Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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Capítulo 2: La mujer que aprendió a ser
Hola, soy Gabriela Alcázar, tengo 37 años y nací el 8 de marzo de 1989 en Pereira, Risaralda, Colombia. Actualmente soy la CEO de mi propia empresa, una compañía dedicada a la importación y comercialización de productos de lujo. He trabajado durante años para conseguir todo lo que tengo, y aunque muchas personas creen que mi vida siempre ha sido fácil por mi posición económica, la verdad es completamente diferente.
Mi historia comenzó mucho antes de tener una oficina, empleados y reuniones empresariales. Comenzó cuando todavía era una adolescente que apenas estaba aprendiendo a vivir.
En el año 2003, cuando tenía catorce años, me convertí en madre de un niño al que llamé Juan Alcázar. Él nació el 20 de junio de 2003 y actualmente tiene 22 años. Su llegada cambió mi vida para siempre.
El embarazo fue consecuencia de una violación que sufrí cuando tenía trece años. Fue una experiencia traumática que me costó mucho procesar. Yo era apenas una niña y no estaba preparada para enfrentar algo semejante. Durante aquella etapa necesité el apoyo de mi familia para continuar adelante y comprender que nada de lo ocurrido había sido culpa mía.
No fue un camino fácil. Tuve que aprender a convivir con el dolor mientras intentaba construir un futuro para mi hijo. A pesar de las dificultades, nunca culpé a Juan por lo sucedido. Él era inocente y merecía crecer rodeado de amor, protección y oportunidades.
Cuando lo tuve entre mis brazos, sentí miedo, pero también una enorme responsabilidad. Me prometí que, aunque no pudiera cambiar mi pasado, sí podía trabajar para ofrecerle un futuro diferente.
Mi familia me ayudó a continuar con mis estudios. Después empecé a trabajar en pequeños negocios de Pereira, donde aprendí a atender clientes, organizar mercancía y manejar dinero. Mientras otras muchachas de mi edad disfrutaban de su juventud, yo intentaba encontrar la manera de salir adelante.
A los dieciocho años, en 2007, comencé a ahorrar con una idea en mente: algún día tendría mi propio negocio.
No tenía grandes cantidades de dinero ni contactos importantes. Lo único que tenía era la experiencia que había adquirido trabajando y unas ganas inmensas de progresar.
En 2011, cuando tenía veintidós años, di mi primer gran paso. Con mis ahorros y un pequeño préstamo familiar, abrí un negocio de productos importados. Al principio, yo hacía prácticamente todo: atendía a los compradores, organizaba los pedidos, revisaba las cuentas y buscaba proveedores que ofrecieran buenos precios.
Hubo meses complicados en los que apenas conseguía cubrir los gastos.
—Gabi, ¿vos sí estás segura de que este negocio va a funcionar? —me preguntó una amiga una tarde mientras me ayudaba a organizar la mercancía.
—Pues, mija, segura no estoy de nada, pero si no lo intento, nunca voy a saber hasta dónde puedo llegar —le respondí.
Y seguí trabajando.
Con los años, el negocio empezó a crecer. Reinvertí las ganancias, estudié administración y aprendí sobre negociaciones, comercio y dirección empresarial. Poco a poco conseguí proveedores más importantes y clientes de otras ciudades.
En 2017, mi empresa comenzó a expandirse. Contraté a mis primeros empleados y dejé de trabajar únicamente desde un pequeño local. Para mí, aquello era un sueño que empezaba a convertirse en realidad.
No todo fue sencillo. Tuve que enfrentar pérdidas económicas, personas que no confiaban en mis capacidades y decisiones que me quitaron el sueño. Sin embargo, cada dificultad me enseñó algo nuevo.
Para 2024, mi compañía ya contaba con varias áreas de trabajo y una cartera importante de clientes. Con esfuerzo, disciplina y decisiones bien pensadas, conseguí consolidarme como CEO de mi propia empresa.
Hoy, en 2026, tengo treinta y siete años y me siento orgullosa de lo que he construido. Vivo en Pereira con todas las comodidades que antes solo podía imaginar, pero jamás olvido de dónde vengo.
Mi relación con Juan es maravillosa. Él es un hombre independiente, estudia, trabaja y tiene sus propios sueños. A veces se burla de mí porque sigo preguntándole si ya almorzó, si llegó bien a casa o si necesita algo.
—Mamá, vos no cambiás, ¿cierto? Ya tengo veintidós años —me dice.
—¿Y qué tiene que ver, pues? Para mí siempre vas a ser mi niño —le contesto.
Él se ríe y me abraza.
Juan es mi mayor orgullo. Si algo tengo claro es que mi pasado no define mi valor ni determina todo lo que puedo llegar a conseguir.
Soy Gabriela Alcázar, empresaria, madre y una mujer que aprendió a levantarse incluso cuando la vida parecía demasiado difícil.
Y aunque creo que mi historia me ha enseñado a ser fuerte, todavía no sé que el destino está preparando para mí una etapa completamente diferente.