"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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Capítulo 3: Apuestas Celestiales y Carruajes del Infierno
Mientras el carruaje del Duque Elías avanzaba hacia la capital de Ondaria, sacudiendo a sus ocupantes como si fueran dados en un cubilete, en un plano existencial mucho más elevado (y con mejor climatización), las cosas estaban poniéndose intensas.
El Reino del Cielo no era solo coros de arpas y nubes esponjosas; en ese momento, parecía más bien la sección de apuestas de un hipódromo de mala muerte. Los Dioses, esos seres de luz que se suponía debían ser imparciales y sabios, estaban amontonados alrededor de un estanque de visión cristalina, observando la imagen de una hámster con corona de plata tratando de no salir volando de un asiento de terciopelo.
—¡Pongo tres centellas de energía pura a que llega a las cincuenta obras de bondad antes de que termine el mes! —gritó el Dios de la Fortuna, un sujeto que vestía una túnica hecha de billetes de lotería premiados—. ¡Mírenla! ¡Ha salvado a un Duque y solo ha intentado morder a tres sirvientes! Para ser Sofía, eso es prácticamente santidad.
—¡Ni hablar! —intervino la Diosa de la Discordia, puliendo una manzana dorada—. Esa rata naranja tiene la maldad grabada en el ADN espiritual. En cuanto vea una oportunidad de lujo o un cuello expuesto, volverá a sus viejas mañas. Apuesto mi colección de tornados a que muerde al Duque antes de llegar a la capital.
—Yo apuesto a que se enamora —susurró el Dios del Romance, un joven con ojos de corazones que suspiraba cada vez que Elías acomodaba a la hámster en su hombro—. ¡Es el tropo clásico! Enemigos a amantes, pero uno es un roedor. ¡Es poético! ¡Es trágico! ¡Es... un poco extraño biológicamente, pero me encanta!
En medio del bullicio, una figura encapuchada se mantenía en las sombras, anotando todo en un pergamino que despedía un sutil olor a azufre. Era Hermes, el mensajero, o quizás alguien que se hacía pasar por él. Tenía una sonrisa torcida y una mano escondida tras la espalda, sosteniendo un pequeño frasco de "Esencia de Caos".
—Sigan apostando, ilusos —murmuró el tramposo—. Nadie dijo que las pruebas debían ser... justas.
El calvario de la aristocracia peluda
Mientras tanto, en el mundo real, Sofía estaba experimentando lo que ella llamaba "el fin de los tiempos". Viajar en carruaje como humana era molesto; viajar como hámster era una tortura física diseñada por los mismos demonios que ella solía invocar.
—*¡Squeak! ¡Squeak-squeak!* (¡Elías, por los clavos de Cristo, dile al cochero que esto es un vehículo, no una coctelera!) —chilló Sofía, aferrándose con sus pequeñas garras a la solapa de la chaqueta del Duque.
Elías, que iba leyendo informes de estado con una calma irritante, bajó la vista hacia su hombro. Sofía tenía la corona de plata ligeramente ladeada sobre un ojo y sus bigotes vibraban de pura furia.
—¿Tienes hambre de nuevo, Pelusa? —preguntó Elías, sacando un trozo de manzana deshidratada de su bolsillo—. Eres una criatura muy demandante. Si sigues chillando así, la gente pensará que llevo un silbato roto en el hombro.
Sofía aceptó la manzana con un bufido indignado. *“¡Demandante! ¡Me dice demandante el hombre que tiene tres sirvientes solo para plancharle las capas!”*, pensó mientras masticaba con la velocidad de una sierra eléctrica.
El carruaje dio un salto especialmente violento al pasar por un bache. Sofía salió disparada del hombro de Elías, voló por el aire como un proyectil naranja y aterrizó directamente dentro de la bota de cuero del Duque.
—*¡Squeeeeeak!* (¡SOCORRO! ¡ESTOY EN EL ABISMO OSCURO Y HUELE A VARONILIDAD Y CUERO!)
—¿Pero qué...? —Elías soltó los papeles y empezó a hurgar en su bota con dos dedos, sacando a una Sofía cubierta de pelusa y con una expresión de trauma existencial—. Eres un desastre de mascota, lo sabes, ¿verdad?
Él la colocó sobre sus rodillas y, para sorpresa de Sofía, empezó a acariciarle la espalda con el pulgar para calmarla.
—Mañana llegaremos a la capital —dijo Elías, su voz volviéndose sombría—. Habrá mucha gente, Pelusa. Nobles que sonreirán mientras sostienen una daga detrás de la espalda. Reyes que han muerto en circunstancias... extrañas. No te separes de mí. No quiero que alguien te confunda con una alimaña y decida que eres un buen blanco de práctica para el tiro con arco.
Sofía lo miró a los ojos. Ese azul eléctrico estaba lleno de una soledad que ella conocía bien. En su primera vida, ella se rodeaba de lujos para no sentir el vacío; Elías se rodeaba de hielo.
"Vaya, el Dios del Romance va a ganar su apuesta si sigo mirándolo así", pensó Sofía, sintiendo un extraño calorcito en su pecho de hámster que no tenía nada que ver con la digestión de la manzana. "¡No! ¡Concéntrate, Sofía! Eres una vampira letal, no una fanática de este rubio amargado".
### La prueba del tramposo
En ese momento, un cuervo de ojos rojos se posó en la ventana del carruaje. No era un cuervo normal; era un enviado del tramposo celestial. Con un movimiento rápido, el ave soltó un pequeño cristal sobre el techo del vehículo.
Al instante, el ambiente cambió. Una niebla densa y antinatural rodeó el camino, y los caballos empezaron a relinchar con pánico.
—¡Señor! —gritó el cochero desde afuera—. ¡No veo nada! ¡La carretera ha desaparecido!
El carruaje se detuvo en seco. Elías se puso en guardia, desenvainando su espada de plata con un movimiento fluido.
—Quédate aquí, Pelusa —ordenó, metiendo a Sofía dentro de un bolsillo de su chaleco—. No saques ni la nariz.
Pero Sofía no era de las que se quedaban quietas. Asomó sus ojitos por el borde del bolsillo y vio lo que Elías no podía ver: seres de sombra se deslizaban entre la niebla, atraídos por la esencia del cristal celestial. Eran "Cobradores de Almas", criaturas que solo aparecían cuando alguien hacía trampa en el destino.
—*Squeak...* (Oh, genial. Fantasmas devoradores de energía. Justo lo que necesitaba para completar mi set de traumas).
Uno de los seres de sombra atravesó la madera del carruaje como si fuera humo. Se lanzó directamente hacia la espalda de Elías.
"Si él muere, yo me quedo atrapada en este bolsillo y probablemente moriré de hambre o aplastada por su cadáver", razonó Sofía con su pragmatismo habitual. "Obras de bondad... aquí vamos".
Sofía saltó del bolsillo. Pero esta vez, algo fue diferente. Al estar cerca de una criatura del inframundo, su antigua esencia vampírica reaccionó. Por un segundo, su sombra en la pared del carruaje no fue la de un pequeño hámster, sino la de una mujer alta con garras afiladas.
Ella no podía morder como humana, pero podía usar su "Furia de Roedor Sagrado". Saltó sobre la sombra y empezó a brillar con una luz blanca intensa, producto de las dos obras de bondad que ya había acumulado.
—*¡SQUEEEEEEEAK!* La luz fue tan potente que la criatura de sombra se disolvió con un chillido agónico. La niebla se disipó de golpe y el cristal del techo se hizo añicos.
Elías se giró, con la espada en alto, pero solo encontró a su hámster sentada en el suelo del carruaje, jadeando, con la corona de plata caída sobre el cuello como si fuera un collar y una expresión de "estoy demasiado vieja para esto".
—¿Tú... acabas de ahuyentar a una aparición de sombra con un grito? —preguntó Elías, guardando la espada lentamente, con una mezcla de respeto y absoluto desconcierto.
Sofía simplemente se desplomó dramáticamente sobre la alfombra, fingiendo un desmayo.
—Definitivamente —murmuró Elías, recogiéndola con una sonrisa casi imperceptible—, eres la criatura más extraña de este reino.
En el Cielo, los Dioses gritaban.
—¡Trampa! ¡Alguien intervino! —rugía el Dios de la Fortuna—. ¡Esa luz no era normal!
El tramposo, en las sombras, sonrió. Su plan de matar a Elías había fallado, pero había descubierto algo mejor: Sofía estaba recuperando sus poderes, pero de una forma "bendita".
—Esto se pone interesante —dijo el tramposo, borrando una apuesta y escribiendo una nueva—. Apuesto a que, para cuando lleguen a la capital, el Duque ya no podrá vivir sin su "rata".
Mientras tanto, en el carruaje, Sofía soñaba con un banquete de sangre... que rápidamente se transformaba en un banquete de avellanas bañadas en oro. El viaje a la capital apenas comenzaba, y Ondaria no tenía idea de que su futura salvación (o su destrucción más adorable) acababa de salvar a su Regente.