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La Rendición Del Depredor

La Rendición Del Depredor

Status: En proceso
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Mafia
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mi Autoria

​"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."

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Capítulo 2: El último destello y el umbral de la ruina

​El olor a estofado casero y a pan recién horneado me recibió en la pequeña casa de mi madre como un abrazo que no merecía. Hacía casi un mes que no las veía. Cada vez que pasaban las semanas y el espejo me devolvía la imagen de mi propia degradación —las ojeras profundas, la ropa desteñida, la magulladura que intentaba maquillar en vano sobre el pómulo—, una vergüenza sorda me ataba los pies. Prefería alejarme antes de que vieran en lo que Antoni me había convertido.

​—¡Kathe! —gritó mi hermana menor, Milena, soltando los cuadernos de la secundaria sobre la mesa de la cocina y corriendo a abrazarme.

​Su energía era un soplo de aire fresco, un recordatorio doloroso de la chica que yo solía ser a sus diecisiete años, antes de entregarle mi vida al primer hombre que me miró. Me aferré a ella con fuerza, aspirando su perfume limpio, sintiendo cómo los huesos se me aflojaban por un segundo.

​Mamá salió del fondo con un repasador en las manos, secándose los dedos mientras me escrutaba de arriba abajo con esa precisión quirúrgica que solo tienen las madres. Sus ojos oscuros se detuvieron un instante demasiado largo en mis mejillas hundidas, en la forma en que mis hombros encorvados intentaban pasar desapercibidos.

​—Estás muy delgada, hija —fue lo primero que dijo, sin rodeos, con esa preocupación sorda que me apretó el pecho—. Ese hombre... Antoni te tiene trabajando de sol a sol, ¿verdad? Me dijiste por teléfono que estaban mejor, pero te veo los ojos y parece que no durmieras.

​Una punzada de culpa me recorrió las entrañas. Mentirle a mamá era un ejercicio patético, pero era el único escudo que me quedaba. Si le contaba la verdad —que vivíamos al límite, que Antoni me gritaba por cualquier cosa, que me sentía una prisionera en mi propia casa—, ella se vendría abajo y yo no soportaría cargar con ese peso.

​—No es nada, mamá, de verdad. Es el ritmo del trabajo, nada más. Estoy bien, estamos bien —mentí con una sonrisa frágil, estirando los labios en una mueca que no alcanzaba a llegar a mis ojos—. Antoni está esforzándose mucho en la oficina, ya verán que pronto saldremos adelante.

​Milena bufó, cruzándose de brazos con la rebeldía típica de su edad.

—Pues a mí ese tipo no me gusta nada. Nunca te deja venir sola, nunca te acompaña, y la última vez que vino ni siquiera me dirigió la palabra. Parece un amargado de primera.

​—Milena, basta —lo regañó mamá, aunque en su mirada flotaba la misma sombra de duda. No discutimos más porque la tarde se nos vino encima entre risas contenidas, mate amargo y los relatos de mi hermana sobre la escuela.

​Antes de que cayera el sol, las tres salimos a dar una vuelta por el barrio de calles de tierra. Aunque mi bolsillo estaba más que ajustado y apenas me quedaban unos pocos billetes arrugados en el fondo de la cartera, me detuve en el mercadillo de la esquina. Con lo poco que pude juntar, le compré a Milena esa remera que tanto había mirado la semana anterior y un par de kilos de azúcar, yerba y fideos para la alacena de mamá, inventando la excusa barata de que en mi casa "nos había sobrado mercadería". Cuando vi la sonrisa de mi hermana al recibir la prenda y el brillo aliviado en los ojos de mi madre, sentí una extraña y efímera sensación de plenitud. Por unas horas, no fui la sombra maltratada de un departamento lúgubre; fui hija, fui hermana.

​Pero las burbujas de cristal siempre terminan por romperse.

​La despedida en la puerta fue amarga. Mamá me abrazó con una insistencia desesperada, como si presintiera algo, y yo me alejé sintiendo el nudo en la garganta hacerse cada vez más grande.

​El viaje de regreso en colectivo fue silencioso, eterno. Cuando bajé en mi esquina, la fría llovizna de la noche ya había comenzado a empaparme el abrigo. Al llegar frente al edificio, miré el reloj: pasaban de las diez. Antoni me había dicho que hoy saldría tarde por una "reunión de trabajo" de la oficina de ventas telefónicas.

​Subí los escalones con las piernas temblando de cansancio. Saqué la llave del bolsillo, la introduje en la cerradura y giré con suavidad, cuidando de no hacer ruido.

​—Antoni, ya llegué... —murmuré apenas crucé el umbral, sacudiéndome las gotas de agua de los hombros.

​El departamento estaba en completo silencio, salvo por el zumbido de la heladera. Pero había algo más en el aire. Un rastro pesado, denso, que me detuvo en seco en el recibidor.

​Di un paso hacia la sala y lo vi.

Tirada en el suelo, formando un rastro vergonzoso que se deslizaba directo hacia el pasillo que llevaba a nuestra habitación, había una prenda de mujer. Una blusa de seda roja, barata y chillona, que jamás había visto en mi vida. Y un poco más allá, un zapato de tacón alto tirado al lado del perchero.

​El corazón me dio un vuelco salvaje, doloroso, golpeándome las costillas desde adentro. El aire se me quedó atrapado en los pulmones. Mis manos, sosteniendo la pequeña bolsa con las pocas cosas que había llevado a lo de mi madre, empezaron a temblar de forma incontrolable.

​Sin pensar, arrastré los pies por el pasillo. La puerta de nuestra habitación estaba entreabierta. Una rendija de luz filtraba la escena que iba a dinamitar mi vida en mil pedazos para siempre.

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