Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 24: MI LUGAR ME LO GANÉ YO
El regreso a Medellín llegó demasiado rápido.
Valentina había disfrutado cada minuto en Cartagena.
La playa.
Las caminatas.
Las conversaciones.
Los besos.
Y, sobre todo, aquella sensación de haber descubierto una versión completamente diferente de Maximiliano.
Una versión que no existía dentro de las paredes de Grupo Blackwood.
Pero ahora estaban de vuelta.
Y el trabajo los esperaba.
Durante el trayecto, Valentina permaneció mirando por la ventana.
Maximiliano conducía.
—Estás pensando demasiado —dijo él.
Ella sonrió.
—¿Cómo sabes?
—Porque llevas quince minutos mirando el mismo lugar.
—Estoy pensando en lo que dijo Laura.
—No tienes que preocuparte.
Valentina lo miró.
—Sí tengo.
—¿Por qué?
—Porque quiero resolverlo yo.
Maximiliano entendió inmediatamente.
—Está bien.
—¿No vas a intervenir?
—No, a menos que me lo pidas.
Valentina sonrió.
—Gracias.
—Confío en ti.
Aquellas tres palabras hicieron que ella se sintiera mucho más tranquila.
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A primera hora de la mañana siguiente, Valentina llegó a Grupo Blackwood.
Había una reunión esperándola.
Entró a la sala de dirección estratégica.
Alejandro ya estaba allí.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Descansaste?
—Mucho.
Alejandro sonrió.
—Me alegra.
Valentina tomó asiento.
Poco después llegaron otros miembros del equipo.
El director financiero abrió la reunión.
—Tenemos que revisar la propuesta presentada la semana pasada.
Valentina abrió su carpeta.
—¿Cuál es el problema?
—Algunos accionistas creen que el proyecto necesita modificaciones.
—¿Qué modificaciones?
El hombre le entregó unos documentos.
Valentina comenzó a revisarlos.
Después de unos minutos levantó la mirada.
—No estoy de acuerdo.
Todos la observaron.
—¿Por qué? —preguntó uno de los directivos.
—Porque estas modificaciones reducen la rentabilidad del proyecto y aumentan los costos operativos.
Alejandro revisó los números.
—Tiene razón.
El director financiero frunció el ceño.
—¿Estás segura?
Valentina tomó una hoja.
—Completamente.
Explicó cada punto.
Mostró cifras.
Comparó escenarios.
Presentó alternativas.
Cuando terminó, la sala quedó en silencio.
Alejandro fue el primero en hablar.
—Creo que deberíamos mantener la propuesta original.
El director financiero miró los documentos.
—Estoy de acuerdo.
Valentina respiró tranquila.
No había necesitado a Maximiliano.
Había defendido su trabajo por sí misma.
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Al salir de la reunión, Alejandro la alcanzó.
—Excelente trabajo.
—Gracias.
—Ahora entiendo por qué Maximiliano confía tanto en ti.
Valentina sonrió.
—Espero que algún día dejes de relacionar mi trabajo con él.
Alejandro la miró.
—Tienes razón.
—No quiero que parezca que estoy aquí por ser su pareja.
—Entonces voy a empezar a llamarte por lo que eres.
—¿Y qué soy?
—Una excelente profesional.
Valentina sonrió.
—Eso me gusta más.
---
Mientras tanto, en el despacho de Maximiliano, Santiago acababa de entrar.
—¿Ya hablaste con Valentina?
—No.
—¿Por qué?
—Quiere resolver esto sola.
Santiago sonrió.
—Eso es bueno.
—Sí.
—Estás aprendiendo.
Maximiliano levantó una ceja.
—¿Qué?
—A dejar de querer resolverle todo.
—Estoy intentando.
—Se nota.
Maximiliano miró hacia el ventanal.
—Quiero que tenga su propia carrera.
—Entonces deja que la construya.
—Lo sé.
Santiago sonrió.
—Aunque debo admitir algo.
—¿Qué?
—Me sorprende verte así.
—¿Así cómo?
—Enamorado.
Maximiliano soltó una pequeña risa.
—A mí también.
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Esa tarde, Valentina recibió un correo.
Asunto: Revisión de estructura directiva.
Lo abrió.
La junta había aprobado formalmente la nueva estructura.
Su cargo quedaba completamente separado de la línea directa de Maximiliano.
Además, habían aprobado un nuevo proyecto bajo su liderazgo.
Valentina leyó el documento dos veces.
Era una oportunidad enorme.
Por primera vez, su nombre aparecía asociado a un proyecto propio.
Sin depender de nadie.
Sonrió.
Tomó el teléfono.
Quería llamar a Maximiliano.
Pero se detuvo.
No.
Primero quería terminar de leer todo.
Cinco minutos después, alguien llamó a su puerta.
Era él.
—¿Puedo?
Ella sonrió.
—Claro.
Maximiliano entró.
—¿Cómo salió?
Valentina levantó el documento.
—Bien.
—¿Bien?
—Muy bien.
Él sonrió.
—Lo sabía.
Ella se levantó.
—Me dieron un proyecto propio.
Maximiliano sonrió con orgullo.
—Te felicito.
Valentina lo abrazó.
—Estoy feliz.
Él la sostuvo.
—Te lo mereces.
Ella se separó.
—Y quiero que quede claro algo.
—¿Qué?
—Esto lo hice yo.
Maximiliano sonrió.
—Siempre lo supiste.
—Quería escucharlo de ti.
—Entonces escúchalo bien.
La miró directamente.
—Estoy orgulloso de ti, Valentina.
Ella sonrió.
—Gracias.
---
Esa noche decidieron cenar juntos.
No en un restaurante elegante.
No en un lugar exclusivo.
Simplemente compraron comida y regresaron al apartamento de Maximiliano.
Valentina se quitó los zapatos y se acomodó en el sofá.
—Esto me gusta más.
—¿Qué cosa?
—Esto.
Señaló la comida sobre la mesa.
—Sin trajes.
—Sin reuniones.
—Sin accionistas.
—Sin periodistas.
—Sin gente mirando.
Maximiliano sonrió.
—Solo nosotros.
—Exactamente.
Comieron mientras hablaban de todo y de nada.
Hasta que Valentina dejó los cubiertos.
—Tengo una pregunta.
—Dime.
—¿Qué quieres para el futuro?
Maximiliano la miró.
—¿En qué sentido?
—En todos.
Él pensó unos segundos.
—Quiero seguir haciendo crecer la empresa.
—Eso era predecible.
—También quiero viajar.
—Me gusta.
—Quiero tener una casa que realmente sienta como hogar.
Valentina sonrió.
—Eso me gusta más.
—Quiero una familia.
Ella bajó la mirada.
—¿Conmigo?
Maximiliano se acercó.
—Si tú quieres.
Valentina lo miró.
—Sí quiero.
Él tomó su mano.
—Entonces algún día.
—Algún día.
Se quedaron mirándose.
Sin prisa.
Sin presión.
Solo una promesa que todavía no necesitaba fecha.
---
Más tarde, mientras Valentina se preparaba para irse, Maximiliano la acompañó hasta la puerta.
—¿Nos vemos mañana?
—Sí.
Ella se acercó para despedirse.
Pero antes de que pudiera besarlo, él la detuvo suavemente.
—Espera.
—¿Qué?
—Quiero preguntarte algo.
—Dime.
Maximiliano respiró profundamente.
—¿Quieres que pasemos las próximas vacaciones juntos?
Valentina sonrió.
—¿Ya estás planeando las próximas?
—Estoy aprendiendo a planear cosas que no tienen que ver con negocios.
—¿Y a dónde iríamos?
Él sonrió.
—A donde tú quieras.
—Entonces lo pensaré.
—¿Eso significa que sí?
—Significa que tendrás que convencerme.
—Acepto el desafío.
Valentina se acercó y lo besó.
—Buenas noches, Maximiliano.
—Buenas noches, Vale.
Ella se detuvo.
Era la primera vez que él la llamaba así.
Valentina sonrió.
—¿Vale?
Maximiliano se encogió de hombros.
—Creo que ya me gané ese privilegio.
Ella lo miró durante unos segundos.
—Tal vez.
Y salió.
Maximiliano cerró la puerta con una sonrisa.
Pero apenas se quedó solo, su teléfono sonó.
Era su padre.
—¿Sí?
—Necesito hablar contigo mañana.
—¿Sobre qué?
Hubo una pausa.
—Sobre una decisión que voy a tomar respecto a Grupo Blackwood.
Maximiliano frunció el ceño.
—¿Qué decisión?
—Mañana te lo explicaré.
La llamada terminó.
Maximiliano se quedó mirando la pantalla.
No sabía qué estaba preparando su padre.
Pero algo estaba a punto de cambiar nuevamente.
Y esta vez, aquella decisión podía afectar no solo a la empresa…
sino también al futuro que acababa de empezar a imaginar con Valentina.