Aurelia creía haber dejado atrás los secretos de su pasado.
Hasta que vuelve a encontrarse con Franco.
Lo que nace entre ellos los lleva a descubrir documentos ocultos, acusaciones manipuladas y una verdad que alguien lleva años intentando enterrar.
Una nueva pista los obliga a regresar al lugar donde todo comenzó.
Y allí comprenden que nada era como les contaron.
Ahora Aurelia y Franco deberán descubrir quién manipuló los acontecimientos que cambiaron sus vidas y cuánto están dispuestos a arriesgar para conocer la verdad.
Porque amar puede ser una elección.
Perdonar, otra.
Pero descubrir la verdad...
puede tener un precio demasiado alto.
NovelToon tiene autorización de SakuDiHina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12 — El contrato secreto
Walter encontró el contrato en un archivo digital que debía haber sido eliminado. El documento relacionaba a una sociedad intermediaria con una empresa que había trabajado años atrás para la familia Blackwood.
—Miren esta sección —dijo.
Andrew leyó el apartado de pagos.
—Servicios de asesoría. ¿Qué servicios?
—No aparece ningún informe que los justifique.
Aurelia pidió una copia impresa.
—¿Quién autorizó la operación?
Walter pasó a la última página.
—No hay firma del responsable final.
Franco reconoció el nombre de uno de los asesores.
—Trabajó para mi padre.
Aurelia lo miró.
—¿Lo conociste?
—De niño. Después desapareció de mi vida.
—¿Sabes por qué?
Franco negó con la cabeza.
—Y no voy a inventarlo solo porque ahora resulte conveniente.
Aurelia asintió.
—Entonces buscaremos lo que sí podamos demostrar.
La búsqueda física duró varias horas. Encontraron una copia incompleta del contrato dentro de una caja que debía haber sido destruida.
Walter comparó ambas versiones.
—Alguien quitó dos páginas.
—¿Cuáles? —preguntó Andrew.
—Las que contienen la autorización y el destinatario final.
Franco cerró los ojos unos segundos.
—Esto explica por qué la sociedad aparece tantas veces y nunca termina de mostrar quién estaba detrás.
Aurelia guardó la copia en una funda.
—No explica a Ana.
—No —respondió Franco—. Pero puede explicar quién le proporcionó recursos.
Mientras tanto, Ana recibió una llamada en un teléfono que casi nunca utilizaba.
—¿Quién es?
—El contrato apareció —dijo una voz.
Ana se puso de pie.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque llevo años sabiendo dónde están las copias.
—No vuelvas a llamarme.
—Entonces deja de improvisar.
La llamada terminó.
Ana guardó el teléfono y trató de recomponerse antes de volver donde estaban los cuatro amigos.
Víctor la encontró sola.
—¿Estás bien?
—Tengo miedo.
—¿De qué?
Ana negó con la cabeza.
—No sé cómo explicarte todo.
La segunda versión del contrato fue más reveladora que la primera. No porque contuviera más información, sino porque mostraba qué partes habían desaparecido de la copia digital.
Walter extendió las hojas.
—La autorización final falta en ambas versiones, pero aquí hay una huella de la numeración.
Aurelia señaló el margen.
—Alguien retiró páginas después de archivarlo.
Franco reconoció la firma parcial del asesor de su padre.
—No puedo asegurar que él supiera lo que estaban haciendo.
—No hace falta afirmarlo —respondió Aurelia—. Necesitamos saber qué responsabilidades tenía.
Buscaron la antigua documentación laboral y encontraron una referencia a reuniones con varias empresas.
Andrew preguntó:
—¿Y si este asesor solo era un intermediario más?
Walter respondió:
—Es posible.
Franco miró la lista.
—Entonces todavía no tenemos al responsable.
Aurelia cerró la carpeta.
—Pero tenemos un patrón.
Aquella noche, Ana volvió a recibir la llamada desconocida. Esta vez la conversación fue más breve.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó.
—Que no hables.
—Ya hice lo que me pediste.
—No. Hiciste demasiado.
Ana colgó.
Cuando Víctor la encontró, la vio guardar el teléfono.
—¿Quién era?
—Nadie.
Él no insistió.
Pero tampoco creyó la respuesta.
Walter consiguió recuperar una referencia parcial de las páginas desaparecidas del contrato.
—La autorización final llevaba un código —explicó.
Franco lo reconoció.
—Ese código fue usado por una oficina externa que trabajaba para mi padre.
Aurelia preguntó:
—¿Tienes acceso a sus archivos?
—Solo a los que fueron transferidos legalmente.
—Entonces pediremos una copia oficial.
No querían entrar en archivos privados sin autorización. La investigación avanzaba lentamente, pero cada paso dejaba menos espacio para una interpretación interesada.
La búsqueda de la autorización original los llevó a antiguos registros de correspondencia. Encontraron una carta donde el asesor pedía que ciertas instrucciones se dieran verbalmente.
Franco frunció el ceño.
—Eso explica por qué casi no hay firmas.
Aurelia respondió:
—También explica cómo podían negar después que habían dado una orden.
Walter guardó una copia.
—Esto no prueba quién lo hizo, pero demuestra que el sistema permitía ocultar responsabilidades.
Aurelia asintió.
—Y eso es exactamente lo que necesitamos demostrar primero.
Aurelia pidió que las páginas recuperadas se digitalizaran delante de dos personas del consejo.
—Quiero que podamos comparar exactamente qué tenemos hoy con lo que encontremos mañana —dijo.
Franco asintió.
—Así nadie podrá decir que apareció algo después por error.
La medida parecía pequeña, pero comenzaba a cambiar la cultura de FranLia. Los documentos dejaban de depender de la memoria de una sola persona y pasaban a formar parte de una cadena verificable.
Víctor quiso preguntar más, pero Ana lo abrazó.
Por primera vez, él sintió que algo no encajaba. No sabía qué ocultaba, pero comprendió que aquella angustia no podía ser solo por la acusación de Aurelia.
Esa noche, Aurelia revisó la copia del contrato en casa. Encontró una anotación que no había visto durante la búsqueda inicial.
Tomó el teléfono y llamó a Franco.
—Perdona la hora.
—No estaba dormido.
—Encontré algo.
Franco escuchó mientras ella explicaba la referencia.
—Mañana lo revisamos con Walter.
—Sí.
Hubo un silencio.
—Aurelia.
—¿Sí?
—No tienes que disculparte por llamarme cuando estás preocupada.
Ella sonrió al otro lado de la línea.
—Entonces tú tampoco cuando quieras saber si estoy bien.
Franco sonrió.
—Trato hecho.
La conversación terminó unos minutos después.
Aurelia dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a mirar la anotación del contrato. Intentó concentrarse en el documento, pero unos minutos más tarde escuchó que llamaban a su puerta.
Frunció el ceño.
No esperaba a nadie.
Cuando abrió, encontró a Franco frente a ella con una bolsa de comida y dos cafés.
—¿Qué haces aquí?
—Me dijiste que habías encontrado algo y que estabas revisándolo sola.
Aurelia lo miró con una mezcla de sorpresa y ternura.
—Podrías haber esperado hasta mañana.
—Podría —respondió él—. Pero también pensé que probablemente no Habías cenado.
Aurelia sonrió.
—No había cenado.
—Lo sabía.
Ella se hizo a un lado para dejarlo entrar.
—Pasa.
Franco dejó la comida sobre la mesa.
—No podemos resolver el contrato esta noche.
—Lo sé.
—Entonces podemos comer primero y preocuparnos después.
Aurelia soltó una pequeña risa.
—Me parece un buen plan.
Cenaron en la cocina, lejos de documentos y teléfonos. Por un rato, la conversación no tuvo relación con Ana, la sociedad intermediaria ni FranLia.
Hablaron de cosas más sencillas.
De cómo había sido el día.
De lo cansados que estaban.
De lo extraño que resultaba que, después de tantas horas revisando documentos, una pequeña anotación pudiera volver a abrir una investigación entera.
Después de cenar, se quedaron sentados en el sofá.
Aurelia apoyó la cabeza sobre el hombro de Franco.
—Gracias por venir.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Franco tomó su mano.
—Entonces acepto el agradecimiento.
Aurelia sonrió.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
No necesitaban hablar de la investigación.
Aquella noche, por primera vez en varios días, Aurelia no sintió que tuviera que permanecer alerta.
El contrato seguiría allí por la mañana.
La autorización desaparecida también.
Y todavía tendrían que descubrir quién había estado detrás de aquella estructura.
Pero por unas horas podían dejar los documentos a un lado.
Franco apretó suavemente su mano.
—Mañana será otro día.
Aurelia levantó la mirada hacia él.
—Sí.
Y esta vez, ninguno de los dos volvió a hablar de trabajo.