«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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13
¡Damas, caballeros, almas caritativas y amantes del buen chisme adictivo! Bienvenidos formalmente a este glorioso y trágico momento de tortura autoinfligida . De verdad, hay que tener un doctorado en masoquismo para hacer lo que Luciano está haciendo.
«Ay, Luciano, por el amor de Dios, respira profundo por la nariz, exhala por la boca y, por lo que más quieras en esta vida, ¡no digas nada! Mantén esa boquita cerrada si no quieres que tu madre te aviente la taza de café en la cara», que conste que le advertí yo desde las paredes de su cerebro. Pero claro, pedirle autocontrol a un Marchesi celoso es como pedirle a un volcán en erupción que tire cubitos de hielo.
Tessa, completamente ajena al torbellino de odio que crecía en el pecho del gigante que la mantenía abrazada, abrió la primera carpeta de la pila con una genuina curiosidad.
—A ver, mira este... —dijo ella, pasando su dedito por las letras doradas—. Dice Santiago Villaseñor.
—Tiene nombre de idiota —soltó Luciano de inmediato, sin pestañear y con la voz cargada de un veneno puro.
—¡Luciano! —lo regañó donna Francesca desde su sillón, fulminándolo con la mirada.
¡Y el réferi dice: Strike uno! Luciano no pierde absolutamente nada de tiempo y da su finísimo punto de vista con la delicadeza de un rinoceronte en una cristalería.
Tessa ignoró el comentario con una risita y continuó leyendo la ficha técnica del espécimen, mirando la fotografía adjunta.
—Huy, pero si es guapo... —comentó la niña, ladeando la cabeza—. A ver, es de la zona sur de Italia, tiene veintiocho años, juega tenis profesionalmente y le gustan los autos de carreras. Parece un buen partido.
—Tiene cara de infiel y de golpeador —decretó Luciano, cruzándose de brazos y bufando con desprecio—. Esos tipos que juegan tenis solo sirven para gastarse el dinero de sus padres y engañar a sus esposas con las instructoras del club.
—Yo lo veo muy normal, Luciano. Tiene una bonita sonrisa —defendió Tessa, acercando la foto .
¡Pero miren eso! Qué nivel de desesperación. Luciano estiró su manota y le arrebató la carpeta de las manos con una brusquedad salvaje, arrojándola al otro extremo de la mesa de la biblioteca. Qué grosero, de verdad, la resaca le está afectando los modales al bombón.
Tessa suspiró, rodando los ojos, y con una paciencia que francamente merecía un monumento en la plaza de Milan , tomó la siguiente carpeta de color azul marino.
—Ok, entonces pasemos a este... Lucas Rivera. Es italiano, le gusta la naturaleza, las obras de teatro independientes y los paseos largos por la playa al atardecer. Suena romántico.
—Obviamente es gay y te quiere usar como accesorio para tapar bocas ante su familia tradicional —sentenció Luciano con una seguridad absoluta, como si tuviera el certificado médico del tipo en la mano.
—¡LUCIANO! —esta vez el grito de donna Francesca hizo eco en los altos techos de la biblioteca.
Strike dos. Yo, personalmente, ya voy a empezar a rezar el rosario y a pedir protección divina. Porque una cosa es lidiar con don Vittorio, que al final del día es hombre y entiende de negocios, pero la matriarca es otra cosa muy diferente y paciencia con las estupideces de su hijo no tiene ni un gramo.
Tessa, lejos de enojarse, se giró un poco entre los brazos de Luciano, quedando frente a frente con él. Le clavó esa mirada tierna y le tocó la barbilla con un dedo.
—¿Tú crees que sea gay, cariño? —le preguntó con una voz tan suave que derritió la mitad de la rigidez de Luciano.
¡Ay, no, no, no! ¡Por favor, Tessa! Estás viendo que el pobre infeliz está sufriendo en vivo, al borde de un infarto al miocardio, ¡y todavía le dices "cariño" en ese tono arrullador! Eres cruel, mi reina, muy cruel... ¡pero sumamente justa! Dale donde más le duela.
Luciano tragó saliva, perdiéndose por un segundo en la cercanía de sus labios, pero el orgullo y los celos ganaron la partida en su cerebro dañado por el vodka.
—Claro, conejita. Se le nota en la postura. Se ve que es súper gay. Descartado —decretó él, tratando de sonar protector y no desesperado.
—Bueno, está bien, entonces no... Mejor veamos este otro... —Tessa tomó una carpeta pesada, con un escudo de armas diferente—. Alfonso Valverde.
¡Ooooh, por Dios! Es el mexicano, señores y señoras. ¡México acaba de entrar al juego de la mafia europea partiendo plaza y pisando fuerte! Y ¡Dios del Olimpo, qué lindo está este espécimen! Te lo juro que si así de tallados a mano están todos los mexicanos, que me aparten dos para llevar y con entrega inmediata, porque este hombre es un poema. La fotografía mostraba a un tipo de cabello oscuro, mandíbula marcada y unos ojos negros que no transmitían paz, para nada. Este hombre grita peligro y poseción a kilómetros de distancia, pero la sensualidad se le escapa por absolutamente todos los poros del cuerpo. Esa mirada... esa mirada es la de un depredador que sabe exactamente cómo cazar a su presa.
Luciano se inclinó sobre la carpeta, y vi el momento exacto en que la vena de su frente volvió a saltar con una violencia peligrosa. Sus ojos escanearon la foto del mexicano con un odio que podría iniciar una guerra internacional.
—Tiene cara de loco —escupió Luciano, con los dientes tan apretados que casi no se le entendía—. De loco, de mujeriego peligroso y de ser un dependiente absoluto de los ansiolíticos. Ese tipo no es de fiar, Tessa. Es un criminal inestable.
—¡¡LUCIANO!! —el grito de donna Francesca esta vez fue definitivo, poniéndose de pie y golpeando la mesa .
¡Y el réferi levanta la mano! ¡Strike tres, estás completamente fuera del juego! Corre, Luciano, ¡corre por tu miserable vida! Porque tu madre tiene una carpeta en la mano y la cara de un general listo para fusilarte en el patio trasero de la mansión.