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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: Suegrita

—¿Y cómo le digo a mi mamá que se llama?

Dulce lo preguntó con la bolsa de naranjas en las piernas y el cinturón de seguridad raspándole el cuello. El señor Valdez manejaba él mismo, sin don Lupe, con una mano en el volante y una camisa blanca sin corbata. Le había hecho caso.

—Andrés —dijo él, sin apartar la vista del Periférico.

—¿Andrés? —Ella se volteó en el asiento—. Pero el anuncio decía Octavio.

—Octavio es para los anuncios. —Tardó medio segundo y cambió de carril—. Para tu mamá, Andrés.

Ah. Claro. Un señor que pega anuncios en los postes buscando quién le dé un hijo no va por la vida regalando su nombre de verdad. Todo lo del señor Valdez tenía lógica si una no se ponía a pensarle mucho.

—Andrés —repitió ella, para acostumbrarse la lengua—. Bueno. Usted era cliente de la fábrica, de La Abundancia, ¿sí? Compraba al mayoreo.

—¿Qué compraba?

—Chiles en lata. —Lo pensó—. Muchos chiles en lata.

—Muchos chiles en lata —dijo él.

—Y me prestó el dinero porque nos conocimos ahí y le caí bien.

—Me caíste bien.

—No se ría.

—No me estoy riendo.

Tenía la comisura torcida para arriba. Se estaba riendo.

—Otra cosa. Mi mamá acaba de salir de una operación del estómago. Si le pregunta algo feo, usted cambia de tema. Si se pone a llorar, le da un pañuelo. Y si le ofrece gelatina, se la come, aunque sea de hospital.

—¿Algo más?

—Que no se le note lo… —Dulce hizo un gesto vago hacia él, hacia todo él— lo rico.

—Es una camisa blanca —dijo él, bajando la vista a su propia camisa.

—Pues se ve cara. Y el reloj, quíteselo. Mi mamá le pone precio a todo nomás de verlo.

En el siguiente alto él se desabrochó el reloj y lo guardó en la guantera. Dulce alcanzó a ver que la correa era de piel de verdad, de esa que no se cuartea.

—¿Así?

—Así. Ahora parece de Iztapalapa. —Lo pensó mejor—. Bueno, de la Narvarte.

* * *

Chayo estaba sentada en la cama, con la bata de flores del hospital y el celular a dos dedos de la nariz. Dulce alcanzó a ver una página de Facebook llena de fotos de niños chiquitos y un letrero azul arriba, ¿Me Reconoces?, antes de que su mamá apretara el botón del costado con tanta fuerza que la pantalla se fue a negro.

Seguro otra cadena de oración. Su mamá se las creía todas.

—Ma. —Dulce jaló la cortina de la cama de al lado para darles tantito espacio—. Te traje a tu futuro yerno.

—Mucho gusto, suegrita. —Él se inclinó y le tomó la mano a Chayo con las dos suyas—. Andrés Valdez.

Suegrita. Eso no lo habían ensayado. Dulce se puso roja y fingió acomodar la bolsa de naranjas en el buró.

—Estás muy guapo, mijo. —Chayo lo miró de arriba abajo, despacio, igual que revisaba los jitomates en el tianguis antes de pagarlos—. ¿Cuántos años tienes?

—¡Los que tiene! —contestó Dulce antes que él.

Él sonrió y no contestó. Chayo miró a su hija igual que cuando llegaba tarde de la prepa, y luego volvió con él.

—Oye, mijo. Y esa lana que le prestaste…

—Dulce no tiene precio, suegrita. —Lo dijo sin levantar la voz—. Eso no es nada.

Chayo se quedó callada. Después buscó la mano de su hija sobre la sábana, la levantó y la puso dentro de la mano de él.

La mano de él estaba tibia y seca. La de Dulce, empapada.

—Andrés, pásame… —Se mordió la lengua—. Páseme la silla, por favor.

—¿Todavía le hablas de usted, mija?

—Es de respeto, ma. Es mayor.

—¿Mayor? —Chayo lo volvió a mirar: pelo negro, ni una cana—. Si está bien chamaco.

Él tosió. Dulce le arrimó la silla con tanta prisa que le pegó en la espinilla.

—¿Gustas, mijo? —Chayo le acercó el vasito de gelatina verde de la charola de la cena—. A mí nomás me dejan esto y caldito sin sal. Ya me tiene harta.

Él miró a Dulce. Dulce le hizo ojos: cómasela. Él quitó la tapa de aluminio, se comió la gelatina entera con la cucharita de plástico y le dio las gracias a Chayo como si le hubieran servido un mole.

—Ese sí es hombre —dijo Chayo—. Come lo que le dan y no hace caras.

—Ma.

—¿Qué? Es la verdad.

* * *

—¿Y ese señor? —Mari ni la saludó. Se asomó por encima del mostrador de la estación de enfermería, con el uniforme recién puesto para el turno de noche.

—Luego te cuento.

—Luego me cuentas, luego me cuentas. —Mari metió la mano en la bolsa y sacó una naranja—. ¿Y esto?

—De un árbol.

—¿De cuál árbol, güey?

—Luego te cuento. Repártelas con las del turno, son como treinta.

Dulce le dejó la bolsa entera y se regresó por el pasillo casi corriendo. La puerta del cuarto había quedado emparejada. Iba a empujarla cuando oyó a su mamá, bajito.

—…vendió su trenza, Andrés. Le llegaba a la cintura. Empeñó la cadenita que le di. Y un grupo de Facebook le iba a comprar un riñón. Mari la paró. Y en la oficina de trabajo social se hincó…

Dulce se quedó con la mano en la puerta. Las orejas le ardían.

Ella nunca le había contado eso a nadie. Ni a Mari, lo de hincarse. Lo sabía su mamá, que había entrado a la oficina a levantarla del piso, y lo sabía la cámara del techo, y ya.

Empujó.

Él estaba junto a la ventana, de espaldas a la cama. Cuando volteó tenía los ojos rojos. Tosió dos veces, fuerte, y se pasó el pulgar por la nariz.

—Se me metió algo —dijo.

—Ma, ¿qué le andas contando?

—Nada, mija. Cosas.

Él le miró el pelo, que ya no le llegaba ni a los hombros. Dulce se lo acomodó detrás de la oreja, agarró una naranja del buró y se puso a pelarla para su mamá.

* * *

A las siete y media se abrió la puerta sin que nadie tocara.

—Buenas noches, doña Rosario. A ver, ¿cómo va esa cicatriz? —El doctor Villegas levantó la vista de la carpeta y se frenó en seco. Se le iluminó toda la cara—. ¡Licenciado Adri…!

—Andrés. —Él se levantó de la silla y le tendió la mano—. El futuro yerno de la señora. Le encargo mucho a mi suegra, doctor.

—Andrés. Claro. Andrés. —El doctor le estrechó la mano con las dos suyas y la sacudió un buen rato. Carraspeó—. Por supuesto. Aquí la tenemos vigilada.

Dulce solo había alcanzado a oír la primera palabra. Licenciado. ¿Licenciado en qué? ¿Abogado? A lo mejor por eso tenía tanto dinero, porque cobraba por divorcios. Y el doctor Villegas era el director del hospital; ella lo había visto una sola vez, de lejos, en la foto enmarcada del vestíbulo. ¿Desde cuándo el director pasaba a ver a las señoras del cuarto compartido?

Media hora después llegaron dos camilleros, una enfermera con carpeta y el doctor Villegas en persona, y a Chayo la subieron al quinto piso con todo y suero. El cuarto nuevo tenía un sillón que se hacía cama, un refrigerador chiquito, una tele colgada de la pared y una ventana de piso a techo con la ciudad prendida del otro lado.

Dulce se quedó parada en la puerta con la libreta de cuentas en la mano. El doctor ya iba de salida.

—Doctor, ¿cuánto…?

—No se preocupe, señorita. Fue una reasignación de camas.

Ella abrió la libreta de todos modos. Escribió Cuarto VIP y, al lado, un signo de interrogación que le quedó chueco.

—Tu novio tiene palancas, mija. —Chayo se acomodó en las almohadas nuevas como reina de telenovela.

—No es mi… —Dulce cerró la libreta—. Sí, ma. Tiene palancas.

A él le sonó el celular. Dulce vio el nombre en la pantalla antes de que la volteara: don Humberto. Él contestó con dos palabras —ahorita voy— y colgó. Se agachó a despedirse de Chayo y luego, sin avisar, le dio a Dulce un beso en la comisura de la boca, ni en la boca ni en el cachete.

—Me voy, Dulce.

La puerta se cerró detrás de él. Dulce se quedó quieta junto a la cama, con el corazón golpeándole fuerte. Era un trato: un señor de cincuenta años con un anuncio en un poste, y un beso para que su mamá se lo creyera.

Chayo se reía bajito en la cama.

—¿De qué te ríes, ma?

—De nada, mija. De que te quedaste tiesa.

* * *

A las once, en el rincón de café junto a los elevadores, Mari se tomaba su descanso con un americano de máquina y el celular en la mano. Dulce tenía los pies arriba de la silla de enfrente y otra naranja a medio pelar.

—Ya, cuéntame del señor.

—Es un cliente de la fábrica.

—Ajá. Y yo soy la reina de Inglaterra. —Mari deslizó el dedo por la pantalla, aburrida, y de pronto se enderezó—. Espérate. ¿Esta no es tu hermanastra?

Dulce se asomó. Era Yesenia, claro. Pestañas de mentiras, labios recién inflados, una selfie en un escritorio con un logo plateado detrás: Grupo Hinojosa. El texto encima decía: #NuevaEtapa secretaria del mero mero.

—Qué bueno —dijo Dulce—. Que la aguante otro.

Mari pasó a la siguiente historia. Un video corto, movido: un salón privado con sillas de terciopelo verde, copas, una mesa larga de señores de traje. Dulce conocía ese terciopelo. Lo había visto de reojo el sábado, cargando charolas de platos sucios hacia la cocina de Casa Valdés.

El texto de Yesenia, con un emoji de ojitos y otro de carita espantada, decía: cenando con puro empresario, el dueño de Grupo Valdés dice que ya le gusta alguien. La cámara pasó rápido por encima de la mesa, de un traje a otro, sin que se alcanzara a ver ninguna cara.

—Uy —dijo Mari—. ¿Grupo Valdés no es el del restaurante donde lavabas platos?

—Qué me importa un ricachón. —Dulce le arrancó un gajo a la naranja y se lo metió a la boca.

Y deslizó la historia con el dedo.

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Hilda Estrada
hermosa historia escritora: gracias, 🥰👍
Hilda Estrada
cuánto odio, desgracia x que?😡
Hilda Estrada
Ese señor, para eso la buscó tantos años, para amargarle la vida xD 😡
Jessica
Dios mío yo creo q el se enamora de ella
Jessica
yo ubiese sabido q uno podía vender la virginidad no se la ubiese dado al lempo q se la regale
Miriam Colín: /Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
total 1 replies
Jessica
hay Dios mio
Jessica
uno necesitado de plata hace cualquier estupides
Hilda Estrada
Dulce, ya eres adulta, decide x ti, si lo amas lucha x el, tus papás ya vivieron su vida😡
Hilda Estrada
x que los papás arrastran a su hija de sus problemas con la familia de Andrés, que feo, los hijos no tienen la culpa 😡
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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