Valeria Wiranata creía saberlo todo sobre su vida: un matrimonio estable, un hogar donde creció, una familia que la aceptó. Pero la noche de Año Nuevo, todo se derrumba cuando descubre a su esposo Adrián en la cama con su propia hermanastra, Ámbar.
Divorciada y despojada de todo, Valeria se enfrenta a una verdad todavía más devastadora: la familia que la crió jamás la quiso. Roberto Kusuma, el hombre al que llamó padre durante años, solo la acogió por interés. Patricia, su madrastra, la trató como sirvienta. Y Ámbar, la hija consentida, le robó al marido sin remordimiento alguno.
Cuando la vida de Valeria parece tocar fondo, aparece Dominic Alexander: el CEO más temido del mundo empresarial, frío como un témpano ante todos... excepto ante ella. Dominic no solo le ofrece un puesto como directora de una empresa recién adquirida, sino que empieza a desmantelar, una por una, las vidas de quienes la lastimaron.
Pero Dominic guarda un secreto: conoce a Valeria desde la infancia. Y sabe algo sobre su verdadero origen que cambiará para siempre el tablero de poder.
Detrás de cada movimiento corporativo hay una jugada personal. Detrás de cada acto de venganza, un acto de amor. Y detrás de la mujer que todos subestimaron, se esconde la heredera de una de las fortunas más grandes del país.
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Valeria Wiranata
Valeria Wiranata era la hija legítima de Roberto Kusuma e Isabel Wijaya.
Cuando su madre murió, Roberto llevó a casa a otra mujer junto con su hija. La convirtió en la madrastra de Valeria. La que al principio era solo una hermanastra resultó ser, años después, la hija biológica de su propio padre. Su madrastra no era más que la amante que Roberto había mantenido durante todo su matrimonio con Isabel.
Desde el día en que Ámbar llegó, todo lo que Valeria tenía fue pasando poco a poco a sus manos. Desde los juguetes hasta la habitación que ocupaba.
"Una hermana mayor debe ceder ante la menor." Esa fue siempre la excusa de su padre para favorecer a Ámbar.
Cuando decidió casarse y formar su propio hogar con el hombre que amaba, Valeria creyó que el acoso de su familia terminaría.
Pura ilusión. Al final, su hermana también le arrebató al marido.
Valeria soltó un largo suspiro y aspiró todo el aire que sus pulmones le permitieron. El pecho le oprimía y le costaba respirar al recordar lo que había pasado en su casa esa tarde.
Qué enredada era su vida.
Siete años construyendo un hogar para nada.
Las promesas dulces que su esposo solía susurrarle resultaron ser pura mentira.
Recordó cuando Adrián le dijo: "Aunque en esta casa no se escuchen voces de niños, vamos a envejecer juntos, mi amor. Este cariño siempre va a ser para ti." Al final, todo había sido un espejismo.
Valeria le dio un trago largo al vino que tenía enfrente.
Disfrutaba de su soledad en medio del estruendo de la música que el DJ hacía retumbar por todo el local.
* * *
—Vaya, vaya... Resulta que la santurrona también tiene su lado oscuro. Te las das de pura e intocable, pero mira dónde terminas —Ámbar se acercó a su hermana después de confirmar que la mujer solitaria en la barra era Valeria.
—Cuida tu lengua —le espetó Valeria.
—No te hagas la santa —se burló Ámbar.
—Cállate, o te callo yo —Valeria se puso de pie.
El cuerpo se le tambaleó.
—Ja... Ja... ¿Eso es todo lo que tienes? —Ámbar se rio de Valeria, que apenas se sostenía de la borrachera.
—Ay, pobrecita... La que acaba de descubrir que su marido le pone los cuernos —siguió provocando.
Ámbar se acercó más.
—¿Sabes qué? Adrián la pasó increíble conmigo —le susurró al oído—. Sus gemidos... Madre mía... Con solo imaginarlo me estremezco —una sonrisa perversa se dibujó en sus labios.
Valeria levantó la mano, lista para abofetearla.
—Tranquila —la frenó Ámbar—. No te dejes llevar por la rabia. Si Adrián se entera, no te lo va a perdonar.
—Adrián siempre me va a defender a mí. Porque él sabe que llevo su semilla creciendo aquí dentro —dijo Ámbar tocándose el vientre mientras se alejaba.
Valeria apretó los puños hasta clavarse las uñas. Quería retorcerle esa boca hasta hacerla callar para siempre.
—Se las voy a cobrar a los dos —murmuró entre dientes.
Valeria caminó tambaleándose hacia la salida del club.
La presencia de Ámbar le revolvió el estómago. Necesitaba irse de ahí.
Se topó de frente con la segunda persona que menos quería ver: Adrián.
—¿Qué haces aquí? ¿Estás borracha? —la miró incrédulo.
El "cariño" que salió de la boca de ese desgraciado le provocó una náusea tan fuerte que le vomitó encima.
Sí, Valeria vomitó directo sobre la camisa de Adrián, que la miró con los ojos desorbitados.
—Cariño —dijo él sacudiéndose la camisa empapada y apestosa.
Valeria sonrió con sarcasmo y se fue.
—¡Espera! —gritó Adrián corriendo detrás de ella.
—¡Adrián! —la voz de Ámbar lo llamó desde lejos.
Valeria soltó una risa amarga.
—Mira, ahí está tu concubina —le dijo.
—Es tu hermana —replicó él.
Ámbar se acercó.
—Mi amor, me duele la panza. Llévame a casa —suplicó con su mejor cara de manipulación.
Adrián le acarició instintivamente el vientre plano.
Ese gesto bastó para confirmar que lo que Ámbar había dicho antes era cierto.
Valeria se fue sin voltear, ignorando a Adrián, que pretendía irse con ella después de dejar a Ámbar, por supuesto.
—Al diablo con los dos —masculló Valeria.
Con la cabeza a punto de estallarle, caminó hacia su auto.
Se recargó en la puerta del coche, golpeándose suavemente la sien con los nudillos. Esperaba que el mareo cediera.
—Oye, preciosa, ven a divertirte con nosotros —un grupo de tipos se acercó a Valeria, que apenas se mantenía en pie.
—Largo de aquí —los ahuyentó.
—Uy, bonita pero brava —dijo uno de ellos, estirando la mano hacia su pecho.
—¡No me toques! —lo detuvo Valeria.
—Llamo a seguridad si se pasan de listos —amenazó.
Las carcajadas del grupo se hicieron más fuertes.
—Ven con nosotros, muñeca, te aseguro que la vas a pasar bien —uno de ellos la sujetó del brazo.
La arrastraron a la fuerza. Valeria forcejeó, pero no tenía fuerzas suficientes.
Se escucharon golpes secos, uno tras otro.
Las patadas resonaban amortiguadas en los oídos de Valeria. La borrachera le impedía concentrarse.
Al poco rato, los tipos que la habían acosado yacían desparramados en el suelo, cubiertos de moretones.
Valeria se tambaleó más y estaba a punto de desplomarse cuando unos brazos firmes la sostuvieron.
—Haciéndote la fuerte —murmuró aquella voz, apenas audible, antes de que Valeria perdiera el conocimiento por completo.
* * *
Valeria despertó con un ligero dolor de cabeza. Se dio unos golpecitos suaves en la sien para disipar los efectos del alcohol de la noche anterior.
Llevaba tanto tiempo sin pisar un club nocturno que su cuerpo ya no estaba acostumbrado a la bebida.
—¿Dónde estoy? —Valeria se sobresaltó al abrir bien los ojos.
Revisó su cuerpo bajo las sábanas.
Soltó un largo suspiro de alivio. La ropa seguía puesta, intacta.
Por un instante le habían cruzado por la cabeza escenas de esas telenovelas donde la protagonista amanece en una cama ajena.
Se levantó y buscó su teléfono.
—Aquí estaba —lo encontró sobre la mesa de noche.
Al encenderlo, la pantalla se llenó de llamadas perdidas y mensajes sin leer de Adrián.
Dejó el teléfono de nuevo sobre la mesa. No tenía ganas de nada.
Se sobresaltó al ver la hora en el fondo de pantalla.
—Maldición, voy a llegar tarde —gruñó al caer en cuenta.
Salió a toda prisa sin siquiera saber dónde se encontraba.
Por las prisas, caminó sin fijarse.
El golpe fue seco.
—¡Ay! —se llevó la mano a la frente por instinto.
Alzó la vista para ver quién se erguía frente a ella como una pared.
—Apenas empezó la mañana y ya me va mal —murmuró.
Se quedó paralizada.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó rascándose la cabeza, confundida.
¿Cómo es posible que el témpano de hielo esté aquí?, pensó.