Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
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Capítulo 4: La tormenta tiene nombre
Las palabras de Daniel habían resonado lógicas, familiares y seguras. Alex sintió cómo el corazón se le desaceleraba y el calor del estómago se transformaba en un alivio profundo. «Claro que haría lo mismo por él», se dijo a sí mismo, dejando ir la extraña sospecha que lo había asaltado un momento antes.
Daniel era simplemente su mejor amigo, el hermano que la vida le había regalado. No había nada raro en que lo cuidara tanto.
Alex se agachó para recoger los zapatos del suelo, listo para entregárselos a Daniel y terminar de una vez por todas con la mudanza, cuando un sonido metálico los congeló a ambos.
El chirrido de una llave girando en la cerradura principal de la entrada principal retumbó en las paredes vacías del departamento
La puerta se abrió y el eco de unos pasos apresurados en el pasillo confirmó el peor temor de Alex. No hizo falta adivinar. El aroma del perfume de jazmín que inundó el lugar lo delató de inmediato. Era Camila.
—¡¿Alex?! —su voz sonó agitada, con un tinte de desesperación mientras caminaba directo hacia la habitación—. Alex, por favor, vi tu auto afuera, sé que estás aquí...
Camila se detuvo en seco bajo el umbral del cuarto. Tenía el cabello ligeramente alborotado y los ojos hinchados, pero toda la culpa que reflejaba su rostro se transformó en una mueca de sorpresa y hostilidad al ver a Daniel parado al lado de la maleta.
Alex dio un paso atrás de manera instintiva, sintiendo que la garganta se le cerraba por completo. La rabia, la humillación y el dolor de la noche anterior regresaron de golpe, como un balde de agua fría. Volver a verla en el mismo lugar donde todo se había roto era insoportable
—¿Qué hace él aquí? —preguntó Camila, apuntando a Daniel con el dedo, ignorando por un segundo la maleta llena de ropa—. Alex, esto es entre tú y yo. Necesitamos hablar a solas. Por favor, dile que se vaya.
Alex abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atoradas en el pecho. Se sentía expuesto, atrapado en una pesadilla. Miró de reojo a Daniel, buscando
desesperadamente el salvavidas que su amigo siempre le lanzaba cuando no sabía cómo defenderse.
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Alex sintió que el aire de la habitación se volvía espeso y difícil de respirar. La presencia de Camila llenaba el espacio con una tensión insoportable, y su exigencia de hablar a solas lo hacía sentir acorralado. Dio medio paso hacia atrás, buscando inconscientemente una distancia que lo protegiera de la mujer que, apenas veinticuatro horas antes, era todo su mundo.
Sin embargo, antes de que Alex tuviera que forzar una respuesta de su garganta cerrada, una silueta alta se interpuso firmemente entre él y Camila.
Daniel dio un paso al frente, cruzándose de brazos. Su postura era relajada, casi perezosa, pero la forma en que bloqueaba por completo la línea de visión de Camila hacia Alex no tenía nada de casual. Era una barrera humana infranqueable.
—A ver, Camila, analicemos la situación un segundo —soltó Daniel, ladeando la cabeza con una sonrisa ladina que no guardaba ni una pizca de calidez—. Hablas de "hablar a solas" como si estuviéramos en una cafetería
discutiendo qué película ver el fin de semana. Mi cliente VIP no tiene absolutamente nada que hablar contigo. Y si me lo preguntas, tu capacidad para dar explicaciones creativas ya agotó su límite de crédito anoche.
Camila se puso roja de la rabia, apretando los puños a los costados.
—Daniel, no te metas. Esto es un asunto de pareja. Tú solo eres el amigo. ¡No tienes ningún derecho a interponerte!
Desde atrás, Alex observó la espalda de Daniel. La palabra "amigo" pareció flotar en el aire, pero Daniel ni siquiera pestañeó. Al contrario, soltó una pequeña risa seca, llena de un sarcasmo que cortaba como el hielo.
—¿El amigo? Tienes razón. Soy el amigo que tuvo que levantar los pedazos de Alex a las tres de la mañana mientras tú estabas ocupada... bueno, redefiniendo el concepto de fidelidad en esa cama —respondió Daniel, señalando las sábanas revueltas con un gesto despectivo de la barbilla—. Así que, técnicamente, como su guardaespaldas oficial y encargado de control de plagas emocional, tengo todo el derecho del mundo.
—¡Alex! —gritó Camila por encima del hombro de Daniel, con los ojos llenos de lágrimas falsas o reales, Alex ya no podía distinguirlo—. ¿Vas a dejar que me hable así? ¡Por favor, escúchame! Fue un error, yo te amo...
Verla intentar manipular la situación con lágrimas provocó una mezcla de náuseas y una extraña claridad en el pecho de Alex. Miró a Daniel, quien se mantenía firme, con la
mandíbula tensa pero sosteniendo la mirada de Camila con una calma desafiante.
Alex comprendió que no tenía por qué tener miedo. No estaba solo. La presencia de Daniel le dio el valor que le faltaba. Dio un paso hacia el lado, saliendo de la sombra de su amigo, pero manteniendo una distancia clara con Camila. Miró a su exnovia a los ojos, sintiendo por primera vez que el dolor se transformaba en una fría determinación.
—Daniel tiene razón, Camila —dijo Alex, con la voz firme, aunque un poco ronca—. No hay nada que hablar. Vine por mis cosas y ya terminamos.
Daniel volteó a mirarlo de reojo, y Alex pudo jurar que vio un destello de genuino orgullo y un profundo alivio cruzar por los ojos de su amigo, antes de que Daniel volviera a encarar a Camila con su habitual sonrisa burlona.
—Ya escuchaste a la autoridad competente —concluyó Daniel, tomando la manija de la maleta con una mano y usando la otra para guiar suavemente a Alex hacia la salida—.
Ahora, si nos disculpas, el estacionamiento nos espera y mi tarifa por hora acaba de subir por exposición a escenas melodramáticas