Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 16
Ayla notó al hombre de ropa oscura en cuanto dobló el último tramo del pasillo de los médicos.
No caminaba detrás esta vez. Estaba apoyado en el arco de la ventana, con los brazos cruzados, como si llevara rato esperando. Cuando ella pasó, él se enderezó despacio. No dijo nada. Solo la siguió con los ojos hasta que la puerta de la cámara se cerró detrás de ella.
Kael estaba peor que el día anterior. Tenía el sudor frío en la frente y una mano apretada contra el muslo, encima de la manta. El tablero estaba a un lado, sin usar. El carbón, sin tocar.
—Hoy no escribimos —dijo. La voz le salía apretada, como si cada palabra le costara—. Solo quédate.
Ayla se sentó en la silla junto a la ventana. Desde ahí veía un trozo del pasillo. El hombre seguía fuera. No se movía. Parecía de piedra.
Pasó un rato largo. Kael respiraba con dificultad. A veces cerraba los ojos y apretaba los dientes hasta que se le marcaban los músculos del cuello. Ayla contaba los segundos entre cada respiración. Cuando el dolor aflojaba un poco, él hablaba sin mirarla.
—Ese que está afuera… ¿lo conoces?
Ella negó con la cabeza.
—Zahir no manda a cualquiera a vigilar puertas. Si está ahí, es porque ya dio la orden de que te vigilen de cerca.
Ayla miró otra vez hacia el pasillo. El hombre seguía en el mismo sitio. Paciente.
El médico entró casi una hora después. Traía la jeringa y el frasco oscuro de siempre. Ayla se levantó para salir, pero Kael la detuvo con un gesto débil.
—Quédate hasta que se vaya.
El médico ni la miró. Se acercó a la silla, le subió la manga a Kael y le inyectó el líquido. Kael se tensó entero. Los nudillos se le pusieron blancos. Después se aflojó de golpe y dejó caer la cabeza hacia atrás. El médico anotó algo y salió. Cuando la puerta se cerró, el hombre del pasillo ya no estaba.
Ayla se acercó un poco más a la silla. Kael tenía los ojos semiabiertos.
—Si te pasa algo en los pasillos —dijo muy bajo—, no intentes pelear. Corre. Vuelve aquí.
Ella lo miró. Después tomó el carbón que quedaba en el tablero y escribió en el borde de la manta, con letra pequeña y clara:
**No corro.**
Kael leyó. Soltó un sonido entre risa y quejido.
—Claro. Olvidé a quién le estoy hablando.
Cuando Ayla salió, el pasillo estaba vacío. Bajó rápido por la escalera de servicio. El aire cambiaba a medida que descendía: menos incienso, más olor a comida y a humedad. En el rellano del medio se encontró con el hombre de ropa oscura. Esta vez no disimuló. Se interpuso en el camino, bloqueando casi todo el ancho de la escalera.
—El príncipe quiere saber tu nombre verdadero —dijo sin subir la voz—. Y de qué reino saliste.
Ayla lo miró. No respondió. No podía. El hombre dio un paso más cerca. Olía a cuero y a algo dulce, como tabaco barato.
—Puedes escribirlo. O puedo sacártelo de otra forma.
Ella no se movió. Calculó la distancia. La escalera era estrecha. Él era más alto, más fuerte, y estaba demasiado cerca. Demasiado seguro de que una esclava muda no iba a hacer nada.
Cuando él alargó la mano hacia su brazo, Ayla giró el cuerpo, le golpeó la garganta con el canto de la mano derecha y lo empujó con el hombro. El hombre perdió el equilibrio. Cayó de espaldas dos peldaños abajo y se quedó sin aire, la mano en el cuello, los ojos abiertos de sorpresa.
Ayla no esperó. Bajó corriendo el resto de la escalera. No miró atrás. No escuchó si se levantaba o no.
En el patio de los naranjos se detuvo solo el tiempo necesario para recuperar el aliento. Las manos le temblaban un poco. No de miedo. De haber golpeado después de tanto tiempo sin hacerlo. El corazón le latía fuerte, pero constante.
Lina la vio llegar y abrió los ojos.
—Estás pálida.
Ayla negó con la cabeza. Tomó el cubo. Se arrodilló. El agua estaba fría. El trapo, áspero. Fregó con más fuerza de la necesaria. El olor del vinagre le subió a la nariz y le ayudó a volver al cuerpo.
El príncipe ya había mandado a alguien a ponerle la mano encima.
Ella le había contestado sin palabras.
Y mañana tendría que subir otra vez por la misma puerta estrecha.