Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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Provocación
Todo comenzó el lunes por la mañana.
Entró en el despacho de Dante con una carpeta bajo el brazo y dos cafés en la mano.
—Buenos días, jefe.
Dante levantó la mirada de su ordenador.
Sus ojos se detuvieron primero en ella y después en los vasos de café.
—¿Qué es eso?
—Café.
—Sé lo que es el café, Moretti.
—Excelente. Me preocupaba que hubieras perdido también esa capacidad.
Dante entrecerró los ojos.
Aria dejó uno de los vasos sobre su escritorio.
—Te traje uno.
Él observó el café como si sospechara que contenía veneno.
—¿Por qué?
—Porque ayer parecías necesitarlo.
—¿Ayer?
—Sí. Tenías cara de haber dormido tres horas y de querer asesinar a alguien antes del desayuno.
—Duermo perfectamente.
—Entonces tu cara necesita descansar.
Dante la miró en silencio.
Aria sonrió, satisfecha con su trabajo.
—De nada.
Se dio la vuelta para marcharse, pero la voz de Dante la detuvo.
—¿Cómo sabes qué café me gusta?
Ella se volvió lentamente.
—No lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo compraste?
—Porque te he visto tomarlo varias veces. Café solo, sin azúcar. Supuse que, si bebías algo tan amargo todos los días, no tendrías problemas con un café preparado por una persona encantadora como yo.
Dante dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—Eres insoportable.
—Y aun así, aquí estamos.
Aria le guiñó un ojo antes de salir.
Dante permaneció mirando la puerta cerrada.
Su lobo se movió inquieto dentro de él.
Ella nos trajo café.
—Lo he visto.
Pensó en nosotros.
Dante apretó la mandíbula.
—También piensa en los proyectos que tiene que entregar. No te emociones.
Su lobo respondió con una satisfacción silenciosa que solo consiguió irritarlo más.
Lo peor era que el café estaba bueno.
Y que, por primera vez en mucho tiempo, aquella mañana había comenzado con algo parecido al buen humor.
A las diez, Aria debía presentar las modificaciones del proyecto de expansión.
Llegó a la sala de reuniones con sus documentos preparados y una seguridad que Dante ya empezaba a reconocer.
Se sentó frente a él.
Durante los primeros veinte minutos, todo transcurrió con normalidad.
Dante escuchaba sin interrumpirla.
Hasta que ella terminó.
—¿Alguna objeción? —preguntó Aria, mirando directamente a su jefe.
—Varias.
Ella suspiró.
—Qué sorpresa.
—Tu previsión de costes sigue siendo demasiado optimista.
—He incluido un margen de seguridad del doce por ciento.
—Insuficiente.
—El departamento financiero considera que es adecuado.
—El departamento financiero también aprobó la proyección anterior.
Aria cerró lentamente su carpeta.
—¿Quieres que te dé la razón o que haga bien mi trabajo?
La sala quedó en silencio.
Uno de los ejecutivos bajó la mirada para ocultar su reacción.
Dante, en cambio, no apartó los ojos de ella.
—Quiero que defiendas tus números.
—Eso estoy haciendo. Pero si vas a rechazar cada propuesta solo porque viene de mí, al menos ten la cortesía de inventar una excusa original.
Un silencio incómodo recorrió la mesa.
Dante se recostó en su silla.
—¿Crees que rechazo tus propuestas porque vienen de ti?
—Creo que disfrutas contradiciéndome.
—No necesito esforzarme para encontrar errores en tus informes.
—Y yo no necesito esforzarme para encontrarlos en tus planes.
El director financiero carraspeó.
—Si me permiten intervenir…
—Por favor —respondieron ambos al mismo tiempo.
Aria tuvo que contener una sonrisa.
Dante la observó.
Y entonces ocurrió otra vez.
Su lobo despertó con una intensidad que le hizo perder momentáneamente el hilo de sus propios pensamientos.
Ella.
Dante apretó los dedos contra el borde de la mesa.
No podía ser.
la presencia de Aria parecía desarmar algo dentro de él.
No era únicamente el deseo de mantenerla cerca.
Era una necesidad extraña, acompañada por la frustración de no poder percibir el aroma que su instinto parecía buscar desesperadamente.
¿Qué tenía aquella mujer?
—Señor Vassari.
La voz de Aria lo devolvió a la realidad.
Dante levantó la mirada.
—¿Sí?
Ella lo observaba con una ceja arqueada.
—Te he hecho una pregunta.
—Repítela.
Aria sonrió lentamente.
—¿Estabas pensando en mí?
Uno de los ejecutivos dejó caer su bolígrafo.
Dante giró la cabeza hacia ella con una expresión que habría hecho retroceder a cualquier otra persona.
Aria no retrocedió.
Al contrario, parecía estar disfrutando de la situación.
—Estamos en una reunión de trabajo, Moretti.
—Lo sé. Por eso me sorprende que te distraigas.
Dante apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Cuando termine esta reunión, quiero hablar contigo en mi despacho.
Aria recogió sus documentos.
—¿A solas?
—Moretti.
—Está bien, está bien.
Se levantó y sonrió a los demás asistentes.
—Disculpen. A veces mi jefe necesita recordarme que tiene autoridad sobre mí.
Dante se puso de pie.
—Y a veces mi empleada necesita recordar que está aquí para trabajar.
—Entonces estamos de acuerdo. Los dos tenemos cosas que aprender.
Aria salió de la sala antes de que él pudiera responder.
Dante la siguió con la mirada.
Su lobo estaba encantado.
Él, en cambio, comenzaba a preguntarse cuánto tiempo podría soportar aquello antes de perder completamente la paciencia.
Aria estaba revisando unos documentos cuando Dante entró en su despacho y cerró la puerta.
Ella levantó la mirada.
—¿Debo preocuparme?
—Siéntate.
—Qué romántico.
—Aria.
Fue la primera vez que pronunció su nombre con aquel tono.
Sin apellido.
Sin ironía.
Ella dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Está bien. Te escucho.
Dante se quedó de pie frente a ella.
Había preparado varias respuestas durante el trayecto desde la sala de reuniones. Pensaba explicarle que su comportamiento estaba afectando al trabajo, que necesitaba mantener cierta profesionalidad y que no podía seguir provocándolo delante de sus empleados.
Pero, al verla sentada frente a él, todas aquellas frases le parecieron insuficientes.
—¿Por qué haces eso? —preguntó finalmente.
Aria parpadeó.
—¿Hacer qué?
—Provocarme.
Ella abrió la boca, pero no respondió enseguida.
Por primera vez, parecía genuinamente sorprendida.
Después, una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—¿Eso es lo que crees que hago?
—Sé lo que haces.
—Entonces no necesitas preguntármelo.
Dante dio un paso hacia su escritorio.
—No juegues conmigo, Aria.
La sonrisa de ella disminuyó ligeramente.
No había miedo en sus ojos, pero sí una curiosidad diferente.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Porque te molesta?
Dante guardó silencio.
Ella se levantó y rodeó lentamente el escritorio, deteniéndose a una distancia prudente de él.
—Mira, Dante. No intento faltarte al respeto. Me gusta bromear contigo porque eres diferente cuando dejas de comportarte como si estuvieras dirigiendo un interrogatorio.
Él la observó con atención.
—¿Diferente cómo?
—Más humano.
Dante soltó una risa breve, sin humor.
—No sabes nada de mí.
—Es verdad.
Aria inclinó ligeramente la cabeza.
—Pero me gustaría saberlo.
Aquella respuesta lo dejó sin palabras.
No era una provocación.
Al menos, no del todo.
Por primera vez, Aria había dejado ver algo detrás de sus bromas: una curiosidad sincera por el hombre que se escondía detrás de aquel traje impecable y aquella mirada fría.
Dante sintió que su lobo se calmaba.
No porque ella hubiera retrocedido.
Sino porque, durante un instante, parecía haber dejado de luchar contra él.
—No soy un hombre sencillo —dijo Dante.
—Nunca dije que lo fueras.
—Tengo poca paciencia.
—Lo he notado.
—No me gusta que me desafíen.
Aria sonrió.
—Entonces elegiste a la empleada equivocada.
Dante negó lentamente con la cabeza.
Y, contra todo pronóstico, se rio.
No fue una sonrisa contenida ni una exhalación disimulada.
Fue una risa auténtica, breve, pero lo suficientemente clara como para que Aria se quedara mirándolo.
Ella abrió los ojos.
—Dios mío.
Dante recuperó la compostura.
—¿Qué?
—Te has reído.
—No empieces.
—¡Te has reído de verdad!
—Aria.
—Voy a necesitar pruebas. Nadie me creerá.
Dante se acercó un paso.
—¿Quieres pruebas?
La pregunta hizo que Aria dejara de reír.
De pronto, la distancia entre ambos pareció demasiado pequeña.
Ella levantó la mirada para encontrarse con sus ojos.
Dante era más alto de lo que parecía desde el otro lado de un escritorio. De cerca, podía distinguir una pequeña cicatriz junto a su ceja y el leve cansancio que a veces se escondía detrás de su expresión severa.
Por un instante, ninguno habló.
El lobo de Dante empujó con fuerza.
Más cerca.
Dante sintió la necesidad de acercarse un poco más, de descubrir si aquella sensación desaparecería cuando estuviera junto a ella.
Pero se detuvo.
No entendía lo que le sucedía y no iba a permitir que su instinto decidiera por él.
Aria fue la primera en apartarse.
No porque quisiera alejarse de Dante.
Sino porque acababa de comprender algo que la inquietaba mucho más que sus bromas.
La cercanía de aquel hombre también estaba empezando a afectarla.
—Debería volver al trabajo —murmuró.
—Sí.
Ninguno se movió inmediatamente.
Finalmente, Aria recogió su carpeta y se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se volvió hacia él.
—Por cierto, Dante.
—¿Qué?
—No me molesta que quieras verme.
Él se quedó inmóvil.
Aria sonrió.
—Solo tienes que admitirlo alguna vez.
Y se marchó.
Dante permaneció solo en su despacho, mirando la puerta cerrada.
Su lobo estaba inquieto otra vez.
Y él comenzaba a sospechar que la mujer que acababa de salir de aquella habitación iba a convertirse en el mayor desafío de su vida.
No por su inteligencia.
No por su carácter.
Sino porque, por primera vez en diez años, había algo que deseaba descubrir más que cualquier otra cosa.
Y no podía olerlo.
......................
La noche había caído sobre una antigua residencia situada lejos del centro de la ciudad.
En una habitación iluminada únicamente por una lámpara, dos hombres permanecían frente a una mesa cubierta de documentos.
Ninguno parecía tener prisa por hablar.
Sobre la mesa descansaba una fotografía antigua.
En ella aparecía un joven Dante, de apenas veintidós años, con el rostro ensangrentado y la mirada perdida.
La imagen había sido tomada poco después del atentado que casi le costó la vida.
Uno de los hombres deslizó un dedo sobre el borde de la fotografía.
—Han pasado diez años —dijo—. Pensé que, a estas alturas, todo habría terminado.
El hombre que permanecía junto a la ventana negó lentamente con la cabeza.
—Hay cosas que no terminan solo porque pase el tiempo.
—Dante está empezando a investigar.
—Lo sé.
—Y ha vuelto a acercarse a ella.
El silencio se volvió más pesado.
El hombre de la ventana cerró los ojos brevemente, como si escuchar aquellas palabras le recordara algo que había intentado olvidar durante mucho tiempo.
—¿Está seguro de que se trata de la misma muchacha?
—La edad coincide. El lugar también. Y hay algo más.
—¿Qué?
—Dante ha comenzado a reaccionar de una manera que no veíamos desde antes del atentado.
El hombre de la ventana se volvió lentamente.
—¿Su lobo?
—Eso creemos.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Aquella posibilidad era demasiado peligrosa.
Si el lobo de Dante había comenzado a despertar de nuevo, quizá la conexión que habían intentado mantener oculta durante una década estuviera resurgiendo.
Y si Dante llegaba a comprender lo que significaba…
Todo lo que habían protegido durante aquellos años podía venirse abajo.
—¿Ella sabe algo? —preguntó finalmente.
—No. Por lo que hemos podido averiguar, no recuerda casi nada de aquella noche.
El hombre bajó la mirada hacia la fotografía.
En el borde de la imagen había una pequeña silueta infantil, apenas visible entre las sombras.
Una niña.
Una niña que no debería haber estado allí.
—Entonces todavía tenemos tiempo —murmuró.
—¿Tiempo para qué?
El hombre levantó la vista.
—Para asegurarnos de que nadie la encuentre antes de que sepamos quién está detrás de todo esto.
Su interlocutor frunció el ceño.
—¿Y si Dante ya ha empezado a sospechar?
—Entonces tendremos que vigilarlo también a él.
—Eso no será sencillo.
—Nada de esto lo ha sido.
El hombre recogió la fotografía y la guardó en un cajón cerrado con llave.
Después miró hacia la puerta.
—Quiero que alguien esté pendiente de Aria. Que sepa dónde va, con quién habla y si alguien se acerca demasiado a ella.
—¿Debemos intervenir?
—Solo si es necesario.
Hizo una pausa.
—Y escúchame bien. No quiero que le ocurra nada.
Su voz se endureció.
—Ya perdimos demasiado aquella noche.
El otro hombre asintió, pero antes de salir hizo una última pregunta.
—¿Y si ella termina recordándolo todo?
El hombre de la ventana no respondió inmediatamente.
Observó la ciudad a través del cristal y, por un instante, pareció mucho más viejo de lo que era.
—Entonces tendremos que rezar para que recuerde la verdad antes que la persona equivocada.
La puerta se cerró.
El hombre permaneció solo.
Y en el silencio de aquella habitación, pronunció un nombre que llevaba diez años intentando no recordar.
—Aria…
Después apagó la lámpara.
Pero la fotografía siguió allí, encerrada en la oscuridad.
Esperando el día en que el pasado dejara de ser un secreto.