Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 12: Pensamientos.
Al llegar a su casa, mientras se cambiaba de ropa en la amplitud de su habitación, una sonrisa inevitable se dibujó en los labios de Ricardo al recordar la mirada y la firmeza de Renata. Se puso la pijama y abrió la computadora sobre la mesa de noche intentando revisar algunos correos pendientes, pero simplemente no podía concentrarse. Desde la muerte de su esposa Mariana, quince años atrás, jamás había vuelto a pensar así en ninguna otra mujer.
De repente, llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante —dijo Ricardo, cerrando la pantalla de la laptop.
La puerta se abrió y apareció Lisset, vistiendo un atuendo elegante para salir.
—Papá, qué extraño que estés aquí... Siempre te quedas los viernes con Conyzorra.
—Lisset... Ya basta —pidió Ricardo con tono cansado pero tranquilo—. Y no, esta noche solo quiero descansar.
—Qué bueno —sonrió la joven, cruzándose de brazos—. Papá, voy a salir.
—¿A dónde va la señorita? —preguntó él arqueando una ceja.
—Con mis amigas.
—¿Así que eso es lo que haces los viernes cuando no estoy?
—Así es. Papá, por favor, ya soy mayor de edad.
—Sí, pero siempre serás mi hija —respondió Ricardo con firmeza paternal.
—Lo sé... Por favor, será solo un rato nada más.
Ricardo lo pensó unos segundos y soltó un leve suspiro.
—Está bien... pero nada de amanecer fuera.
—No, te lo prometo —dijo Lisset dándole un beso rápido en la mejilla antes de salir entusiasmada.
Mientras tanto, en el pequeño apartamento, Renata preparaba unos sándwiches en la cocina para la cena. De repente, al recordar la escena de la mañana en la oficina y la manera en que Ricardo la había defendido frente a Cony, se quedó pensativa. Aún le parecía increíble que no la hubiera despedido.
Sin darse cuenta, dejó escapar una leve risita.
—Uy... El que se ríe solo es porque se acordó de sus travesuras —bromeó Mateo entrando a la cocina con una sonrisa divertida.
—¡Claro que no, hijo! —respondió Renata apenada, sintiendo que el rostro se le calentaba—. Solo me acordé de algo gracioso, nada más... ¿Y tu hermano?
—Está en la habitación amargado —contestó Mateo, sirviéndose un vaso de agua—. Mañana quería ir al club, pero ya se nos acabó la membresía.
—Me preocupa tu hermano, hijo... Le está costando mucho todo este cambio.
—No, mamá, tiene que adaptarse. Además, tampoco era la gran cosa ese club —dijo Mateo para restarle importancia y tranquilizarla.
Renata aprovechó el momento para contarle a Mateo lo que verdaderamente había sucedido esa mañana en la empresa con la novia de su jefe. Mateo escuchaba atento y no salía de su asombro al saber que no solo no la habían despedido, sino que el mismísimo Ricardo Del Solar había puesto en su lugar a la modelo.
—Tal vez... ¡le gustas al millonario! ¡Jajaja! —exclamó Mateo soltando la carcajada.
—¡Mateo! —lo reprendió Renata, mirándolo con los ojos abiertos de la impresión—. Por favor, ¿cómo se te ocurren esas cosas? Además, yo...
—¿Tú qué? Eres viuda —la interrumpió su hijo con madurez y cariño—. Además, no le debes ninguna consideración a mi papá después de todo lo que nos hizo.
—Ay, ya... hablas como si fuera cierto —dijo Renata negando con la cabeza y sonriendo apenada—. Eres un loquito.
El sábado por la mañana, el ambiente en el pequeño apartamento continuaba siendo pesado debido a la actitud de Sergio. El muchacho apenas salió de la habitación para desayunar, visiblemente resentido por haber perdido la vida social y los privilegios que antes le daba el dinero de su padre.
—Mamá, no le des tantas vueltas —dijo Mateo mientras se servía un vaso de agua—. Ya se le pasará. El lunes a primera hora voy a hacer los trámites a la universidad pública y a buscar información sobre turnos de trabajo nocturnos.
—Muchas gracias, mi amor. Dios te bendiga —respondió Renata, dándole un beso en la mejilla.
Se quedó a solas en el apartamento intentando organizar la pequeña cocina. A pesar de los problemas, no podía evitar que su mente regresara una y otra vez a la figura de Ricardo Del Solar. Recordaba la firmeza con la que la había defendido de Cony, la elegancia de sus gestos y la manera tan respetuosa con la que la trataba. Para una mujer que solo había conocido las mentiras y la manipulación de Fernando durante veinticinco años, la presencia de Ricardo era una ráfaga de aire fresco que la desconcertaba.
En la mansión Del Solar, el fin de semana transcurría en un silencio inusual. Ricardo pasó la mayor parte de la mañana en el gimnasio privado de la casa, descargando la tensión acumulada. Después de la ruptura definitiva con Cony, sentía una extraña mezcla de alivio y serenidad.
Mientras tomaba un vaso de agua en el gran mesón de la cocina, Lisset bajó las escaleras con cara de pocos amigos y el teléfono pegado a la oreja.
—No, no puedo ir... Sí, ya sé que es el cumpleaños de Valeria, pero no tengo ganas —decía la joven al teléfono antes de colgar con rabia.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Ricardo alzando las cejas.
—Nada, que todas mis amigas van a pasar el fin de semana en el club campestre y yo me tengo que quedar aquí aburrida —rezongó Lisset, dejándose caer en uno de los banquetes—. Además, mis tarjetas siguen bloqueadas por el límite que me pusiste.
—Te puse un límite porque gastas sin control —respondió Ricardo con tono calmado pero firme—. Pero si quieres ir al club, puedo acompañarte un rato por la tarde. Necesito salir un poco de la casa.
Lisset lo miró sorprendida.
—¿Tú? ¿En serio? ¿Y no vas a estar pegado al teléfono con Cony todo el tiempo?
—Cony y yo ya no estamos juntos —soltó Ricardo con naturalidad.
La joven abrió los ojos de par en par y, por primera vez en meses, le dedicó a su padre una sonrisa genuina.
—¡¿Es en serio, papá?! ¡Esa es la mejor noticia de todo el año!
Por la tarde, Renata decidió salir a hacer algunas compras básicas para la semana al mercado local. Caminaba con una bolsa de tela en la mano, sumida en sus pensamientos sobre las cuentas y los pagos pendientes del colegio de Sergio, cuando de pronto el sonido de un freno suave a su lado la hizo reaccionar.
La ventanilla trasera de un imponente automóvil negro bajó lentamente. Para su absoluta sorpresa, el rostro de Ricardo Del Solar apareció al otro lado de la cristalera.
—¿Renata? —preguntó él con una sonrisa auténtica y sincera al verla caminando por la acera.
Renata se detuvo de golpe, sintiendo que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
—Señor Del Solar... buenas tardes —alcanzó a decir, acomodándose la bolsa con cierta timidez.
—Buenas tardes —respondió Ricardo, haciendo un gesto a su chofer para que apagara el motor—. Qué casualidad encontrarla por aquí.
—Sí, nunca pensé que estos fueran sus rumbos.
— No, el chofer decidió tomar este camino hay un gran trancón en la avenida.
Se quedaron mirando unos segundos.
—¿La llevamos?.
— No, gracias, señor, estoy cerca a mi casa, y aún debo comprar algunas cosas más.
— Papá vamos...
Ricardo se despidió y subio al auto, Renata quedo nerviosa con el corazón latiendo a mil.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.