En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 7: EL PRECIO DE LA DISCORDIA
El estruendo de la puerta contra la pared de caoba reverberó en el despacho privado de Marco. El subordinado de este se llevó la mano instintivamente a la funda del arma bajo la chaqueta, pero una mirada mortál de Elena detuvo el gesto en seco.
—Lárgate —ordenó Elena al soldado, con una autoridad que jamás le había mostrado a ninguno de los hombres de la casa. Su voz, siempre educada y modulada, sonaba ahora como una hoja de afeitar.
El hombre miró a Marco buscando una contraorden, pero al ver a su jefe paralizado por la sorpresa y la rabia, bajó la cabeza y se escurrió hacia el pasillo, cerrando la puerta tras de sí.
Marco tardó unos segundos en recuperar la compostura. Se ajustó el cuello de la camisa, sirvió dos dedos de whisky de una licorera de cristal sobre su escritorio y miró a su hermana con una sonrisa mordaz que intentaba ocultar el nerviosismo que le sudaba en la frente.
—Elena... Vaya entrada —dijo, dando un trago corto al licor—. Veo que ya estás adoptando las costumbres de tus nuevos dueños. Entras a mi despacho como un matón de los Romano.
—Cierra la boca, Marco —respondió Elena, dando tres pasos firmes hacia el centro de la estancia. Tenía las manos frías, pero la indignación que ardía en su pecho superaba con creces cualquier atisbo de miedo—. Sé lo de la antena de Long Island. Sé que usaste una de tus empresas fantasma de logística para enviar la señal de radio que coordinó la emboscada contra el convoy de Vincenzo y Matteo en la ruta 25.
La sonrisa de Marco se congeló. Apoyó el vaso sobre la mesa de madera con un golpe seco que hizo tintinear el cristal.
—¿De qué demonios estás hablando? —intentó negar, alzando la voz con una indignación impostada—. ¿Acaso ese bastardo de Matteo te metió esas mentiras en la cabeza para manipularte? Te están lavando el cerebro, Elena. Están buscando una excusa para culparnos de sus propios problemas de seguridad.
—¡No me mientas! —estalló Elena, acortando la distancia hasta quedar frente a él, al otro lado del escritorio—. Te escuché hace un minuto hablar con tu soldado sobre deshacerse de los equipos y sobre un "plan B" para la boda. ¿Te crees muy listo, Marco? ¿Crees que Matteo Romano es un idiota que no sabe rastrear una frecuencia de radio? Él ya lo sabe todo. Tiene las pruebas, las direcciones IP y el registro del apoderado legal con tu firma.
Marco apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cara temblaron. Al verse acorralado y sin escapatoria, la máscara de inocencia se desmoronó por completo, dejando al descubierto una fiera herida y llena de rencor.
—¡¿Y qué querías que hiciera?! —rugió Marco, lanzando el vaso de whisky contra la chimenea, donde se estrelló en mil pedazos—. ¡Nuestros padres se están arrastrando ante los Romano! ¡Nos han quitado los muelles principales de Nueva Jersey! ¿Y cuál fue la gran solución de Don Stefano? Entregar a mi única hermana como si fuera una vaca en una feria para comprar un par de años de paz podrida.
—¡No metas mi nombre en tus crímenes para justificarte! —replicó Elena con rabia—. No organizaste esa emboscada para salvarme a mí ni para proteger el honor de la familia. Lo hiciste por tu propio ego. No soportas que nuestro padre haya confiado la paz a un acuerdo en el que tú no fuiste el protagonista. Quieres la silla de Don Stefano y estabas dispuesto a desatar un baño de sangre en la ciudad para conseguirla.
—¡Ese puesto me pertenece por derecho! —exclamó Marco, dando un rodeo al escritorio para encararla. Era mucho más alto y robusto que ella, pero Elena no cedió un solo centímetro—. Si ese convoy hubiera quedado destruido en el bosque, la tregua habría saltado por los aires antes de firmarse. Hubiéramos atacado sus depósitos esa misma noche mientras ellos lloraban a sus muertos. Teníamos el factor sorpresa de nuestro lado, ¡y ese imbécil de Matteo sobrevivió de milagro!
Elena lo miró con una mezcla de horror y lástima. Se dio cuenta en ese instante de lo profundamente ciego que estaba su hermano.
—¿Crees que los Romano hubieran caído tan fácil? —dijo Elena en un susurro amargo—. Matteo habría quemado Long Island hasta los cimientos antes de que tú pudieras celebrar tu victoria. Nos habrían exterminado a todos, Marco. A mamá, a ti, a mí y a cada soldado que lleva nuestro apellido.
—Ellos no son invencibles...
—Matteo lo es para hombres como tú —lo interrumpió ella con una frialdad categórica—. Él calcula cada paso mientras tú actúas por impulso y rabia. Y ahora la cuenta ha llegado. Matteo me dio veinticuatro horas antes de presentarle las pruebas a nuestro padre y a Don Vincenzo. Si no vas con Stefano ahora mismo y le confiesas lo que hiciste para que él maneje la situación internamente, Matteo vendrá a buscarte. Y no vendrá a hablar.
Marco soltó una carcajada amarga, aunque en sus ojos se reflejaba un temor incipiente.
—¿Y tú vas a permitirlo? —la desafió Marco, tomándola bruscamente por los hombros—. ¿Vas a dejar que ese perro ejecutor de los Romano destruya a tu propio hermano? ¡Soy tu sangre, Elena! ¡Llevas la misma marca que yo!
Elena se desprendió de su agarre con un movimiento brusco y lleno de desprecio.
—Mi sangre no me obliga a ser tu cómplice en un suicidio colectivo, Marco —dijo ella, ajustándose el abrigo y dando dos pasos hacia la salida—. Tienes hasta mañana por la noche. Si para entonces no has hablado con mi padre para buscar una salida diplomática, me aseguraré de que la casa Romano sepa de qué lado estoy yo. Y créeme... no será del tuyo.
Sin darle tiempo a replicar, Elena salió del despacho, dejando a su hermano solo entre el olor a whisky derramado y los restos del vaso roto.