Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capítulo 17. Un hombre que regresó para quedarse
A las once de la mañana, Mateo Salazar volvió a la empresa.
Esta vez llevaba una carpeta de documentos y una expresión mucho más seria que la del día anterior.
Valentina lo vio acercarse y salió a recibirlo.
—Mateo, te dije que no podías venir todos los días a mi trabajo.
—Lo sé. Y te prometo que esta será la última vez que venga sin avisarte.
—Eso dijiste la última vez.
Mateo aceptó el reproche sin discutir.
—Tienes razón. Te debo una explicación.
Valentina miró hacia el despacho de Alejandro.
—No puedo hablar contigo ahora. Tengo mucho trabajo.
—Entonces déjame decirte una sola cosa. Mi padre ha regresado.
Valentina frunció el ceño.
—¿Esteban Salazar? Mateo asintió.
—Está intentando cerrar un acuerdo con Montenegro International.
Ella lo miró confundida.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
Mateo tardó en responder.
—Más de lo que imaginas.
Valentina sintió una punzada de inquietud.
—Mateo, no empieces. Si tienes algo que decirme, dímelo claramente.
Él respiró profundamente.
—Hace años, mi padre y el padre de Alejandro eran socios. Trabajaban juntos y confiaban el uno en el otro. Hasta que ocurrió algo que destruyó esa relación.
—¿Qué ocurrió?
—Mi padre fue acusado de robar información confidencial de la empresa. Perdió sus contratos, sus socios y gran parte de su patrimonio. Alejandro era muy joven, pero su familia nunca volvió a hablar con nosotros. Valentina escuchaba en silencio.
—Mi padre siempre sostuvo que lo habían engañado —continuó Mateo—. Y hace unos meses encontró documentos que podrían demostrarlo.
—¿Quieres decir que el padre de Alejandro mintió?
—No lo sé. Mi padre cree que alguien manipuló las cuentas y utilizó su nombre para encubrir una operación ilegal. Pero necesita acceder a los archivos de la empresa para demostrarlo.
Valentina retrocedió un paso.
—¿Y por eso has venido a verme?
Mateo bajó la mirada.
—Al principio, sí.
La respuesta le dolió.
—¿Al principio?
—Quería saber si podías ayudarme a conseguir información. Pero cuando te vi, me di cuenta de lo egoísta que estaba siendo. Valentina lo observó con tristeza.
—¿Sabes lo que más me dolió de que desaparecieras, Mateo? No fue que te fueras. Fue que me hicieras creer que podía confiar en ti y después me dejaras sin una explicación.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Porque si lo supieras, no habrías regresado ocultándome otra cosa.
Mateo guardó silencio.
Valentina sintió que los ojos comenzaban a humedecérsele, pero se negó a llorar delante de él.
—No voy a ayudarte a conseguir información confidencial. No voy a traicionar mi trabajo ni a meterme en problemas por una historia que ni siquiera conozco.
—No te estoy pidiendo que hagas eso.
—Pero lo pensaste.
Mateo no pudo negarlo.
Ella respiró profundamente.—Necesito que te marches, Mateo.
Él asintió lentamente.
—Lo haré. Pero hay algo más que debes saber.
Valentina no respondió.
Mateo la miró directamente a los ojos.
—Mi padre cree que Alejandro sabe mucho más de lo que está dispuesto a reconocer. Y si tiene razón, puede que tu jefe no sea la persona que tú crees.
Antes de que Valentina pudiera preguntarle a qué se refería, Mateo se marchó.
Ella se quedó inmóvil en medio del pasillo.
Por primera vez, no sintió curiosidad por el pasado de Alejandro.
Sintió miedo de descubrirlo.