De Rusia a México
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7
A miles de kilómetros de la nieve, en aquel hogar donde el aire siempre olía a canela y buganvilias, Camila pasaba las tardes en el suelo de la sala, rodeada de crayones. Su madre, Elena, la observaba con una mezcla de orgullo y extrañeza. La niña no dibujaba flores ni soles; esa tarde, con una precisión impropia para sus pocos años, trazaba líneas firmes que formaban un escudo: una poderosa águila bicéfala rodeada de ornamentos que evocaban una herencia guerrera y antigua.
—¿Qué es eso, mi vida? —preguntó Elena, inclinándose sobre el papel.
—Es el sello de la casa de mi amigo, mamá —respondió Camila sin levantar la vista—. Él dice que es un escudo de protección. Es de un lugar donde el suelo es blanco y los hombres parecen osos.
De ese dibujo nació una fascinación absoluta. Camila comenzó a pedir libros sobre castillos de cúpulas coloridas y cuentos de inviernos eternos. No sabía por qué, pero la palabra "Rusia" resonaba en su pecho como una campana familiar. Mientras otros niños querían ir a la playa, ella cerraba los ojos y soñaba con el frío, sintiéndose extrañamente segura bajo la sombra de aquel escudo que había dibujado de memoria, guiada por un susurro que cruzaba el océano. El sol de México iluminaba sus dibujos, pero su mente ya habitaba en la nieve de Misha.
Mientras tanto, en la mansión Petrov, la atmósfera era mucho más tensa. Igor entró al despacho de Ivan, cerrando la puerta con esa brusquedad que solo él se permitía.
—Jefe, detén esto —dijo Igor, dejando un informe vacío sobre la mesa—. He buscado, pero no hay nada. Estás persiguiendo un fantasma. Misha es un niño con una imaginación brillante y un padre que ve enemigos hasta en las sombras. Es una locura pensar que está conectado con una niña al otro lado del mundo. Son juegos de niños, Ivan. Déjalo ser un niño.
Ivan apretó la mandíbula, pero la lógica de Igor, siempre tan pragmática, empezó a calar. Quizás estaba proyectando sus propios miedos. Decidieron, sin embargo, que debían intervenir para proteger la imagen de la familia.
Llamaron a Misha al despacho. El pequeño entró con la dignidad de un príncipe, sentándose en la gran silla de cuero frente a los dos hombres más peligrosos del país.
—Mikhail —comenzó Ivan, suavizando su tono—, hablar con personas que no están aquí... la gente de afuera no lo entiende. Pueden pensar que estás enfermo. Necesitamos que seas discreto. Un Petrov no muestra sus puntos débiles ni sus secretos a extraños.
Misha escuchó con una calma que desarmó a Igor. Guardó silencio unos segundos, como si procesara la advertencia con la madurez de un adulto pequeño. No había miedo en sus ojos gélidos, solo una comprensión profunda de las reglas de su mundo.
—Entiendo, papá —dijo finalmente—. No quiero que nadie se preocupe ni que piensen cosas feas. Seré discreto. No hablaré con ella cuando haya gente cerca.
Igor suspiró aliviado, pensando que el "problema" estaba resuelto. Pero antes de salir, Misha se detuvo en la puerta y miró a su padre a los ojos, con una fijeza que recordaba a la de un depredador joven pero consciente de su poder.
—Pero no voy a dejarla, papá. Ella es la que me cuida cuando tú no estás. Ella es el sol que me falta aquí. Puedo dejar de hablar en voz alta, pero nunca dejaré de escucharla.
Cuando el niño salió, el despacho quedó en un silencio sepulcral. Igor miró a Ivan, esperando una orden de búsqueda o una negativa, pero el "Espectro" ruso solo miró el lugar donde su hijo había estado sentado. La "locura" de Misha era demasiado real para ser un juego, y aunque el mundo no pudiera verlo, Ivan Petrov sabía que su hijo acababa de declarar la lealtad más inquebrantable de su vida. El imperio Petrov tenía un nuevo código silencioso, y el nombre de ese código era Camila.