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Destinado A Las Cenizas

Destinado A Las Cenizas

Status: En proceso
Genre:Romance / Aventura / Héroes
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?

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Eco de Palfideas

El frío de la noche cala hondo en los huesos.

El calor de la fogata apenas consigue aliviarlo, pero nadie en el campamento parece preocuparse por eso.

A mi alrededor, cientos de hombres se preparan en silencio.

Algunos revisan sus espadas. Otros ajustan las correas de sus armaduras. Más allá de las tiendas, escucho el sonido repetitivo del metal contra la piedra de afilar.

Una vez.

Dos veces.

Una y otra vez.

Mañana volveremos a matar.

Y, si los dioses deciden que mi suerte finalmente se ha terminado, quizá yo también muera.

He visto caer imperios.

He visto reyes morir en el barro.

He visto hombres suplicar por sus vidas y otros perderlas sin siquiera tener tiempo de despedirse de sus familias.

Y he cargado demasiadas cenizas sobre mis hombros.

Mi nombre es Mélon.

Esta noche, mientras mi ejército espera la llegada del amanecer, he decidido escribir mi historia.

No sé si alguien llegará a leer estas palabras.

Tal vez mañana desaparezcan conmigo.

Pero si sobrevivo, quiero recordar cómo comenzó todo.

Porque la guerra en la que estamos a punto de entrar no empezó hoy.

Ni siquiera comenzó cuando tomé mi primera espada.

Comenzó veintidós años atrás.

Cuando yo todavía era un niño.

Y cuando el pasado de mi padre finalmente regresó para cobrarse una deuda.

***

Aquel día parecía completamente normal.

El pueblo había despertado con el sonido habitual de los animales y el movimiento de los comerciantes.

Los niños corrían por las calles.

Los hombres se ocupaban de sus labores.

Las mujeres preparaban comida y atendían sus hogares.

Nada hacía pensar que aquel sería el último día de tranquilidad que tendríamos durante mucho tiempo.

Hasta que los exploradores regresaron.

Los vi entrar al pueblo cubiertos de polvo.

Pero lo que más recuerdo de ellos no era la suciedad ni las heridas.

Eran sus rostros.

Ninguno hablaba.

Ni se detenía a saludar.

Avanzaron directamente hacia el centro del pueblo como si detrás de ellos viniera la muerte.

Entonces escuché los primeros gritos.

—¡Llamen al señor Oemirus!

Mi padre apareció poco después.

Era un hombre acostumbrado a las malas noticias. Había participado en numerosas batallas y había liderado a nuestros hombres durante años.

Pero aquel día, incluso él parecía preocupado.

Uno de los exploradores se arrodilló frente a él.

—Mi señor...

Le costaba respirar.

—Habla.

—Las ciudades del centro...

El hombre tragó saliva.

—Han caído variasías ciudad de la región.

Un murmullo recorrió la plaza.

Mi padre no apartó la mirada.

—¿Cuáles?

—Todas las que encontramos en el camino.

El explorador bajó la cabeza.

—Incluso Apameia.

El silencio que siguió fue absoluto.

Apameia era la capital.

Si había caído, aquello significaba que ningún lugar del reino estaba realmente a salvo.

Pero todavía faltaba algo.

Uno de los exploradores hizo una señal hacia sus compañeros.

Entonces vi que traían a alguien.

Era un muchacho.

No debía tener muchos años más que yo.

Su ropa estaba cubierta de sangre y tenía varias heridas en los brazos y el rostro.

Dos hombres tuvieron que sostenerlo para que pudiera caminar.

Cuando llegó frente a mi padre, cayó de rodillas.

—¿Quién hizo esto? —preguntó Oemirus.

El muchacho levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos estaban vacíos.

—No lo sé.

—¿Cuántos eran?

El muchacho comenzó a temblar.

—Demasiados.

Mi padre frunció el ceño.

—Necesito una cifra.

—No pude contarlos.

—¿De dónde venían?

El joven respiró con dificultad.

—De más allá de nuestras fronteras.

Entonces levantó la mirada.

—Están destruyendo todo.

Algunos habitantes comenzaron a murmurar entre ellos.

Mi padre dio un paso hacia él.

—¿Por qué?

El muchacho tardó unos segundos en responder.

—Escuché a algunos de ellos hablar.

Su voz se quebró.

—Buscaban a alguien.

Mi padre permaneció inmóvil.

—¿A quién?

El muchacho lo miró directamente.

Y pronunció una sola palabra.

—Oemirus.

El rostro de mi padre cambió.

Fue apenas un instante.

Pero yo lo vi.

Una mueca de angustia atravesó su expresión antes de que pudiera ocultarla.

En aquel momento no entendí por qué.

Solo sabía que algo terrible acababa de comenzar.

***

La noticia se extendió por el pueblo como el fuego sobre la paja.

Las familias se agolparon en la plaza.

Todos querían respuestas.

¿Quiénes eran aquellos extranjeros?

¿Por qué estaban destruyendo las ciudades?

¿Por qué buscaban a mi padre?

Mi tío Philos fue quien consiguió recuperar el control de la situación.

Alzó la voz y ordenó a todos que mantuvieran la calma.

Después reunió a los hombres encargados de la defensa.

—Necesitamos prepararnos para un ataque —dijo.

Ordenó que las mujeres mayores, aquellas que tenían hijos pequeños y los niños abandonaran la plaza.

Debían regresar a sus casas y asegurarse de que cada familia tuviera agua, alimentos y todo lo necesario para soportar un posible asedio.

Mientras tanto, envió jinetes hacia las demás polis de nuestra Liga.

Necesitábamos refuerzos.

Los soldados comenzaron a revisar las armas, las provisiones y los animales.

Todo el pueblo se transformó en cuestión de minutos.

No hacía falta que nadie dijera lo que todos estaban pensando.

El enemigo podía llegar en cualquier momento.

Mi hermano mayor, Melos, se acercó a mí.

Acababa de cumplir dieciocho años y ya cargaba sobre sus hombros la responsabilidad de convertirse en el próximo señor de nuestro pueblo.

—Mélon.

—¿Sí?

—Ve a revisar los animales.

Lo miré confundido.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Pero...

—Hazlo.

No discutí.

Porque mientras caminaba hacia los establos entendí algo.

No necesitaban realmente que yo comprobara cuántos animales teníamos.

Había hombres perfectamente capaces de hacerlo.

Lo que querían era mantener ocupada a la población.

Darle algo que hacer.

Algo que pensar.

Porque si todos permanecíamos quietos, esperando la llegada del enemigo, el miedo terminaría convirtiéndose en pánico.

Y el pánico podía destruir un pueblo incluso antes de que comenzara una batalla.

Pero no podían engañarme.

El sol no se puede tapar con las manos.

Algo venía hacia nosotros.

Y mi padre sabía mucho más de lo que estaba diciendo.

Por eso desobedecí a mi hermano.

***

Rodeé el gran edificio de madera y piedra donde se celebraban las reuniones de la Liga.

Conocía aquel lugar mejor que casi cualquier otro.

Cuando era pequeño, solía escabullirme por una pequeña ventana lateral para observar las reuniones desde dentro.

Ese día hice exactamente lo mismo.

Entré sin hacer ruido.

El salón todavía estaba vacío.

En uno de los extremos había varios estandartes pertenecientes a las diferentes polis que formaban nuestra Liga.

Me escondí detrás de uno de ellos.

La tela era nueva.

Relucía bajo la luz que entraba por las ventanas.

Había sido confeccionada para celebrar la reciente incorporación de una nueva población a nuestra alianza.

Me acomodé como pude.

Entonces escuché pasos.

Me quedé inmóvil.

Una sombra apareció frente a mí.

Levanté la mirada.

Era Philos.

Mi tío.

Me había descubierto.

Esperé el regaño.

Pero no dijo nada.

Solo me observó durante unos segundos.

Después se agachó y acomodó la pesada tela para ocultarme mejor.

—No hagas ruido —susurró.

Abrí los ojos, sorprendido.

Philos se levantó y se alejó.

Poco después, las puertas comenzaron a abrirse.

Los representantes de las diferentes polis fueron entrando.

Los emisarios habían regresado y traían consigo a los líderes de la Liga.

Todos hablaban en voz baja.

Todos tenían miedo.

Yo estaba escondido detrás del estandarte.

Y justo delante de mí estaba mi padre.

No sabía por qué Philos había decidido ayudarme.

Pero pronto descubriría la razón.

Las puertas se cerraron.

El murmullo desapareció.

Mi padre avanzó hasta el centro de la sala.

Oemirus.

El hombre al que los extranjeros habían venido buscando.

El hombre cuyo pasado yo desconocía.

Entonces comenzó a hablar.

—Los más veteranos y ancianos de esta sala me conocen bien.

Su voz grave hizo que todos guardaran silencio.

—He luchado en innumerables batallas al lado de muchos de ustedes. Juntos construimos esta coalición para defender nuestras fronteras y proteger nuestras tierras.

Hizo una pausa.

—Pero los enemigos que tenemos delante no son como los que hemos enfrentado antes.

Nadie respondió.

—Estos extranjeros no han venido a negociar.

Sus ojos recorrieron la sala.

—Han venido a conquistar.

Sentí un escalofrío.

Mi padre cerró los puños.

—Y si lo que nos han contado nuestros exploradores es cierto, entonces esta guerra no terminará cuando los rechacemos de nuestras fronteras.

Algunos de los hombres se miraron entre sí.

Yo contuve la respiración.

Entonces mi padre dijo algo que jamás olvidaría.

—Porque ellos no han venido solamente por nuestras tierras.

Su mirada se endureció.

—Han venido por mí.

El silencio fue absoluto.

—Para la nueva generación, este pueblo parece haber existido desde siempre —continuó—. Pero no es así.

Miró a mi hermano Melos.

—Lo fundamos hace aproximadamente quince años.

Hizo una pausa.

—Después de nuestro destierro.

Sentí que mi corazón comenzaba a latir más rápido.

Destierro.

Nunca había escuchado aquella palabra relacionada con mi familia.

—Todo comenzó mucho antes de que ustedes nacieran —dijo—. En el año 750 antes de Cristo.

Varios ancianos bajaron la mirada.

—Comenzó en Palfidias.

Un murmullo recorrió el salón.

Yo no sabía qué significaba aquel nombre.

Pero todos los demás sí.

Mi padre continuó.

—En aquella época participamos en una guerra contra un enemigo que pretendía invadir nuestras tierras y someter a nuestro pueblo.

Apretó los puños.

—Logramos hacerlo retroceder hasta su propia capital.

Su voz se volvió más grave.

—Y fue allí donde comenzó nuestra desgracia.

Escuché con atención.

Por primera vez comprendí que la amenaza que teníamos delante no había aparecido de la nada.

Tenía un origen.

Un origen que mi padre había mantenido oculto durante años.

—Muchos de los que viven hoy en este pueblo lucharon conmigo durante el asalto a Palfidias —continuó—. Éramos apenas ciento cincuenta hombres.

Mi padre miró a Philos.

—Nuestra misión era tomar la muralla norte.

La imagen de aquella batalla parecía regresar a su memoria.

—El sector estaba poco defendido porque la mayor parte del ejército enemigo se encontraba luchando en el extremo opuesto de la ciudad.

Hizo una pausa.

—Pero no significaba que fuera fácil.

Los hombres permanecían en silencio.

—Tuvimos que escalar la muralla mientras cientos de soldados intentaban detenernos.

Mi padre cerró los ojos durante un instante.

—Cuatrocientos hombres defendían aquel acceso.

Algunos veteranos bajaron la cabeza.

—Muchos de mis hermanos de armas murieron aquel día.

Su voz se volvió más lenta.

—Pero conseguimos abrir las puertas.

Sentí que, detrás de aquel relato, había algo que mi padre todavía no quería contar.

—El joven príncipe Stelios esperaba nuestra señal con una pequeña fuerza de ataque. Cuando abrimos las puertas, sus hombres irrumpieron en la ciudad.

Mi padre señaló el mapa que había sobre la mesa.

—La batalla dejó de ser una lucha por las murallas.

—Se convirtió en una batalla por las calles.

Yo apenas respiraba.

—El rey de Palfidias, Kreon, reaccionó inmediatamente.

Mi padre continuó.

—Envió mil quinientos hombres para detener nuestro avance y reforzar a los soldados que todavía resistían en la zona norte.

Uno de los representantes intervino:

—¿Y el rey Tridates?

Mi padre asintió.

—Recibió nuestra señal.

Su mirada se endureció.

—Y entendió exactamente lo que Kreon haría.

Mi padre señaló el mapa.

—Kreon había enviado parte de sus fuerzas hacia nosotros.

—Eso significaba que la muralla estaba más debilitada.

Los veteranos comenzaron a murmurar.

—Tridates ordenó entonces que ocho mil hombres, que permanecían en reserva, avanzaran hacia la muralla.

Mi padre respiró profundamente.

—Ocho mil guerreros.

Su voz resonó en toda la sala.

—Avanzaron bajo una lluvia de flechas y jabalinas.

Yo seguía escondido detrás del estandarte.

Ya no estaba pensando en la batalla.

Ni siquiera en los extranjeros que se acercaban a nuestro pueblo.

Solo podía pensar en una cosa.

¿Qué había ocurrido en Palfidias para que, quince años después, aquellos hombres siguieran buscando a mi padre?

Todavía no conocía la respuesta.

Pero aquella noche estaba a punto de escucharla.

Y, sin saberlo, estaba escuchando el comienzo de la tragedia que terminaría convirtiendo mi vida en cenizas.

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