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Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El punto de fluencia

A las seis y diez de la tarde, la planta cuarenta y dos era una catedral desierta de cristal y sombras alargadas.

El personal administrativo y los analistas financieros habían abandonado el edificio con la puntualidad del toque de queda, dejando tras de sí hileras de pantallas apagadas y el zumbido monocorde del sistema de ventilación. Afuera, sobre los rascacielos de Porta Nuova, una neblina densa comenzaba a tragarse las agujas del Duomo, tiñendo el horizonte de un gris plomizo y helado.

Gabriela Novak no se había movido de su silla.

Había terminado de ordenar los archivadores de correspondencia internacional, pero la puerta de cristal del despacho principal permanecía entornada, proyectando sobre el mármol una franja de luz cálida que olía a encierro deliberado.

La voz de Matteo Castelli rasgó el silencio desde el interior:

—Novak. Adentro. Con el expediente de Mónaco.

Gabriela no suspiró. Tomó una carpeta de cuero marrón con el membrete del Automóvil Club de Mónaco, se alisó la falda plisada de paño tabaco con un movimiento seco de las palmas y cruzó el umbral.

El despacho estaba sumergido en una penumbra calculada.

Matteo había apagado las luminarias del techo, dejando encendida únicamente la lámpara de pie de latón junto a los ventanales y la luz indirecta que bordeaba el zócalo de roble negro. No estaba sentado tras su mesa colosal: ocupaba una de las esquinas del sofá bajo de cuero italiano, con las piernas largas estiradas hacia la mesa de centro de cristal ahumado. Se había quitado la corbata de raya diplomática y los tres primeros botones de la camisa blanca estaban abiertos, revelando la curva tensa de las clavículas y el bronceado marcado de su cuello atlético.

Sobre la mesa descansaban dos vasos de whisky de fondo pesado y una jarra de cristal con agua mineral.

Matteo no la miró entrar de inmediato; contemplaba el reflejo de la ciudad en el cristal, balanceando con una lentitud hipnótica una pluma estilográfica de titanio entre los nudillos de su mano derecha.

—Cierre la puerta con el pestillo, Novak —ordenó él en un tono bajo, espeso y desprovisto de inflexión burocrática.

Gabriela empujó la hoja de cristal hasta escuchar el chasquido magnético del cierre, pero no tocó el cerrojo manual. Avanzó con paso firme hasta detenerse frente a la mesa de centro, manteniendo la carpeta apretada contra su cárdigan de botones gigantes:

—El pestillo magnético asegura el aislamiento acústico de la estancia, señor Castelli. El cerrojo manual solo es necesario en caso de contingencia de seguridad física, y no creo que estemos bajo amenaza de asalto armado.

Matteo soltó una risa seca, cavernosa, volviendo la cabeza despacio hacia ella. Sus ojos avellana, inyectados en una mezcla volátil de fatiga y una fijeza obsesiva, la recorrieron de abajo arriba con una lentitud que rozaba el descaro:

—Depende de lo que usted considere un asalto, Novak. Siéntese.

Señaló el sillón contiguo al sofá, a escasos cuarenta centímetros de su propia rodilla.

Gabriela no aceptó el sillón. Con una serenidad calculada, rodeó la mesa baja y tomó asiento en el taburete rígido de dibujo técnico que descansaba junto a la mesa de juntas, manteniéndose a una distancia prudencial de metro y medio. Dejó la carpeta sobre el cristal ahumado, abrió su libreta de notas y sacó su bolígrafo de tinta negra.

—Seis y catorce, señor Castelli. El contrato de cesión técnica para el Gran Premio Histórico de Mónaco consta de dieciocho cláusulas y tres anexos de confidencialidad. ¿Por cuál de las supuestas ambigüedades prefiere empezar?

Matteo no abrió la carpeta.

Se inclinó hacia adelante de golpe, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, acortando el espacio entre ambos con esa presencia muscular masiva que parecía consumir el oxígeno del despacho. La camisa entreabierta dejaba entrever el pulso acelerado en la base de su garganta y esa cicatriz pálida de Monza que cortaba la piel sobre su clavícula izquierda.

—Vamos a empezar por la cláusula que no está escrita en ese papel, Gabriela.

El sonido de su nombre de pila vibró en la penumbra como una cuerda de violonchelo a punto de romperse.

Gabriela sostuvo la mirada detrás de los cristales gruesos de carey:

—Los contratos comerciales no admiten cláusulas implícitas, señor Castelli. Cualquier estipulación no documentada carece de validez jurídica ante los tribunales del principado.

—No me hable como si fuera un juez de paz —gruñó él en un susurro áspero, clavándole los ojos con una intensidad depredadora—. Sé exactamente qué está haciendo Christian Vance. Y sé exactamente qué juego se traen ustedes dos a mis espaldas desde la cena en Il Luogo.

Gabriela arqueó una ceja con una tranquilidad que al italiano le supo a pólvora mojada:

—¿Nosotros dos? El señor Vance es un piloto rival que le alquila horas de túnel de viento porque sus propios ingenieros en Brackley son incapaces de entender el flujo laminar de sus pontones. Si usted ve conspiraciones románticas en una transacción de quince mil quinientos euros la hora, le sugiero que consulte a un especialista en neurosis paranoide.

Matteo se levantó despacio. Se movió con esa soltura elástica y silenciosa de los atletas de pista, rodeando la mesa baja hasta detenerse justo al lado del taburete donde ella permanecía sentada.

Se inclinó sobre ella.

Apoyó una mano en el respaldo metálico del taburete y la otra directamente sobre el cristal de la mesa, encerrándola por completo dentro del radio de su cuerpo. El calor que emanaba de su piel, el olor denso a madera de cedro, café tostado y una feromona masculina cruda y territorial cayeron sobre Gabriela como una red asfixiante.

—Vance no gasta cuarenta libras en té de importación para hablar de flujos laminares con una asistente administrativa —susurró Matteo, bajando el rostro hasta que su boca quedó a escasos cinco centímetros de la sien de la chica—. Vance no le ofrece un puesto en Mayfair y un coche de empresa a una secretaria que supuestamente solo sabe archivar facturas. Christian la mira como si supiera un secreto que a mí se me escapa... Y yo odio que se me escapen las cosas en mi propia casa.

Gabriela sintió el roce de su aliento caliente contra los mechones que escapaban milimétricamente de su moño tirante. La cercanía física era una carga de alta tensión: el pecho de Matteo rozaba casi la lana basta de su cárdigan tabaco, y la tensión de sus músculos se sentía tan sólida como una barra antivuelco.

Por debajo de su camuflaje, el corazón de Gabriela martilleó con una fuerza salvaje contra sus costillas, pero sus pupilas no vacilaron.

Ladeó el rostro despacio, mirándolo directamente a los ojos desde una distancia tan ridículamente corta que pudo ver el anillo dorado que rodeaba el iris avellana de Matteo:

—El señor Vance la mira a una como a un profesional capacitado, señor Castelli. El problema es que usted está tan acostumbrado a tratar a las mujeres como accesorios decorativos con fecha de caducidad que cuando se encuentra con una que no cae desmayada ante su sonrisa ensayada, su cerebro entra en fallo de sistema.

Matteo apretó la mandíbula con tanta fuerza que los tendones de su cuello se recortaron en la penumbra.

Bajó la vista hacia los labios de ella: pálidos, firmes, sin una gota de carmín, pero con una curvatura natural y carnosa que contrastaba de forma delirante con la severidad del resto de su rostro.

—Dígame la verdad —exigió él en un susurro gutural, casi desesperado—. ¿Por qué se esconde debajo de toda esta porquería de lana? ¿Por qué se pone esas gafas ridículas que le tapan la mitad de la cara? ¿Qué teme que vea si decido quitárselas ahora mismo?

Matteo levantó su mano derecha.

Movió los dedos con una lentitud casi hipnótica, extendiendo el índice hacia la patilla de las gafas de carey. El aire entre sus manos y el rostro de Gabriela se volvió tan espeso que se podía cortar con un bisturí.

Gabriela no retrocedió. No apartó la cabeza.

En lugar de esquivar el contacto, levantó su mano izquierda con una velocidad pasmosa y atrapó la muñeca de Matteo en el aire, a escasos dos centímetros de su montura.

Los dedos de Gabriela se cerraron alrededor de la muñeca del piloto con una firmeza seca, fría e inquebrantable: una presa de dedos larga y entrenada que detuvo el brazo de un hombre de casi noventa kilos sin que a ella le temblara el antebrazo.

Matteo se congeló.

Sintió los dedos delgados pero de acero de la chica clavándose en el tendón de su muñeca, justo sobre el punto donde el pulso le latía desbocado a ciento veinte por minuto. El contraste táctil fue una descarga eléctrica que le recorrió el brazo hasta la nuca: la piel de Gabriela era suave como el satén más fino, pero la fuerza biomecánica que ejercía no pertenecía a una secretaria; pertenecía a alguien que sabía exactamente qué palancas anatómicas quebrar para neutralizar a un oponente.

—No toque mis gafas, señor Castelli —dijo ella, y su voz no fue un grito, sino un filo de hielo que cortó la respiración del italiano—. La última persona que intentó alterar mi espacio personal sin mi consentimiento terminó con una luxación de radio y tres semanas de baja médica. Y dudo mucho que a su escudería le convenga que su piloto estrella intente clasificar en Mónaco con la mano derecha escayolada.

Matteo tragó saliva despacio. No apartó el brazo; al contrario, mantuvo la tensión contra sus dedos, devorando la estampa de esa mujer que lo sostenía con la fuerza de un titán mientras su pecho subía y bajaba con un ritmo acompasado y letal.

—Amenazar a su director ejecutivo con violencia física es causa de despido inmediato sin indemnización, Novak —susurró él, y por primera vez en semanas, una sombra de sonrisa oscura, salvaje y absolutamente deslumbrante curvó sus labios.

—Demuéstremelo ante el tribunal de trabajo de Lombardía —replicó ella sin soltar la muñeca, inclinándose apenas un milímetro hacia su rostro, con sus ojos verdes llameando detrás de los cristales como dos fogonazos en la noche—. Explíquele a los jueces cómo una modesta asistente de cincuenta y cinco kilos redujo al invicto Matteo Castelli en su propio despacho porque el señorito no soportaba que no le dejaran tocarle la cara. Le aseguro que la prensa de Milán pagaría millones por las grabaciones de seguridad.

Matteo soltó una carcajada baja, ronca y deliciosa que vibró en el pecho de ambos.

No retrocedió. Con un movimiento deliberado de su propia mano, giró la muñeca dentro del agarre de ella, no para liberarse, sino para entrelazar sus dedos entre los dedos de Gabriela, forzando un contacto piel con piel que hizo que una corriente de fuego puro les encendiera la sangre a los dos al unísono.

El calor de la piel de Gabriela era sofocante; la suavidad de sus dedos desmentía la ferocidad de su agarre.

Matteo bajó la cabeza hasta que sus frentes casi se rozaron. Sus ojos avellana estaban dilatados, devorando cada poro de su piel de porcelana, cada pestaña oscura, el aroma limpio a almendras que lo estaba empujando al borde del abismo:

—Tiene el diablo adentro, Gabriela Novak.

—Tengo un contrato de doce meses, señor Castelli —susurró ella, sintiendo cómo el calor de la boca de Matteo le acariciaba los labios sin llegar a tocarlos, una tortura milimétrica que amenazó con quebrar su armadura de hielo—. Y si no me suelta ahora mismo para revisar la cláusula siete... voy a tener que cobrarle horas extras por estrés operativo.

Matteo sostuvo sus dedos entrelazados durante tres segundos interminables: tres segundos donde el mundo exterior, la apuesta con Christian Vance, el coche Horizonte y el imperio Castelli se redujeron a la nada frente a la boca de esa mujer vestida de tabaco que lo miraba con el desprecio más excitante y peligroso del universo.

Iba a besarla.

Estaba a un milímetro de atraparle la nuca, mandarlo todo al infierno y arrancarle la verdad de la boca contra el cristal de la mesa.

El teléfono rojo de la línea directa del despacho sonó con un timbre estridente y desgarrador.

El sonido fue como un disparo en mitad de la noche.

Ambos se tensaron al unísono.

Gabriela soltó el agarre de su mano con un movimiento seco, dando un paso atrás con el taburete antes de que Matteo pudiera reaccionar. Se puso de pie con una calma gélida, alisándose la falda de paño y acomodándose las gafas de carey con el dedo índice, restaurando la máscara burocrática de la señorita Novak en una fracción de segundo.

Matteo se quedó inclinado sobre la mesa vacía, con la mano suspendida en el aire frío, respirando como si acabara de salir de un choque múltiple en la Parabólica.

Cerró los ojos, apretó los puños y soltó una maldición desgarradora entre dientes antes de enderezarse y levantar el auricular con un tirón que casi arrancó el cable de la pared:

—¿Qué demonios pasa? —rugió en el aparato.

La voz de su padre, Giancarlo Castelli, sonó al otro lado con una urgencia que no admitía dilaciones:

—Matteo, deja de gritar. Tenemos una emergencia corporativa. Arthur Hayes acaba de convocar una reunión de emergencia del consejo de administración conjunto para mañana a las nueve en Módena. Quiere inspeccionar las instalaciones de la división aeroespacial y el banco de pruebas de motores antes de dar luz verde al desembolso de los cincuenta millones de dólares.

Matteo parpadeó, sintiendo que la realidad lo golpeaba como un balde de agua helada:

—¿Arthur Hayes en Módena mañana por la mañana? Creí que estaba en su rancho en Montana.

—Aterrizó su avión privado en Bolonia hace dos horas —respondió Giancarlo con voz tensa—. Y me exigió expresamente que la señorita Novak esté presente en la mesa de inspección técnica. Salimos a las seis de la mañana en el helicóptero de la compañía. Prepárate.

La línea se cortó con un chasquido seco.

Matteo bajó el auricular despacio, con el pulso todavía acelerado y la mirada clavada en Gabriela.

La chica permanecía de pie junto a la puerta, con la carpeta de Mónaco bajo el brazo, las manos cruzadas y una expresión de mármol que no revelaba absolutamente nada del terremoto que acababa de cruzar por sus venas.

—Arthur Hayes en Módena mañana a las nueve —dijo Matteo, con una voz ronca que intentaba recuperar el control—. Parece que su antiguo protector corporativo vino a ver cómo gastamos su dinero, Novak.

Gabriela sostuvo su mirada sin pestañear. Por debajo de su chaleco de botones gigantes, la verdadera Gabriela Hayes sintió una llamarada de adrenalina pura encendiéndose en su pecho: su padre, el magnate de Chicago, venía a inspeccionar la guarida del león... y ella tendría que sentarse frente a él vestida de bibliotecaria sin que Matteo Castelli descubriera que la mujer que acababa de doblarle la muñeca era la dueña de la mitad de su empresa.

—Estaré en el helipuerto a las cinco y cincuenta y cinco, señor Castelli —respondió ella con una reverencia protocolaria—. Y le sugiero que descanse esta noche; Arthur Hayes no tolera a los ejecutivos que confunden la telemetría con sus impulsos personales.

Gabriela abrió la puerta del despacho y salió con paso firme hacia la penumbra del pasillo, dejándolo solo en mitad de la estancia, con los dedos todavía quemándole por el contacto de su piel y la aterradora certeza de que la carrera más peligrosa de su vida no se correría en los circuitos de Mónaco... sino en la sala de juntas de Módena a primera hora de la mañana.

1
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
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