su rostro.
El proveedor, el hijo bastardo de Rinaldi, Los Calabresi.
Tres problemas, y en los tres, la sombra de Renato.
No es un omega normal, lo sé desde la emboscada, lo supe cuando habló de Rinaldi, ccuando dio el consejo del proveedor. Pero hoy… hoy lo he visto, su cuerpo reaccionó. Sudor. Palidez. Náuseas. No es inmune, pero no se rindió.
Apoyó los codos en la mesa, enterró los dedos en el cabello.
¿Cómo puede un omega resistirse así? ¿Qué coño es?
Se levantó, caminó hacia la ventana. El jardín estaba oscuro, solo roto por las luces de los guardias.
No confío en él, no sé quién es, no sé qué quiere.
Pero es útil y es fuerte. Y eso…
Cerró los ojos, apoyó la frente en el cristal frío.
…y eso me vuelve loco.
Se quedó allí, mirando la noche, con una pregunta que no se atrevía a formular en voz alta.
¿Y ahora qué hago con él?
Gracias por el cap🫶🫂
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓