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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 9: El Paso de los Lamentos
El viento de las montañas no avisaba. Simplemente llegaba, cortando como un cuchillo afilado a través de la ropa, los huesos y la voluntad de cualquier ser vivo que se atreviera a transitar el Paso de los Lamentos en pleno invierno. Las paredes de roca gris se alzaban a ambos lados del sendero como gigantes dormidos, cubiertas de hielo que brillaba con una luz azulada y fantasmal bajo la luna llena.
El grupo avanzaba en silencio. Doce rebeldes, cuatro caballos de carga y dos monturas de guerra. Cédric iba a la vanguardia con tres hombres, explorando el camino. Genevieve cabalga en el centro del grupo, envuelta en pieles gruesas, con los ojos fijos en la espalda de Cédric con una mezcla de amor y angustia que nunca lograba ocultar del todo.
Isolde iba a la derecha, sobre un caballo alazán de temperamento tranquilo. O al menos lo había sido al salir del campamento. Ahora, a medida que el viento arreciaba y la temperatura caía en picada, el animal resoplaba con nerviosismo, moviendo la cabeza con brusquedad.
—Tranquilo —le susurró Isolde al caballo, pero sus propios dientes castañeaban. El traje de montar de cuero era funcional para el bosque, pero no para esto. El frío de las alturas se colaba por cada costura, por cada abertura, helando sus manos pequeñas que sostenían las riendas con una rigidez que ya le dolía.
A su izquierda, Alaric avanzaba sin decir una palabra. En las horas de viaje apenas le había dirigido tres frases, todas órdenes cortas. Pero sus ojos café la buscaban cada cierto tiempo, con esa mirada de inventario que ahora Isolde sabía leer de otra forma.
La estaba vigilando. Siempre la estaba vigilando.
—Se viene una tormenta —dijo Cédric desde la vanguardia, levantando el brazo para detener al grupo. El cielo al norte se había oscurecido de una forma que no era natural; era una pared de nubes negras que avanzaba hacia ellos con una velocidad aterradora— . Hay una cueva a media legua hacia el este. La usamos como refugio cuando éramos cazadores. Podemos aguantar allí hasta que pase.
Alaric miró el cielo y luego a Isolde. Ella estaba temblando, su piel de porcelana se había tornado rosada por el frío y sus labios empezaban a azularse apenas.
—Vamos —ordenó Alaric, y giró su caballo sin más explicaciones.
La cueva era exactamente eso: una boca de roca oscura en la ladera de la montaña, lo suficientemente grande para los caballos y los hombres, con el suelo cubierto de arena seca y musgo antiguo. Cédric organizó a los rebeldes para traer leña del exterior antes de que la tormenta los atrapara, mientras Genevieve atendía a los caballos con la práctica de quien creció en el campo.
Alaric encendió el fuego central con una destreza que sorprendió a Isolde. Sus manos grandes y callosas, acostumbradas a la espada, manejaron el pedernal y el acero con una delicadeza inesperada hasta que una llama pequeña prendió y fue creciendo hasta convertirse en una hoguera que tiñó de naranja las paredes de piedra.
Isolde se acercó al fuego, arrodillándose frente a él y extendiendo sus manos entumecidas hacia el calor. Cerró los ojos un momento, dejando que el alivio recorriera sus dedos helados.
Sintió algo pesado caer sobre sus hombros.
Abrió los ojos. Era la capa de Alaric, una prenda enorme de cuero y piel de oso que olía a él, a pino quemado y acero frío. Ella giró la cabeza y lo encontró agachado a su lado, ajustando la capa sobre sus hombros pequeños con manos que no eran suaves pero tampoco eran brutales en ese momento.
—Estás azul —dijo él simplemente, sin mirarla a los ojos.
—Gracias —susurró Isolde.
Se quedaron en silencio lado a lado frente al fuego mientras afuera la tormenta rugía. El viento aulló como una bestia furiosa y la nieve empezó a caer con una densidad que borraba el mundo exterior en cuestión de minutos. El resto del grupo se acomodó en los rincones de la cueva, los rebeldes durmiendo en grupos para conservar el calor, Cédric y Genevieve refugiados en una saliente más profunda donde sus murmullos eran inaudibles.
Isolde y Alaric quedaron solos frente al fuego.
—¿Por qué nunca me dices nada? —preguntó Isolde de repente, mirando las llamas.
—Te digo cosas todo el tiempo —respondió él.
—Órdenes. Insultos. Burlas —enumeró ella—. Eso no es decirme nada.
Alaric la miró de reojo. La capa de piel de oso la hacía parecer todavía más pequeña y al mismo tiempo más hermosa. El fuego le arrancaba reflejos dorados al cabello y le pintaba los ojos azules de ámbar.
—¿Qué quieres que te diga, Isolde? —preguntó él, con una voz más baja que de costumbre.
—La verdad —dijo ella, girándose para mirarlo de frente—. Quiero saber quién eres en realidad. No el Carnicero. No el Duque. Tú.
Alaric apretó la mandíbula. La batalla interna detrás de sus ojos café era tan visible que a Isolde le dolió.
Se puso de pie, caminó hacia la pared de la cueva y se apoyó en ella con los brazos cruzados sobre su pecho masivo. La miró desde arriba con esa expresión de granito que ella ya no creía del todo.
—Mi padre me enseñó a matar antes de enseñarme a leer —dijo él, con una voz que sonaba como si estuviera arrancando las palabras de un lugar muy profundo—. Me decía que el poder solo se mantiene con sangre. Que la bondad es una deformidad que el mundo extermina. Que los pobres son el precio que paga el progreso.
Hizo una pausa. El viento aulló afuera.
—Yo lo creí durante años. Hice todo lo que me pidió. Todo lo que el reino esperaba de mí. —Sus ojos bajaron a sus propias manos— . Hasta que una noche vi morir a una niña de hambre a las puertas de mi castillo y me di cuenta de que yo había firmado las órdenes que le quitaron la cosecha a su familia.
Isolde no dijo nada. Escuchaba con una atención absoluta que hacía que Alaric continuara a pesar de sí mismo.
—Desde entonces hago dos cosas al mismo tiempo —dijo él—. Le doy al mundo el monstruo que espera ver. Y en la oscuridad, intento deshacer el daño que el monstruo hace.
Isolde se puso de pie. Caminó hacia él, deteniéndose a centímetros de su pecho. Se veía ridículamente pequeña frente a su inmensidad pero sus ojos azules lo miraban con una firmeza que lo dejó clavado en la piedra.
—Te veo, Alaric —susurró ella, poniendo su mano pequeña y fría sobre el pecho de él—. Siempre te vi.
Alaric miró esa mano sobre su corazón durante un segundo eterno. Luego, con un movimiento lento que no tenía nada de su brutalidad habitual, la rodeó con sus brazos enormes y la atrajo hacia él, hundiendo su cara en el cabello dorado de Isolde.
La sostuvo así durante un largo rato, sin palabras, con el fuego chisporroteando y la tormenta rugiendo afuera, como si el mundo entero se redujera a ese abrazo entre el hombre de hierro y la mujer de oro.
Hasta que afuera, entre el viento y la nieve, se escuchó algo que no era la tormenta.
El sonido metálico de armaduras. Docenas de ellas.
Cédric apareció de las sombras de la cueva con los ojos encendidos.
—Nos encontraron —dijo en voz baja.
Alaric soltó a Isolde, y el hombre tierno desapareció en un instante. El Carnicero había vuelto.
—Despierten a todos —ordenó, desenvainando su espada—. Y tú —se giró hacia Isolde con esa mirada que no admitía réplicas—, no te muevas de esta cueva aunque el cielo se caiga.
Esta vez, Isolde no discutió.