Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
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Capítulo 15: La fiesta de la alianza
El invierno comenzaba a colarse por los jardines de Villa d’Este, a orillas del lago de Como, envolviendo las balaustradas de mármol y las fuentes renacentistas en una escarcha pálida.
Esa noche, el acceso privado al hotel histórico estaba custodiado por tres perímetros de seguridad armada. No había turistas ni flashes de prensa; la cumbre juvenil de la Alianza Continental reunía a la segunda generación de las dinastías que controlaban el contrabando, los puertos secos y las finanzas en la sombra desde Marsella hasta Estocolmo. Era el escaparate donde los patriarcas medían el calibre de sus sucesores y donde los pactos matrimoniales se tejían entre copas de cristal y susurros diplomáticos.
Martina cruzó el gran salón de baile bajo una lluvia de miradas que pesaban como plomo.
Llevaba un vestido de noche en terciopelo verde esmeralda, de corte asimétrico y manga larga en el brazo izquierdo —diseñado a medida para ocultar el apósito compresivo que cubría los puntos de aproximación en su piel—, con la espalda descubierta hasta la cintura y una abertura discreta en la falda que le permitía movilidad total. El cabello oscuro iba recogido en un peinado pulido que despejaba su cuello y resaltaba la frialdad aristocrática de sus facciones. No llevaba joyas en el pecho; solo unos pendientes de diamantes negros que tintineaban apenas con cada paso.
A dos metros exactos de su hombro, Dereck la cubría con la pesadez de una nube de tormenta.
Vestía un esmoquin de corte milanés impecable, camisa negra y corbata de seda al tono. La tela oscura no lograba suavizar la densidad brutal de sus hombros ni la quietud amenazante con la que sus ojos grises escaneaban a cada hombre que osaba clavar la vista en la silueta de Martina. Los escoltas de las delegaciones suizas y alemanas se hacían a un lado al paso del contingente Moretti: Mateo y Luca abrían la comitiva como dos oficiales de asalto, pero era la presencia silente y letal del custodio de Martina la que provocaba que más de un veterano arqueara las cejas con recelo.
En el centro de la sala, cerca de una colosal chimenea de piedra tallada, un grupo de herederos de las familias del norte y del este bebía coñac mientras comentaban las últimas novedades del bajo mundo europeo.
Entre ellos destacaban Julian von Berg, heredero de la red logística de Hamburgo, y Sophie Laurent, hija del clan que administraba los puertos francos de Ginebra.
—Martina —saludó Sophie con una sonrisa que no alcanzaba a disimular una evaluación venenosa de arriba abajo—. Seis años en América y vuelves justo a tiempo para el gran espectáculo. Se dice que don Lorenzo te entregó el control de las empresas pantalla en Milán. Qué audaz dejarle los números a una dama.
Martina se detuvo, recibiendo una copa de champán de una bandeja de plata solo para sostenerla entre sus dedos enguantados.
—Mi padre prefiere que los números los maneje alguien que sabe multiplicar, Sophie —respondió Martina con una serenidad glacial—. A diferencia de los astilleros de tu familia, que llevan dos trimestres arrastrando pérdidas por no saber calcular aranceles de combustible.
Julian soltó una carcajada seca, ajustándose los gemelos de oro.
—La misma lengua afilada de siempre, Moretti. Pero no deberías gastar tanta pólvora en nosotras esta noche. El verdadero protagonista de la reunión ni siquiera se ha dignado a aterrizar en Italia.
El aire alrededor del círculo pareció densificarse.
Dereck, inmóvil en la periferia del grupo, tensó imperceptiblemente la mandíbula al escuchar el rumbo de la conversación.
—¿El espectro del norte? —preguntó Luca, que se había acercado con una copa en la mano y la mirada puesta en las reacciones de los presentes.
—El mismísimo Dereck —asintió Julian, bajando la voz con una mezcla de respeto supersticioso y envidia amarga—. Dicen que su coronación como líder supremo de la red escandinava y suiza es inminente. Liquidó a la facción rebelde de Amberes en una sola noche sin disparar un rifle en suelo público; los asfixió financieramente antes de que supieran de dónde venía el golpe. Todos esperaban que viniera a esta fiesta a sentar las bases de su mandato.
—Ese hombre no se mezcla con nosotros en recepciones sociales —intervino Sophie, bebiendo un sorbo largo—. Dicen que es un salvaje educado en academias militares, despiadado, invisible. No se sienta a la mesa con nadie a quien considere un igual, porque en su cabeza nadie está a su nivel.
Julian dirigió una mirada cargada de malicia hacia Martina.
—Y según los viejos estatutos firmados en Viena hace quince años... ese monstruo invisible es tu dueño legal, Martina. Tu prometido desde que tenías diez años. ¿No te da curiosidad saber si el hombre con el que vas a compartir cama tiene alma o si solo es un verdugo con corona?
Las risas contenidas de los herederos resonaron en el perímetro.
A espaldas de Martina, la mano derecha de Dereck se deslizó un milímetro hacia el costado de su chaqueta. Sus ojos de pedernal se clavaron en la garganta de Julian con una frialdad tan sanguinaria que el joven alemán sintió un escalofrío repentino y desvió la vista hacia la chimenea, incómodo sin comprender el origen de la amenaza.
Martina no pestañeó. Dejó la copa de champán intacta sobre una mesa auxiliar con un chasquido limpio que cortó los murmullos.
—Nadie es dueño de mi cama, Julian —dijo ella, y cada sílaba cayó con el peso de una sentencia absolutoria—. Y en cuanto a ese tal Dereck... los hombres que se esconden tras títulos antiguos y mandatos por correspondencia suelen ser cobardes con demasiado poder en las manos. Con su permiso.
Dio media vuelta con una elegancia implacable, cortando la conversación de raíz.
Caminó a paso firme hacia las galerías exteriores, dejando a los herederos congelados en su propia arrogancia.
Dereck la siguió a tres zancadas de distancia. La sangre le hervía en las sienes; la mezcla explosiva de escuchar a Martina destrozar su nombre legendario con absoluto desprecio, sumada al calor que le devoraba el pecho al ver la curva desnuda de su espalda balanceándose frente a él, lo tenía al borde de perder la compostura.
Martina empujó las puertas acristaladas que daban a una terraza suspendida sobre las aguas oscuras del lago.
El frío de la noche la recibió como un bálsamo. Apoyó ambas manos en la balaustrada de piedra, respirando hondo el aire helado para apaciguar la rabia que le tensaba los hombros. Abajo, el agua negra del lago de Como reflejaba las luces titilantes de las villas lejanas.
El sonido pesado de la puerta cerrándose anunció que ya no estaban en territorio neutral.
Dereck avanzó por la terraza desierta. No se quedó a los tres pasos reglamentarios; acortó la distancia con una zancada decidida hasta detenerse a su costado, apoyando un codo sobre la piedra y clavando sus ojos grises en el perfil altivo de ella.
—Parece que la idea de su matrimonio dinástico no le hace demasiada gracia, signorina Moretti —dijo él, con una voz baja, áspera y cargada de una ironía que rozaba la provocación directa.
Martina no giró la cabeza de inmediato. Clavó la mirada en la inmensidad del lago.
—¿Te parece gracioso, Dereck?
—Me parece fascinante —respondió él, ladeando la cabeza para estudiar las sombras que la luz de las farolas proyectaba sobre la piel de Martina—. Toda Europa tiembla cuando se menciona el nombre del futuro Capo del norte. Los clanes le temen más a sus silencios que a los fusiles de sus propios padres. Y usted habla de él como si fuera un perro callejero.
Martina giró despacio el torso, enfrentándolo. La distancia entre sus cuerpos se redujo a escasos centímetros; el calor que desprendían en medio del viento invernal formaba una nube de vaho denso entre sus bocas.
—Le temen los débiles —siseó ella con un desprecio que le arrancó a Dereck una punzada salvaje en el estómago—. Le temen los idiotas como Julian y Sophie, que nacieron en cunas de oro y necesitan que un tirano les marque el paso para sentirse seguros. Yo no le temo a una sombra. Lo desprecio.
Dereck dio medio paso al frente, invadiendo el espacio hasta que la punta de sus zapatos rozó los botines de Martina. Sus ojos grises ardían con una intensidad oscura, devoradora.
—¿Por qué lo desprecia sin conocerlo? —susurró él, bajando el tono a un murmullo cavernoso que le erizó la piel del cuello a ella—. Quizá ese hombre no sea el monstruo que pintan en los salones. Quizá sea alguien que comprende el peso de esta mierda tan bien como usted.
Martina soltó una risa seca, sin una pizca de humor, levantando la barbilla para sostenerle la mirada sin ceder terreno.
—¿Comprender? Un hombre que acepta reclamar a una mujer como si fuera una yegua de cría a través de un contrato firmado cuando éramos niños no comprende nada, Dereck. Es un títere de la tradición. Un arrogante que cree que su apellido le da derecho a poseer mi vida, mis empresas y mi libertad.
Martina dio un paso más, plantando una mano firme contra el pecho cubierto por el esmoquin de Dereck, sintiendo el latido desbocado y furioso que martilleaba bajo la tela negra.
—Prefiero prenderle fuego a este continente entero antes de arrodillarme frente a un hombre al que no conozco, al que no he elegido y al que jamás voy a respetar. Si ese tal Dereck cree que voy a ser su adorno en Zúrich... va a tener que matarme primero.
Las palabras de Martina golpearon a Dereck con la violencia de una ejecución sumaria.
La miró en la penumbra de la terraza: el vestido esmeralda agitado por el viento, los ojos castaños ardiendo con un orgullo sagrado e indomable, y esa mano pequeña pero de acero apoyada directamente sobre su corazón. Una ola de celos brutales —los celos más retorcidos y enfermos de su vida, dirigidos contra su propio nombre y su propio trono— le desgarró el pecho.
Odiaba que ella despreciara al hombre que él era ante el mundo; pero al mismo tiempo, el hombre que estaba allí de pie, bajo el disfraz de un simple guardaespaldas, estaba tan perdidamente fascinado por su rebeldía que habría quemado sus propios castillos en Suiza con tal de verla mantener esa mirada encendida.
Dereck levantó la mano derecha y cubrió la mano de Martina que descansaba sobre su pecho. Sus dedos enguantados atraparon los de ella, apretándolos contra su esternón, negándose a dejarla ir.
—¿Y si ese hombre decidiera no imponerle nada? —susurró Dereck con la voz rota, jadeante por la tensión que los asfixiaba—. ¿Y si ese hombre estuviera dispuesto a arrodillarse primero para pedirle que sea su igual?
Martina se quedó sin aire.
La gravedad de la pregunta, pronunciada por su custodio con una devoción tan desgarrada y una mirada que parecía quemarle el alma, la golpeó con la fuerza de una revelación inconclusa. La mano de él sobre la suya ardía a través del cuero fino; el perfume a cedro y lluvia que envolvía a Dereck nubló por completo su instinto de defensa.
Estaban tan cerca que sus labios casi rozaban la misma respiración helada.
—Dereck... —el nombre se le escapó en un murmullo involuntario, vulnerable por primera vez.
Él no retrocedió. Al contrario: deslizó la mano desde los dedos de ella hacia su muñeca, subiendo lentamente por el brazo sano hasta acunar la curva de su cuello con una posesividad hermosa y aterradora.
—Dime que lo rechazarías, Martina —exigió él en un susurro ronco, inclinando la cabeza despacio hacia su boca—. Mírame y dime que serías capaz de rechazar a un hombre que esté dispuesto a incendiar el mundo por ti.
El silencio sobre las aguas del lago se volvió absoluto, esperando el estallido de un pacto que ninguno de los dos iba a poder detener.