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Amor Hasta El Último Aliento

Amor Hasta El Último Aliento

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: maite lucía

Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.

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Capítulo 9

La voz de Javier resonó en la mente de Alejandra como un eco desafinado mucho después de que la cena hubiera terminado. Era tarde. El silencio del apartamento se sentía pesado, solo roto por el suave respirar de Francis a su lado.

Él dormía plácidamente, su brazo fuerte rodeando su cintura, como si nada pudiera perturbar su paz. Pero para Alejandra, la paz era una palabra ajena esa noche. Sus ojos estaban fijos en el techo, observando sombras ilusorias danzar con el brillo de la luna que se colaba por la ventana.

"¿Estaré siendo ingenua?", la pregunta de su hermano martillaba en su cabeza. "¿Estará escondiendo algo realmente?". La duda era una pequeña grieta en el muro de su felicidad, pero amenazaba con expandirse.

Recordaba el anillo en su dedo, símbolo de las promesas de Francis, sus besos que le hacían olvidar el mundo. Se repetía a sí misma que eran celos, envidia, que la gente siempre hablaba. Pero la semilla de la incertidumbre ya estaba sembrada.

A la mañana siguiente, el sol de Eldoria intentó, sin éxito, disipar la niebla en el corazón de Alejandra. Francis se despertó y la besó con dulzura, ajeno a la tormenta interna que ella libraba.

—Buenos días, mi amor —dijo él, con la voz aún ronca por el sueño—. Dormiste como un ángel.

Ella forzó una sonrisa. —Buenos días.

Desayunaron en silencio. Francis revisaba unos correos en su tablet, mientras Alejandra jugaba con su café, sus pensamientos en un torbellino. No podía más. Tenía que hablar.

—Francis —dijo, la voz más firme de lo que esperaba—. Necesito hablar contigo.

Él levantó la vista, notando el tono serio. —Claro, mi vida. ¿Qué pasa?

—Lo de anoche... lo que dijo Javier... —comenzó ella, nerviosa—. Sé que no te gusta hablar de tu familia, que es complicado, pero... mis amigos tienen razón. Mis amigos, mi hermano... y yo. Estoy preocupada, Francis. Mucho. Me esfuerzo por entender tu situación, por respetar tu deseo de discreción, pero a veces siento que hay un mundo entero de ti que desconozco. Siento que... que me estás escondiendo algo.

Francis dejó la tablet sobre la mesa, su expresión se tornó seria, pero con una dulzura subyacente. Se acercó a ella, tomó sus manos entre las suyas y la miró directamente a los ojos.

—Alejandra, mi amor —dijo con una voz suave, llena de convicción—. Entiendo tu preocupación. Y te pido disculpas si mi discreción te ha causado angustia. Tienes razón. Mi familia es complicada, y no es que quiera esconderte, al contrario. Lo que busco es protegerte, que cuando llegues a mi mundo, sea el momento perfecto, sin dramas ni complicaciones innecesarias.

Hizo una pausa, su pulgar acariciando el dorso de su mano.

—Pero veo que esta situación te está afectando más de lo que creía. Y no quiero eso. Tú eres lo más importante para mí. Así que... ¿qué te parece si hacemos algo para calmar tu corazón? Sé que extrañas a tu madre, a tu pueblo. ¿Qué te parecería si, en vez de pensar en mi familia ahora, vamos a visitar a la tuya?

Los ojos de Alejandra se abrieron un poco, sorprendidos. —A Resfriado... ¿con mi madre? ¿Tú?

—Sí, mi amor. Tú y yo. ¿No sería una buena forma de que veas que no tengo nada que esconder? Que estoy orgulloso de la mujer que amo y de dónde viene. Podemos durar unos días con ella, pasar tiempo en tu pueblo, disfrutar de la tranquilidad. ¿Qué dices?

La idea la desarmó por completo. Era justo lo que necesitaba. La oportunidad de verlo interactuar con su gente, en su ambiente, lejos de la presión de la capital y de los chismes. Una prueba de fuego, quizás, pero una que sentía que tenía que pasar.

—Sí, Francis —dijo ella, una lágrima de alivio asomando en sus ojos—. Sí, me encantaría. Mucho.

—Perfecto —sonrió él, un brillo genuino en sus ojos oscuros—. Vamos a preparar todo. Le diré a la oficina que estaremos fuera unos días. Podemos salir pasado mañana, ¿te parece? Así que tu madre tiene tiempo de prepararse para nuestra llegada.

La emoción llenó a Alejandra. Se abalanzó sobre él, abrazándolo con fuerza. —Gracias, Francis. Eres el mejor.

...****************...

Los dos días siguientes fueron una frenesí de preparativos. Alejandra estaba eufórica. Llamó a su madre en Resfriado, la voz vibrante de emoción.

—¡Mamá! ¡Adivina quién va de visita! —dijo, casi gritando de alegría.

—¿Ay, mi hija? ¿Tú? ¡Qué alegría! —respondió Doña Elena, la madre de Alejandra, con su tono tranquilo—. ¿Sola o vienes con alguna amiga?

—¡No, mamá! ¡Voy con Francis! Mi novio. ¡Y se va a quedar unos días!

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Alejandra pudo imaginar la expresión de sorpresa de su madre. Doña Elena era una mujer de pocas palabras, pero de miradas profundas y una intuición casi sobrenatural. Había visto a su hija sufrir por amor antes, y era cautelosa.

—¿Con tu novio, dices? —preguntó finalmente Doña Elena, su voz con un matiz de curiosidad y un poco de cautela—. Bueno, mi hija, aquí lo esperamos. Siempre es bienvenido quien viene con amor. Solo espero que sea un hombre de bien para mi niña.

Alejandra le aseguró que Francis era el mejor hombre del mundo, y le dio las indicaciones para llegar al pueblo. Francis, por su parte, se encargó de todos los detalles logísticos. Reservó un vehículo cómodo y espacioso para el viaje, planeó las paradas necesarias y empacó lo esencial, siempre con una elegancia discreta.

Lucía vino a despedirla. Aunque feliz por su amiga, no pudo evitar darle un último consejo.

—Mira, Ale, me alegra que Francis se esté esforzando por conocer tu mundo. Pero no dejes de estar atenta, ¿eh? La gente en los pueblos pequeños ve y sabe mucho. Que tu madre y tu prima Carolina te ayuden a ver con otros ojos, si es necesario.

Alejandra rodó los ojos, pero apretó la mano de su amiga. —Tranquila, Lu. Todo va a estar bien.

El día de la partida amaneció radiante. Un sol resplandeciente bañaba Eldoria, prometiendo un buen viaje. Francis llegó al apartamento de Alejandra puntual, con una sonrisa radiante. Llevaba ropa más informal de lo habitual, unos pantalones jeans claros y una camisa de lino, que realzaban su figura atlética y lo hacían ver aún más atractivo.

—Lista para la mejor aventura, mi vida? —preguntó, tomando su maleta.

—Más que lista —respondió ella, sintiendo cómo la emoción y la expectativa se mezclaban en su pecho.

El viaje de Luminara a Resfriado fue un contraste de paisajes y sensaciones. Al principio, la carretera estaba llena de la majestuosidad de la capital de Eldoria: edificios imponentes, calles anchas, el bullicio de la gente. Pero a medida que dejaban atrás la ciudad, el paisaje comenzó a transformarse.

Los altos edificios dieron paso a campos cultivados de caña de azúcar que se mecían al ritmo del viento, con sus hojas verdes brillando bajo el sol. Las carreteras se hicieron más estrechas, salpicadas de pequeñas comunidades donde la vida parecía transcurrir a un ritmo diferente. Los colores de la vegetación se volvieron más intensos, y el aire, aunque cálido, se sentía más puro, menos contaminado por el ajetreo urbano.

Francis manejaba con pericia y tranquilidad, disfrutando del paisaje. Cada tanto, miraba a Alejandra con una sonrisa. Ella, por su parte, le señalaba los puntos de referencia, los lugares de su infancia, compartiendo historias y anécdotas que la llenaban de nostalgia y ternura.

—Mira, Francis, por ahí pasábamos cuando íbamos a la escuela —dijo, señalando un sendero polvoriento que se perdía entre los árboles—. Era una caminata larga, pero nos encantaba porque siempre encontrábamos mangos caídos o guayabas silvestres.

Él escuchaba con atención, fascinado por las historias de su vida en el campo. Sentía que cada palabra de Alejandra lo acercaba más a ella, a la esencia de la mujer que amaba.

—¿Y de dónde viene el nombre "Resfriado"? —preguntó Francis, curioso.

Alejandra rió. —Se dice que es por el río que atraviesa el pueblo. Sus aguas son siempre muy frías, incluso en verano. La gente que se bañaba allí salía "resfriada". Es una leyenda local.

Hicieron una parada en un pequeño puesto al borde de la carretera para comprar frutas frescas y agua de coco. Francis probó un mango directamente del árbol, su expresión de asombro y disfrute genuina. Alejandra lo observaba, sintiendo un nudo en la garganta. Verlo allí, tan cómodo, tan "normal", la hacía sentir una felicidad profunda.

—Esto es increíble —dijo Francis, con el jugo de mango escurriéndole por la barbilla—. En la capital nunca se consiguen frutas con este sabor.

—Es la tierra, Francis —respondió ella, sonriendo—. La tierra de mi gente.

A medida que se acercaban al pueblo, la carretera se convirtió en un camino de tierra rojiza, salpicado de piedras. Las casas, antes de concreto, se volvieron más rústicas, de madera y techos de zinc, pintadas de colores vivos. Niños descalzos corrían por los patios, y el aroma a leña quemada y a la comida casera flotaba en el aire.

Alejandra sintió un cosquilleo en el estómago. Estaba emocionada, pero también nerviosa. ¿Cómo reaccionaría Francis? ¿Se sentiría incómodo en un lugar tan diferente a su opulento mundo?

—Ya casi llegamos —dijo ella, señalando una colina a lo lejos—. Mi casa está al final de esa calle.

Francis apretó su mano. —No te preocupes. Todo estará bien.

El carro se detuvo frente a una casa sencilla de madera pintada de azul cielo, con un pequeño jardín lleno de flores de buganvilla y un balcón acogedor. Doña Elena, una mujer de piel morena, cabello recogido en una trenza y ojos penetrantes, ya estaba esperando en la entrada. Su figura, aunque menuda, emanaba una fuerza silenciosa.

Alejandra bajó del auto con una sonrisa inmensa, su corazón latiendo con fuerza. —¡Mamá!

Doña Elena no dijo nada, solo abrió los brazos. Alejandra corrió hacia ella y se fundió en un abrazo cálido y reconfortante. El aroma a hogar, a campo, a su madre, la envolvió por completo.

—Mi niña, qué alegría verte —susurró Doña Elena, acariciando el cabello de su hija.

Luego, la mirada de Doña Elena se posó en Francis, que se había bajado del auto y se acercaba con una sonrisa respetuosa. Su semblante, antes lleno de alegría, se volvió más serio, analítico.

Francis, impecable incluso después del largo viaje, extendió una mano hacia Doña Elena. —Doña Elena, es un placer conocerla. Soy Francis, el novio de Alejandra. Es un honor estar aquí en su hogar.

Doña Elena lo escaneó de arriba abajo. Sus ojos no eran los de una mujer que se dejaba impresionar fácilmente por trajes caros o sonrisas perfectas. Eran los ojos de una madre protectora, que había visto mucho en la vida. Tomó la mano de Francis, su apretón firme.

—Bienvenido a Resfriado, joven Francis —dijo Doña Elena, su voz tranquila, pero con una autoridad implícita—. Mi casa es su casa. Espero que su intención con mi hija sea tan noble como su presencia.

Francis entendió el mensaje subliminal. —Con la mayor de las intenciones, Doña Elena. Alejandra es una mujer excepcional, y mi intención es hacerla feliz.

Un momento de silencio tenso se apoderó del ambiente. Alejandra, sintiendo la incomodidad, intervino.

—Mamá, por favor, vamos a entrar. Hace mucho calor. Francis debe estar cansado.

Doña Elena asintió y los invitó a pasar. El interior de la casa era modesto pero inmaculado, con muebles de madera pulida, cortinas de encaje y fotos antiguas en las paredes. El aire olía a café recién colado y a las hierbas que Doña Elena cultivaba en su patio.

La casa era fresca, a pesar del calor exterior, y acogedora. Francis observó cada detalle con interés genuino, lo que agradó a Alejandra. Dejó las maletas y se sentó en una mecedora de mimbre que su madre le ofreció.

Momentos después, una risa jovial resonó desde la parte trasera de la casa. —¡Alejandra! ¡Llegaste, prima!

Era Carolina, la prima de Alejandra, una joven vibrante y de espíritu libre, unos años menor que ella. Carolina apareció en la sala, con una amplia sonrisa. Su mirada se detuvo en Francis, y sus ojos se abrieron con sorpresa y admiración.

—¡Prima! —exclamó Carolina, acercándose a abrazar a Alejandra—. ¡Qué alegría verte! ¿Y este apuesto caballero quién es?

Alejandra rió. —Carolina, él es Francis. Francis, ella es mi prima Carolina.

Francis se levantó y le extendió la mano a Carolina, su sonrisa encantadora haciendo acto de presencia. —Un placer, Carolina. Alejandra me ha hablado mucho de ti.

Carolina se sonrojó ligeramente. —El placer es mío, Francis. ¡Bienvenido a Resfriado! ¡Por fin conocemos al famoso Francis! Alejandra no nos había dicho que eras tan... —se detuvo, buscando la palabra adecuada—... impresionante.

Doña Elena, desde la cocina, observó la interacción, su mirada fija en Francis, como si intentara leer entre líneas. En ese momento, entraron los padres de Carolina, Tío Ramón y Tía Marta, quienes también recibieron a Francis con una mezcla de curiosidad y hospitalidad.

La sala se llenó de conversaciones y risas. Francis, para sorpresa de Alejandra, se desenvolvió con naturalidad, haciendo preguntas sobre el pueblo, mostrando interés en sus costumbres, y ganándose poco a poco a su familia con su carisma.

****************

Después de una cena abundante y deliciosa preparada por Doña Elena, con platos típicos del pueblo que Francis saboreó con gusto, la familia se sentó en el balcón, disfrutando de la fresca brisa nocturna. El cielo de Resfriado era un espectáculo de estrellas, más brillante que en la capital, sin la contaminación lumínica.

Francis estaba sentado junto a Alejandra, su mano entrelazada con la de ella discretamente. Escuchaba las historias de Tío Ramón sobre la pesca y los cultivos, y reía con las anécdotas de Carolina. Alejandra lo observaba, su corazón hinchado de orgullo y, una vez más, de amor. Verlo tan integrado, tan cómodo, disipaba muchas de sus dudas.

—El cielo aquí es diferente —comentó Francis, mirando hacia arriba.

—Es la ventaja de no tener tantas luces de la ciudad —dijo Tía Marta—. Aquí la naturaleza nos regala sus mejores vistas.

Cuando la noche avanzó, y el sueño comenzó a vencer a todos, Doña Elena les indicó dónde dormirían.

—Francis, tú dormirás en la habitación de Javier, que está trabajando en la capital. Y Alejandra, tú en la tuya, como siempre.

Un momento de incomodidad se instaló entre Alejandra y Francis. Acostumbrados a compartir la cama, la separación era extraña. Se miraron, y ella pudo ver un destello de picardía en sus ojos.

—Mamá... —comenzó Alejandra, buscando una excusa.

Pero Doña Elena la interrumpió con una sonrisa sutil. —No te preocupes, hija. Aquí las visitas se respetan, después de todo ustedes no están casados todavía. Mañana tendrán todo el día para disfrutar.

Alejandra asintió, resignada, aunque un poco frustrada. Se despidieron de la familia y se dirigieron a sus habitaciones

Continuará ✨

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mere sanchez
buenisima, me tiene atrapada
Michica Omegavers: Gracias por su comentario significa mucho para mí 🥰
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Myriam ValRoc
Después de sufrir, enfadarme pasar por un sube y baja de emociones, quedé conmovida con tu novela.
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Michica Omegavers: Muchas gracias Myriam por tus palabras 💖 Me alegra mucho saber que la historia logró emocionarte 🥰
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Myriam ValRoc
Y con todo lo que puede hacer, cómo no pone detectives que también tengan vigilada a esa mujer o bien contratar un hacker para pincharle el telefóno para saber los movimientos de ella y así atraparla o hacer una conferencia a los medios y así dejarla en evidencia???? Tantas cosas que se pueden hacer...en fin. Es una novela ☺️
Michica Omegavers: Tu idea es muy buena 🤭
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Myriam ValRoc
Qué miserable tipo, le daba aún un voto de confianza en que lucharía por su amor...pero ya eligió. Ni modo se merece lo que le suceda. Lo triste es que arrastrará a la otra pobre.
Myriam ValRoc
El Francis decepciona, sólo es un títere e inútil. No pone a vigilar a la tipa también, si tanto quiere regresar con Alejandra y que lo perdone, primero hay que buscar cualquier prueba que le pueda ayudar a separarse de Isabel.
Michica Omegavers: Claro que si pero más adelante 🥰
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Myriam ValRoc
Así es, afrontar su estupidez, por lo menos para despedirse le hubiera dicho lo que le dijo la esposa sobre la amenaza y decirle que cómo la ama, la dejará para que no le hagan daño o bien buscar alternativas para poder separarse de Isabel. Claro si es que realmente está dispuesto a vivir sin lujos y enfrentar todo lo que se le quitaría si se divorcia. Ahí se comprobará su amor o su ambición.
Myriam ValRoc
Mmm qué fácil se deja manipular.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Myriam ValRoc
No, fuiste tú con tus mentiras. Hazte responsable del gran daño que causaste.
Myriam ValRoc
Vaya amigo, puedo entender que no quiera involucrarse en ese problema, aunque también debería de ser honesto y contar qué aunque Francis actuó de manera cobarde, realmente ama a Alejandra. Abogar un poco para que hablen.
Myriam ValRoc
El dolor de la traición es muy fuerte.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.
Michica Omegavers
Gracias me alegra mucho que te haya gustado.Tu comentario significa mucho
Jenny Jimenez
Pobre Alejandra que no valla a perder su bebé que se valla lejos de esa mujer mala
Michica Omegavers: Más adelante vas a saber que pasará 🥰
total 1 replies
María Ramona Escobar
Hermosa novela, 😭
Jenny Jimenez
Que bueno que ella fue firme en su decisión eso me gustó aunque esta sufriendo mucho
Jenny Jimenez
Por favor suba más capitulo esta maravillosa su novela
𝓔𝓻𝓲𝓲𝓲 𝓑𝓸𝓰𝓭𝓪𝓷𝓸𝓿𝓪⚔
😆💕
𝓔𝓻𝓲𝓲𝓲 𝓑𝓸𝓰𝓭𝓪𝓷𝓸𝓿𝓪⚔
quisiera ser tan guapa como tus personajes 😭
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