Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 3: DOS CARPETAS
Harper Jones
El ascensor privado subió en un silencio sepulcral, tan rápido que el cambio de presión me provocó un chasquido doloroso en los oídos.
Al abrirse las puertas de bronce en el piso sesenta, el lujo ya no era solo ostentoso; era abrumador. Había una moquedad de lana tan densa que mis zapatillas empapadas no hacían el menor ruido al hundirse en ella, paredes revestidas de madera de nogal oscuro y ventanales de suelo a piso que dominaban todo Central Park bajo una capa de niebla gris.
El despacho de Horacio Salvatore era más grande que todo el edificio donde vivía mi madre. En el centro, presidiendo la estancia como un altar de poder, se erigía un escritorio monumental de caoba tallada.
—Déjanos, Thomas. Tú también, Jeremy —ordenó Horacio, quitándose el abrigo de paño y entregándoselo a un asistente que aguardaba en la sombra.
—Abuelo, no me parece correcto que te quedes a solas con esta... —empezó Jeremy, apretando la mandíbula con evidente molestia.
—Dije que te vayas —la voz de Horacio no se elevó una sola octava, pero fue suficiente para que su nieto se cortara en seco. Jeremy me lanzó una última mirada llena de resentimiento, una mezcla de asco y recelo, antes de salir taconando y cerrar la pesada puerta doble tras de sí.
El anciano rodeó el escritorio y se dejó caer sobre un sillón de piel negra. No me pidió que me sentara. Se limitó a juntar las yemas de sus dedos pulcros sobre la madera noble, observándome mientras una secretaria vestida de gris me entregaba una toalla blanca y una taza de café humeante sobre una bandeja de plata.
No toqué el café. Usé la toalla solo para limpiarme el agua que me caía por la frente, dejando ver el tinte rojizo y encendido de mi cabello pegado al cuello.
—Harper Jones —pronunció mi nombre con lentitud, corrigiendo el expediente sobre la mesa sin perder la compostura—. Veintitrés años. Dos trabajos. Cero antecedentes penales. Un expediente académico perfecto en la escuela secundaria que no pudiste continuar porque la salud de tu madre colapsó hace tres años.
Escuchar mi propia vida miserable resumida en cuatro frases secas en la voz de un magnate me escoció en el pecho como una quemadura de ácido.
—Sabe quién soy —dije, dando dos pasos hacia el escritorio y dejando la toalla sobre el borde de mármol—. Así que sabe que no tengo tiempo para juegos, señor Salvatore. Mi madre está en una camilla de urgencias. Si esa propiedad no se desbloquea antes del mediodía, ella no sobrevivirá.
—En esta oficina no jugamos a nada, señorita Jones —contestó Horacio, reclinándose hacia atrás—. A tu edad, la gente cree que el dinero sirve para comprar cosas. Para los hombres como yo, el dinero es simplemente un medio para moldear el comportamiento de los demás. Para controlar el caos.
El viejo estiró el brazo y, con un movimiento metódico, colocó dos carpetas de piel sobre la pulida superficie de la caoba. Una era de color negro profundo. La otra, de un tono burdeos intenso, casi como sangre seca.
—Tus opciones se reducen a lo que hay dentro de estos dos expedientes —dijo, dando un leve toque con el dedo sobre la carpeta negra—. Opción uno: La quiebra total.
Hizo una pausa, asegurándose de que yo procesara sus palabras.
—En cinco minutos haré que mi departamento legal ratifique la ejecución de la hipoteca. Tu madre será trasladada a un hospital público de beneficencia, donde la lista de espera para un tratamiento cardíaco intensivo es de seis meses. La casa de Brooklyn saldrá a subasta esta misma tarde y las pocas pertenencias que recuperes irán a parar a un depósito municipal cuyas tasas no podrás pagar. Tu sueldo como limpiadora será embargado en un cincuenta por ciento para cubrir las costas judiciales del proceso. En dos semanas, estarás en la calle, sin madre, sin casa y con una deuda que te perseguirá hasta el día en que te mueras
Sentí una punzada de náusea tan fuerte en el estómago que tuve que apretar las manos contra los costados de mi cuerpo para no tambalearme. Las palabras del viejo no eran una amenaza; eran una descripción quirúrgica, fría y exacta de mi destino inmediato. Él tenía el poder de destruirme con una firma, y los dos lo sabíamos.
—Y la segunda opción... —balbuceé, mirando fijamente la carpeta color sangre. Mis labios estaban tan secos que sentí cómo la piel se me partía.
Horacio deslizó la carpeta burdeos hacia el borde del escritorio, rozando la punta de mis dedos.
—Opción dos: El Contrato.
—¿Qué tipo de contrato? —pregunté, desconfiada, sin atreverme a tocar la piel del expediente.
—Un matrimonio. De dos años de duración —dijo él, sin que un solo músculo de su rostro se moviera.
Un silencio denso se apoderó del despacho. Parpadeé, convencida de que el cansancio y el shock me estaban haciendo escuchar alucinaciones.
—¿Un... matrimonio? ¿Con quién? ¿Con usted? —pregunté, sintiendo que una mezcla de absurdo y horror me helaba las venas.
Horacio dejó escapar una risa seca, como el crujido de papel viejo.
—Tengo setenta y cinco años, señorita Jones. No busco una esposa; busco salvar el futuro de mi apellido. El matrimonio sería con mi nieto. Jeremy.
Miré la puerta cerrada por donde el joven consentido acababa de salir hacía solo unos minutos.
—¿Jeremy? Él me odia. Me mira como si fuera una plaga.
—Jeremy es un imbécil —declaró Horacio con una frialdad implacable—. Es un muchacho superficial, irresponsable y adicto al juego y a las fiestas de la alta sociedad. En las últimas tres semanas ha destruido dos acuerdos corporativos vitales para Salvatore Corp por sus escándalos en la prensa. La junta directiva está perdiendo la paciencia, las acciones del holding están cayendo y sus travesuras están amenazando la reputación de esta familia. Necesita ser rehabilitado a los ojos de la opinión pública. Necesita dar la imagen de un hombre reformado, centrado, comprometido con una vida madura y austera.
—¿Y qué tengo que ver yo con sus escándalos de rico? —interrumpí, cruzándome de brazos, sintiendo cómo el enojo volvía a encenderse en mi pecho—. No soy una consultora de imagen.
—No. Eres algo mucho mejor para los medios de comunicación: eres una historia de redención —dijo el viejo, inclinándose hacia adelante, y por primera vez vi la chispa de una mente calculadora e implacable arder en sus ojos azules—. Una muchacha trabajadora, hermosa de una forma salvaje y natural, sin las mañas de las herederas mimadas. Jeremy salvando a la chica pobre de Brooklyn; la chica humilde enseñándole al joven heredero el valor del esfuerzo. La prensa de Wall Street se comerá la historia en un plato de oro. Las acciones subirán en cuestión de días.
—Está loco —susurré, dando un paso atrás, negando con la cabeza—. Quiere venderme como un trofeo de caridad para limpiar las porquerías de su nieto.
—Te estoy ofreciendo una transacción comercial, Harper —corrigió Horacio, golpeando la carpeta burdeos—. Abre el expediente. Lee las cláusulas antes de juzgar la cordura de mi propuesta.
Con los dedos temblándole incontrolablemente, acerqué la mano a la carpeta de piel burdeos y la abrí. La primera página exhibía un membrete dorado con el sello de la Corporación Salvatore. Las líneas impresas en tinta negra desfilaban ante mis ojos como una red impenetrable.
CLÁUSULA 1: CONSOLIDACIÓN DE DEUDA Y PROPIEDAD.
En la fecha de la firma del presente acuerdo, la Corporación Salvatore cancelará la totalidad de la deuda hipotecaria sobre el inmueble ubicado en el 412 de Hoyt St, Brooklyn, restituyendo el título de propiedad absoluto e incondicional a nombre de la Sra. Mary Jones.
CLÁUSULA 2: COBERTURA MÉDICA Y TRATAMIENTO.
Se proveerá cobertura médica ejecutiva de por vida para la Sra. Mary Jones, incluyendo el traslado inmediato al Centro Médico Salvatore, habitación privada, enfermería especializada las 24 horas y prioridad absoluta en la lista de trasplantes cardíacos del estado de Nueva York.
CLÁUSULA 3: COMPENSACIÓN FINANCIERA.
A la finalización del periodo de dos (2) años de matrimonio estipulado, y tras la firma del correspondiente divorcio por incompatibilidad irreconciliable de mutuo acuerdo, la Sra. Harper Jones recibirá la suma neta de cinco millones de dólares ($5,000,000 USD) en un fideicomiso libre de impuestos.
Las letras parecieron bailarme delante de los ojos. Cinco millones de dólares. La casa de mi madre libre de deudas. Los mejores médicos del país cuidándola, asegurándole la vida, el oxígeno, la medicina que yo había estado mendigando durante tres largos años.
Era un milagro envuelto en una trampa de oro.
—¿Y cuál es el precio real? —pregunté, levantando la vista del papel. Mi voz apenas era un hilo de aire—. Nadie regala cinco millones de dólares y un corazón nuevo por una fachada de dos años.
—El precio es tu libertad —respondió Horacio sin rodeos—. Durante veinticuatro meses, serás la esposa de un Salvatore. Vivirás donde se te ordene, asistirás a los eventos que se te indiquen y mantendrás una conducta intachable. No habrá escándalos. No habrá deslizamiento con otros hombres. Firmarás un acuerdo de confidencialidad absoluto que te prohíbe hablar con la prensa o con cualquier persona ajena a esta familia sobre los términos de este contrato. Si rompes el acuerdo, perderás la casa, el tratamiento de tu madre y serás demandada por daños a la corporación.
—¿Y Jeremy? —pregunté, sintiendo un escalofrío al pensar en ese muchacho mirando mi ropa rota con desprecio—. ¿Él sabe de esto?
—Jeremy hará lo que yo le diga porque, de lo contrario, será desheredado hoy mismo y no volverá a ver un solo dólar de mi patrimonio —dijo Horacio, levantándose de la silla con la lentitud de un depredador que sabe que su presa ya no tiene adónde correr—. Vivirán en el penthouse de Brooklyn Heights. Mantendrán las apariencias. Ante el mundo, serán el joven matrimonio perfecto. En privado, cada uno hará su vida dentro de los límites de la discreción que exige mi apellido.
—Es una mentira. Toda su vida es una mentira —espeté, apretando los dientes, sintiendo cómo el orgullo me gritaba que le arrojara la carpeta a la cara y caminara hacia la salida.
—Todas las vidas son una mentira, Harper. La única diferencia es que algunas mentiras te permiten pagar las cuentas y salvar la vida de la persona que amas, mientras que otras te dejan morir de frío en un portal —Horacio sacó un bolígrafo de fuente de oro de su bolsillo superior y lo colocó suavemente sobre la carpeta burdeos, justo al lado de la línea marcada para mi firma—. La decisión es tuya. La carpeta negra o la carpeta burdeos. La dignidad del orgullo pobre... o la salvación de tu madre.
Miré el bolígrafo de oro. Miré el ventanal donde la niebla de Manhattan parecía tragárselo todo.
En mi cabeza volvió a sonar el silbido agónico del tanque de oxígeno de mi madre. Recordé sus manos temblorosas, arrugadas por los años de trabajo duro para sacarme adelante a mí sola después de que mi padre nos abandonara sin un centavo. Recordé la mirada de pánico en sus ojos cuando los alguaciles sacaron su silla de ruedas a la acera empapada de lluvia.
Si elegía mi orgullo, mi madre se moriría en un pasillo de urgencias antes de que terminara la semana. Si firmaba esa hoja, me convertía en una mercancía, en una propiedad privada de la familia Salvatore... pero mi madre viviría. Tendría la mejor atención médica del mundo. Podría respirar sin dolor.
El orgullo era un lujo que solo podían permitirse los ricos. Los pobres solo teníamos elecciones desesperadas.
Extendí la mano derecha. Mis nudillos sangrantes rozaron la fría superficie del bolígrafo de oro. Mi alma entera parecía retorcerse en una agonía muda mientras mi mano avanzaba hacia el papel, pero mi mente ya había tomado la decisión.
—Si firmo esto... —dije, mirando al anciano directamente a sus ojos fríos de cristal—, quiero a los médicos en la clínica de Brooklyn en este mismo instante. Quiero la garantía firmada de que mi madre será trasladada al Centro Médico Salvatore antes de que caiga el sol.
Horacio Salvatore sonrió. Una sonrisa lenta, triunfante, la sonrisa de un hombre que jamás en su vida había perdido una negociación.
—Considera a tu madre a salvo, señorita Jones —dijo, ofreciéndome la pluma—. Firmes donde está la marca roja.
Tomé el bolígrafo. Puse la punta de metal sobre la línea blanca. Sentí cómo una lágrima helada corría por mi mejilla, cruzando el dolor de mi rostro, para caer directamente sobre la tinta fresca mientras escribía mi nombre.
Harper Jones.
Acababa de vender mi vida. Acababa de entregarme al diablo. Y no tenía la menor idea de que el verdadero infierno ni siquiera había empezado.