Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad
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capítulo 18. Él beso del desespero
Capítulo 18. Él beso del desespero.
Sariel alentando por zadquiel se quedó observando a Alanis escondido entre los sauces de cristal.
Alanis caminaba en silencio , con lágrimas en los ojos, estaba observando las flores de cristal, al llegar al arroyo de luz , se inclinó para ver su flujo , cuando de entre los sauces de cristal, una figura emergió con paso errático. Era Sariel. Su rostro estaba pálido, y sus ojos, que solían reflejar la serenidad de los astros, estaban inyectados de una fiebre dolorosa.
- Alanis… la nombró Sariel, su voz fue un suspiro quebrado.
Ella se puso en pie, intentando limpiar sus lágrimas.
- Sariel, no es un buen momento, yo…
- No puedo más , la interrumpió él, acortando la distancia con una urgencia que la asustó. He guardado este silencio hasta que me ha quemado las alas. He visto cómo lo miras a él, cómo esperas su aprobación, mientras yo me desvanezco en tu periferia.
Sariel la tomó por los hombros, y antes de que ella pudiera procesar la confesión, el arcángel soltó las palabras que habían estado envenenando su espíritu:
- Te amo, Alanis. Desde el primer día de la creación, mi luz solo ha brillado para encontrarte. Soltó Sariel, No me importa la ciudad de plata, no me importa Miguel. Solo me importas tú.
Sin darle tiempo a reaccionar, Sariel la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso desesperado, cargado de un hambre antigua y de la amargura de quien sabe que está perdiendo una guerra. Alanis se quedó paralizada, con las manos suspendidas en el aire, sintiendo el choque de la devoción de Sariel contra su propio corazón, que solo latía por otro.
A pocos metros, oculto por el resplandor de una columna de luz, Miguel observaba la escena. Su mano derecha se cerró sobre la empuñadura de su espada, pero no la desenvainó.
No intervino. No gritó. Simplemente dio media vuelta, dejando que la sombra de sus alas cubriera el suelo por un instante antes de desaparecer. Para él, lo que acababa de ver era la confirmación de su sacrificio: si él se apartaba, Sariel podría ser feliz. Pero por dentro, algo en Miguel murió definitivamente.
Alanis se separó de el y salió corriendo dejando a Sariel…..
Días después, Alanis buscó desesperadamente a Miguel. El beso de Sariel la había dejado sumida en una confusión agónica, y necesitaba la guía, o el perdón del hombre que amaba. La noticia de que Sariel le había robado un beso fue esparcida por Luzbel que desde la lejanía lo había presenciado, Lo encontró en la Gran Atalaya, rodeado de mapas estelares.
- ¡Miguel! , exclamó ella, con la voz llena de esperanza y dolor. Necesito hablar contigo sobre lo que pasó en el jardín, yo no quería que Sariel…
Miguel ni siquiera levantó la vista. Su presencia, que antes la envolvía como un sol cálido, ahora era un témpano de hielo que cortaba el aliento.
- No tengo interés en tus asuntos personales, Alanis dijo él, con una voz tan monótona y distante que parecía la de un extraño. Tienes un informe pendiente. Entrégalo y retírate.
- Pero, Miguel… susurró ella, sintiendo que el mundo se desmoronaba.
Alanis retrocedió, sintiendo que el pecho le ardía. El desprecio en los ojos de Miguel fue peor que la tortura de Luzbel. Salió de la atalaya con la vista nublada, hundiéndose en una tristeza tan profunda que su propia luz empezó a parpadear. Se sintió sola, y odiada por el hombre que adoraba y culpable del dolor de un amigo, justo como Luzbel había predicho.
Alanis caminó sin rumbo por los pasillos de alabastro, arrastrando sus alas que ahora lucían opacas, carentes del brillo irisado que solía definirlas.
Se refugió en la parte más profunda de los jardines, donde la luz de la Fuente de la Vida apenas llegaba. Allí, el silencio era lo único que la acompañaba, se sentó bajo la sombra de un sauce, hasta que una sombra se proyectó sobre el suelo de cristal.
- No deberías estar aquí sola, Alanis. Las sombras tienen oídos, y últimamente, también colmillos.
Era Zadquiel. El gemelo de Sariel la observaba con una mezcla de tristeza y una culpa que apenas podía disimular. Luzbel no había sido el único en ser testigo. El también había visto el beso, había visto a Miguel observar desde las sombras, y sabía que el silencio que él y Uriel guardaban era el clavo que terminaba de cerrar el ataúd de la felicidad de Alanis.
- ¿Qué quieres, Zadquiel? , preguntó ella sin mirarlo, con la voz ahogada. Si vienes a decirme que Sariel me busca, dile que… que no puedo.
- Vengo a decirte que lo siento , susurró el arcángel, sentándose a una distancia prudente. Sariel es mi otra mitad, Alanis. Su dolor es el mío. Pero verte así… marchitándote porque Miguel ha decidido convertirse en piedra para no romperse… eso es algo que ni la justicia de mi rango puede ignorar.
Alanis levantó la mirada, con los ojos enrojecidos.
- Él me odia, Zadquiel. Me mira como si fuera un error en la creación.
Zadquiel apretó los labios. Quiso decirle que Miguel la amaba tanto que prefería verla sufrir por su desprecio que verla caer por su amor, pero la mirada de Uriel, que observaba desde lo alto de una copa de un sauce antiguo, le recordó el pacto. El secreto debía mantenerse para evitar que la fractura del Séptimo Rayo fuera total.
Mientras tanto, en un rincón donde la luz no se atrevía a entrar, Luzbel observaba la escena con una satisfacción casi lasciva. El plan estaba funcionando mejor de lo que esperaba. No necesitaba legiones para tomar el cielo; solo necesitaba que los corazones más puros se volvieran unos contra otros.
- Mírala ,le dijo a una sombra que se retorcía a su lado. La pequeña joya de Miguel se está apagando. Solo hace falta un empujón más. Cuando ella pierda toda esperanza, cuando crea que su luz es la causa de la desgracia de sus amados, ella misma abrirá las puertas para que la oscuridad la reclame.
En la Atalaya, Miguel se encontraba solo. Había despedido a todos sus guardias. Se dejó caer en su asiento, cubriéndose el rostro con las manos. La armadura le pesaba más que nunca. El recuerdo del beso de Sariel a Alanis era una brasa ardiendo en su memoria, pero el recuerdo de los ojos llenos de lágrimas de ella mientras él la despreciaba era lo que realmente lo estaba matando.
- Es por tu bien ,susurró al vacío, aunque no se lo creía. Si dejas de amarme, estarás a salvo. Si me odias, sobrevivirás.
Pero en el fondo, Miguel sabía que el Séptimo Rayo , el rayo del orden y la armonía, no se estaba rompiendo por el amor, sino por la falta de valor para defenderlo. La tristeza de Alanis empezaba a filtrarse en los cimientos del cielo, y el Príncipe de las Huestes, por primera vez en la eternidad, no sabía cómo ganar esta guerra.
De esa manera el tiempo comenzó a avanzar, acercándolos más a su destino
Los días siguientes Sariel volvió a dudar sobre declarar sus sentimientos a Alanis, y su inseguridad la comenzó a resentir su poder , la luz dorada de los niveles superiores parecía más tenue de lo habitual, como si el ambiente reflejara la tensión que vibraba en el éter. Miguel permanecía de pie, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada, observando el flujo constante de las energías celestiales, mientras Gabriel caminaba de un lado a otro con una expresión de inusual seriedad.
- Lo sientes, ¿verdad? ,preguntó Gabriel, deteniéndose en seco
- . La frecuencia del rayo púrpura está oscilando. Ya no es esa nota constante y firme que Zadquiel y Sariel suelen proyectar. Hay una interferencia… algo que nace del corazón de Sariel.
Miguel asintió lentamente, sin apartar la vista del horizonte.
- Es un eco de conflicto, Gabriel. Sariel está luchando contra su propia naturaleza. El amor que siente por Alanís ha dejado de ser una chispa silenciosa para convertirse en un incendio que afecta su conexión gemela. Zadquiel está intentando sostener el peso de ambos
Gabriel suspiró, dejando que sus alas se agitaran levemente por la inquietud.
- Si Sariel no encuentra el valor para hablar con Alanis, esa energía se volverá errática. El rayo púrpura es el puente de la transmutación; si el portador está estancado en el miedo, el flujo se corta. Me preocupa que su silencio termine afectando no solo a Alanís, sino a la estabilidad de su propia esencia.
- Zadquiel ya está interviniendo ,respondió Miguel, volviéndose finalmente hacia su hermano. Pero al final, la elección es de Sariel. Nosotros solo podemos vigilar que esa tormenta interna no desgarre el tejido que los une.
La atmósfera en los niveles superiores se volvió densa, casi pesada. Miguel se alejó de la barandilla de luz, evitando la mirada inquisitiva de Gabriel, sabía que era cuestión de tiempo para que se supiera la verdad , esa verdad que había estado ocultando , el amor por Alanis le hicieron confesar todo a Gabriel, El metal de su armadura emitió un leve quejido cuando cruzó los brazos sobre el pecho, tratando de contener una emoción que amenazaba con desbordar su legendaria compostura.
- No es solo el conflicto de Sariel lo que hace vibrar el aire, Gabriel , confesó Miguel, y su voz, siempre firme como un trueno, sonó por primera vez quebradiza.Hay una carga en mi propio espíritu que no he querido nombrar.
Gabriel frunció el ceño, acercándose un paso.
- ¿A qué te refieres, hermano?
Miguel cerró los ojos, y por un instante, la imagen de Alanis inundó su mente: su brillo, su fuerza, la forma en que su luz parecía complementar la suya de una manera que desafiaba toda lógica celestial.
- Sariel no es el único que ha entregado su corazón a Alanis, soltó Miguel en un susurro cargado de culpa
- Yo también… yo también la amo. Y ese sentimiento me desgarra. No por lo que siento por ella, sino por lo que siento por él. Sariel es mi hermano, mi sangre de luz. Verlo sufrir por este amor mientras yo guardo el mismo fuego en mi interior me hace sentir como un traidor ante el vínculo que nos une.
Miguel bajó la cabeza, y su aura dorada emitió un destello de tristeza.
- ¿Cómo puedo reclamar un lugar en su vida sin destruir a Sariel? Si hablo, temo que su conexión con el rayo púrpura se quiebre definitivamente al sentir mi “traición”. Pero si callo, este amor se convierte en una carga que me impide liderar con justicia. No quiero lastimarlo, Gabriel. Preferiría desvanecerme antes que ser la causa de su dolor.
Gabriel guardó silencio durante un largo momento, dejando que las palabras de Miguel se asentaran en el aire frío de las alturas. No hubo consuelo inmediato, ni palabras suaves; solo el peso de la realidad que ambos conocían bien.
- No puedes desvanecerte, Miguel, dijo Gabriel finalmente, con una dureza necesaria
- Ahora eres el comandante de las huestes, y tu ausencia crearía un vacío que el cielo no puede permitirse. Pero tampoco puedes ignorar que el amor, cuando se oculta entre hermanos, se convierte en una raíz podrida.
Gabriel comenzó a caminar alrededor de Miguel, observando cómo la luz dorada de su hermano se enturbiaba con destellos de un carmesí oscuro, señal de su agitación interna.
- Seamos realistas: si Sariel se entera de que tú sientes lo mismo, su dolor no será solo por Alanis, sino por la jerarquía. Tú eres el mayor, el referente. Él sentirá que no tiene oportunidad de competir contra tu luz. Y si intentas sacrificarte y callar para dejarle el camino libre, ella lo notará. Alanis no es un trofeo que se cede por cortesía fraternal; ella tiene su propia voluntad y sentirá tu vacío.
Miguel apretó la mandíbula, sintiendo que cada palabra de Gabriel era una verdad que preferiría no escuchar.
- El vínculo de los gemelos y el rayo púrpura es sensible a la honestidad , continuó Gabriel
- Si intentas proteger a Sariel con una mentira, el rayo púrpura lo detectará como una nota discordante. Lo lastimarás más con tu silencio hipócrita que con tu verdad honesta. La pregunta no es cómo evitar que sufra, porque el sufrimiento ya está aquí; la pregunta es si serás capaz de sostenerlo cuando la verdad estalle.
Miguel clavó la mirada en el suelo de cristal, sintiendo que las palabras de Gabriel eran como flechas que daban en el blanco de su conciencia. La responsabilidad de su rango siempre había sido un honor, pero en ese momento, pesaba más que cualquier armadura.
- Entonces, ¿qué me pides? ,preguntó Miguel, con una amargura que rara vez se permitía mostrar
- ¿Qué camine hacia él y le diga que el hermano que tanto admira es ahora su rival? Sariel ya está al límite por su propia indecisión. Mi confesión podría ser el golpe que apague su luz definitivamente.
Gabriel se detuvo frente a él, obligándolo a sostenerle la mirada. Su expresión era implacable.
- Te pido que dejes de tratar a Sariel como si fuera de cristal y a Alanis como si no tuviera voz. Si el rayo púrpura se vuelve inestable, no será por el amor que ambos sienten, sino por la sombra de la duda que tú estás proyectando sobre todos. Si te callas por “piedad”, lo que realmente estás haciendo es subestimar la fuerza de tu hermano y robarle a Alanis el derecho de saber quién la ama de verdad.
Gabriel extendió una mano hacia el horizonte, donde las corrientes de energía seguían vibrando con el conflicto de los gemelos.
- El destino de los portadores del rayo está ligado al tuyo. Si tú vacilas, el cielo vacila. Prepárate, Miguel. Porque cuando Sariel encuentre el valor para hablar con ella, tu silencio se volverá un grito que no podrás contener. Y ese día, tendrás que decidir si eres el hermano que lo sostiene o la tormenta que lo termina de hundir.
Miguel cerró los puños, sintiendo el calor de su propia esencia dorada luchando contra el peso de la culpa. Sabía que Gabriel tenía razón: la verdad era un fuego que purificaba, pero también podía reducir todo a cenizas... Continuará