«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
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CAPÍTULO 11: LA DOCTRINA DE LOS MUTILADOS
LA DOCTRINA DE LOS MUTILADOS
Las ventanas blindadas del hostal saltaron en mil pedazos cuando los proyectiles de los transportes de los Marcados impactaron contra la fachada del edificio. El humo denso, picante y salpicado de chispas rojas invadió la habitación de inmediato.
—¡Cúbranse! —gritó Kaelen, volteando la pesada mesa de madera para usarla como parapeto improvisado mientras halaba a Valen del brazo.
Eren se asomó por la brecha de la pared destrozada y abrió fuego con el fusil en ráfagas cortas y devastadoras hacia los vehículos que bloqueaban el callejón.
—¡Ese infeliz de Nix trajo a todo su escuadrón de fanático! —vociferó Eren sobre el rugido de las detonaciones—. ¡No están usando munición de contención, están disparando a matar!
A través del pasillo destruido se escucharon pasos pesados subiendo a toda prisa por las escaleras de concreto. Segundos después, la puerta de la habitación fue derribada de una patada.
Nix irrumpió en el cuarto armado con una escopeta de pulso modificado, flanqueado por seis rebeldes con máscaras de filtrado reforzado y armaduras de choque.
—¡Suficiente, Pura Sangre! —rugió Nix, alzando el arma—. ¡Un solo movimiento y volamos la habitación entera!
Kaelen y Eren mantuvieron sus armas alzadas, apuntando directamente a la cabeza de Nix. La tensión era un hilo de acero a punto de romperse.
Me puse de pie desde la penumbra del rincón, saliendo de detrás de la cobertura. Pasé al frente de los tres Alfas, obligándolos a no disparar. Miré a Nix con los ojos ardiendo en rabia.
—Creí que querías la libertad de los Omegas, Nix —dije con voz gélida, avanzando un paso a pesar de los rifles que me apuntaban—. Pero me usaste. Nos diste ese chip para que los cazarrecompensas nos acorralaran y tú pudieras venir a coger el botín.
Nix me miró sin un solo rastro de remordimiento en su rostro cicatrizado.
—No entiendes nada, Lian —respondió Nix con vehemencia, apretando el agarre sobre su escopeta—. Los Alfas construyeron Arcadia sobre nuestras espaldas, usándonos como incubadoras, trofeos y esclavos de su celo. No se puede negociar con monstruos. Tu sangre no es para curarlos ni para que juegues a ser el dueño de tres Pura Sangre... Tu sangre es el arma definitiva para erradicar su linaje.
—¿Erradicar? —repetí, frunciendo el ceño—. Quieres usar mi aroma para provocar un colapso neurológico masivo en todos los Alfas de la ciudad.
—¡Quiero destruirlos a todos! —sentenció Nix con fanatismo en la mirada—. Si vienes conmigo, serás el símbolo de la verdadera liberación. Usaremos tu esencia como una bomba biológica sobre la cúpula del Consejo.
Lo observé en silencio durante dos segundos eternos. El humo de las explosiones se colaba por la ventana y la lluvia de La Periferia nos mojaba a todos.
—No eres un libertador, Nix —dije con un desprecio tan hondo que lo hizo dar un leve paso atrás—. Solo eres un tirano herido que quiere convertirse en el nuevo verdugo. Arcadia me convirtió en un experimento, pero tú quieres convertirme en un monstruo. Y yo no voy a ser el arma de nadie.
—Entonces no me dejas opción, Sujeto Cero —siseó Nix, alzando la escopeta para disparar a mis piernas.
—¡Valen, el vapor! —ordené en un grito.
Valen, que había estado manipulando el panel de control de incendios de la pared tras la mesa, presionó el botón de purga manual. De las tuberías del techo brotó una cortina densa de agua a presión y vapor de refrigerante hirviente que cegó a los rebeldes en un instante.
—¡Ahora! —gritó Kaelen.
Kaelen y Eren se movieron como una sola fuerza. Eren embistió a los dos primeros guardias de Nix, derribándolos contra el marco de la puerta, mientras Kaelen desarmaba a un tercero con un movimiento quirúrgico de su daga.
Aprovechando el vapor, me llevé las manos a los parches reforzados que Valen nos había colocado en el cuello antes del asedio y liberé un pulso concentrado y rápido de mi aroma. La combinación del agua, el vapor caliente y la miel tóxica saturó instantáneamente las máscaras de los Marcados.
Los hombres de Nix cayeron de rodillas en el pasillo, sujetándose el casco entre gritos de desorientación y náuseas. Nix, tambaleándose y sofocado por el veneno dulce que impregnaba el aire, cayó apoyando una mano en el suelo mientras luchaba por no perder el conocimiento.
—Nos vemos en el infierno, Nix —murmuré pasando por su lado.
Corrimos hacia la azotea del hostal mientras los disparos de la calle cesaban por la confusión en las filas de los Marcados. En el helipuerto del edificio, uno de los transportes pesados de los rebeldes había quedado desatendido con los motores encendidos.
Eren derribó al piloto de un puñetazo, tomándome de la cintura para subirme a la cabina antes de cerrar la compuerta blindada. Valen se acomodó en el asiento del copiloto mientras Kaelen tomaba los mandos del transporte, haciendo despegar la nave hacia el cielo nocturno sobre las luces de neón de La Periferia.
Nos dejamos caer en los asientos de cuero del vehículo, exhaustos, mojados por la lluvia y recuperando el aliento mientras Arcadia se convertía en un cúmulo de luces lejanas a nuestras espaldas.
—Lo logramos... —murmuró Valen, dejándose ir contra el respaldo.
Eren se sentó a mi lado, mirándome con una mezcla de orgullo salvaje y devoción contenida.
—Les diste una lección a esos infelices, Lian —dijo Eren con una sonrisa tenue, rozando la punta de mis dedos con los suyos.
De pronto, un pitido agudo y persistente interrumpió la calma en la consola central del transporte. Las pantallas de navegación parpadearon en un color dorado imperial.
—Una frecuencia de transmisión entrante de máxima prioridad —anunció Kaelen con la voz seria, mirando el monitor—. Viene directamente del sector central de Arcadia... Es la firma del Presidente del Consejo.
Eren arrugó el entrecejo y llevó la mano al arma.
—No la respondas. Es una trampa.
—Esperen —intervine, poniéndome de pie y acercándome a la pantalla—. Ábrela, Kaelen.
Kaelen presionó el botón de recepción. La proyección holográfica del Presidente Vane-Arcadia apareció en el centro de la cabina: un hombre mayor, de cabello cano, mirada glacial y la insignia dorada del Alto Consejo en el pecho.
—Sujeto Cero... Lian —habló el Presidente con una serenidad imponente—. Veo que has rechazado la locura de los Marcados y sobrevivido a la cacería de mi Guardia.
—Si envías más hombres, terminarán en el suelo igual que los anteriores, Presidente —respondí sin un solo temblor en la voz.
El Presidente esbozó una sonrisa helada a través del holograma.
—No enviaré más hombres, Lian. El experimento ha demostrado que no puedes ser contenido por la fuerza. Por eso te propongo un pacto directo: regresa a la ciudad por tu propia voluntad. Te otorgaré inmunidad absoluta, la ciudadanía de la clase alta y la libertad de elegir cuál de los tres Pura Sangre que te acompañan será tu consorte oficial.
Nos quedamos congelados en medio de la cabina en vuelo. Los tres Alfas me miraron de inmediato, con la tensión y los celos estallando de nuevo en sus miradas mientras esperaban mi respuesta ante la propuesta del gobernante de Arcadia.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."