Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap1
Todos en la ciudad habían oído hablar de Haniel.
Algunos pronunciaban su nombre con admiración. Otros bajaban la voz, como si hablar demasiado de ella pudiera traerles problemas. Había quienes la consideraban afortunada y quienes estaban convencidos de que una belleza como la suya nunca podía venir acompañada de una vida sencilla.
A los dieciséis años, Haniel ya había descubierto algo que muchas personas tardaban décadas en comprender: la belleza podía abrir puertas.
Y ella sabía exactamente cómo utilizarla.
Su piel clara parecía porcelana bajo determinadas luces, las facciones delicadas le daban una apariencia casi inocente, aunque bastaba con observarla unos segundos para descubrir que había algo más detrás de aquella expresión tranquila.
Sus ojos eran lo más extraño.
A veces parecían verdes.
Con el sol podían adquirir tonos miel.
En lugares oscuros se volvían grises y, dependiendo del reflejo de la luz, llegaban a parecer ligeramente azulados.
Pero ni siquiera sus ojos explicaban por qué las personas solían fijarse en ella.
Era la manera de caminar.
La seguridad con la que levantaba la cabeza.
La sonrisa que aparecía justo cuando sabía que alguien estaba observándola.
Haniel podía entrar en una habitación sin decir una palabra y, unos segundos después, varias conversaciones habrían perdido el hilo.
Lo sabía.
Y le gustaba.
Todavía no entendía qué precio podía tener llamar tanto la atención.
Aún tenía dieciséis años.
Todavía creía que todo lo que deseaba podía convertirse en suyo simplemente porque lo deseaba con suficiente fuerza.
Aquella tarde, por ejemplo, debería haber estado en clases.
En lugar de eso, estaba sentada sobre una manta extendida en la arena, con los pies hundidos en la playa y el cabello agitándose con el viento.
A su lado, Olivia llevaba varios minutos luchando contra una bolsa de papas.
—No puede ser —murmuró, tirando nuevamente del plástico—. ¿Quién fabrica estas cosas?
Zamira la miró desde la otra esquina de la manta.
—Una persona que evidentemente no quiere que comamos.
—Pues está funcionando.
Olivia volvió a intentarlo.
Nada.
Haniel la observó durante unos segundos antes de estirar la mano.
—Dame eso.
—¿Tú vas a poder?
—Claro.
—Llevas cinco minutos riéndote de mí.
—Precisamente. He estudiado tu técnica.
Olivia le entregó la bolsa con expresión desconfiada.
Haniel la sostuvo, hizo un pequeño movimiento con las manos y tiró con fuerza.
El plástico cedió inmediatamente.
—¿Ven?
Levantó la bolsa como si acabara de ganar una competencia.
—Solo necesitaban a alguien competente.
Zamira soltó una carcajada.
—No, necesitaban a alguien desesperada.
Haniel le lanzó una papa.
—Cállate.
Olivia atrapó otra.
—Por eso te queremos.
Las tres comenzaron a reír.
Era una tarde sencilla.
De esas que parecen insignificantes mientras ocurren y que, años después, terminan convirtiéndose en uno de los recuerdos más importantes de una época.
Habían mentido para estar allí.
Sus padres creían que estaban estudiando juntas para un examen.
Los profesores pensaban que alguna de ellas estaba enferma.
Ninguna estaba enferma.
Simplemente tenían dieciséis años y habían descubierto que una tarde de playa podía parecer mucho más importante que cualquier clase.
El sol descendía lentamente sobre el horizonte.
Olivia hablaba de su futuro con la misma seguridad con la que hablaba de cualquier otra cosa.
—Yo quiero una casa grande —dijo mientras comía otra papa—. Pero grande de verdad. Con jardín.
—¿Para qué quieres tanto espacio? —preguntó Zamira.
—Para mis hijos.
Haniel la miró.
—¿Ya sabes que vas a tener hijos?
—Claro.
—¿Cuántos?
Olivia levantó los dedos.
—Dos.
—¿Y si tienes tres?
—Entonces tendré tres.
—¿Y si tienes cinco?
Olivia hizo una mueca.
—No exageres.
Zamira se rio.
—Ya está planificando hasta los hijos que todavía no tiene.
—Alguien tiene que hacerlo.
Haniel sonrió, pero no dijo nada.
Ella también tenía sueños.
Solo que eran diferentes.
No pensaba demasiado en una casa.
Ni en un esposo.
Ni siquiera en hijos.
Cuando imaginaba su futuro, veía aeropuertos, hoteles, ciudades desconocidas, vestidos, fotografías, fiestas, playas, restaurantes elegantes y una vida que jamás pudiera confundirse con una existencia aburrida.
Quería vivir.
Y quería hacerlo intensamente.
—Yo no voy a tener una vida aburrida —dijo de repente.
Olivia giró hacia ella.
—¿Y quién dijo que la vas a tener?
—Nadie.
Haniel se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Pero pienso asegurarme.
Zamira la observó durante unos segundos.
—Eso sonó peligrosamente parecido a una amenaza.
Haniel abrió los brazos.
—¿Yo? Soy un ángel.
Olivia soltó una carcajada.
—Tú eres cualquier cosa menos un ángel.
—Qué falta de respeto.
Las tres volvieron a reír.
Ninguna sabía todavía que aquella amistad había empezado precisamente porque las tres habían decidido que las demás no les caían bien.
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Olivia y Zamira no se habían soportado al principio.
No había ocurrido nada particularmente grave.
Simplemente se habían visto, habían sacado conclusiones y habían decidido que no tenían absolutamente nada en común.
Una era más abierta y familiar.
La otra prefería observar antes de hablar.
Sus familias eran distintas.
Sus personalidades también.
Hasta que empezaron a descubrir pequeñas coincidencias.
Vivían en la misma urbanización.
Utilizaban prácticamente el mismo transporte.
Conocían a las mismas personas.
Y, sobre todo, tenían un enemigo en común.
Los Medina.
Tres primos que parecían haber convertido el colegio en su territorio privado.
Tenían dinero, apellidos conocidos y la seguridad de quienes habían crecido sabiendo que casi siempre habría un adulto dispuesto a solucionar sus problemas.
Se burlaban de otros estudiantes, presumían de sus familias y trataban a quienes tenían menos como si fueran inferiores.
Olivia los detestaba.
Zamira tampoco podía soportarlos.
Haniel...
Haniel había descubierto que odiar a alguien podía ser mucho más divertido cuando se hacía con una sonrisa.
No necesitaba gritarles.
Le bastaba una frase.
Una mirada.
Un comentario aparentemente inocente.
Y después observar cómo las cosas comenzaban a complicarse para ellos.
Fue una mañana cualquiera, en el baño del colegio, cuando las tres terminaron hablando por primera vez.
Haniel estaba frente al espejo buscando algo dentro de su bolso.
—No puede ser...
Abrió un compartimento.
Después otro.
—¿Qué buscas? —preguntó Olivia.
—Mi labial.
Zamira se lavaba las manos.
—¿Y por qué crees que está ahí?
—Porque lo puse ahí.
—Entonces debería estar ahí.
Haniel la miró por el espejo.
—Gracias por la brillante conclusión.
Olivia se rio.
—Déjala.
Haniel volvió a registrar el bolso.
Nada.
Finalmente se giró hacia Zamira.
—¿Tienes uno?
Zamira levantó una ceja.
—¿Por qué tendría uno?
Haniel señaló sus propios labios y después los de ella.
—Porque llevas uno puesto.
Olivia soltó una carcajada.
Zamira intentó mantener la seriedad, pero terminó sonriendo.
Sacó un labial de su bolso y se lo entregó.
—Toma.
—Gracias.
Haniel se aplicó el labial frente al espejo.
Durante unos segundos solo se escuchó el ruido del agua.
Después Olivia comenzó a hablar de una profesora.
Zamira respondió.
Haniel agregó algo.
Luego vino otra conversación.
Y otra.
Cuando salieron del baño, habían pasado casi una hora juntas.
Antes de llegar al siguiente salón, Olivia ya había propuesto verse después de clases.
Ninguna se dio cuenta de que aquello era el comienzo de algo que terminaría durando muchos años.
Primero fueron los recreos.
Después las salidas.
Las tardes en la playa.
Las fiestas.
Las caminatas sin rumbo.
Las llamadas hasta la madrugada.
Las excusas inventadas para poder verse.
Una noche, mientras hablaban por teléfono, Zamira preguntó:
—¿Qué les dijiste en tu casa?
—Que estaba estudiando —respondió Olivia.
Haniel se rio.
—Yo también.
—¿Y estabas estudiando? —preguntó Zamira.
Haniel se acomodó en la cama.
—Por supuesto.
—¿Qué?
Haniel levantó un vaso de jugo que tenía al lado.
—La vida.
Hubo un silencio.
Después las otras dos comenzaron a reír.
—Eres imposible —dijo Olivia.
—Pero me quieren.
—Eso todavía está en discusión —respondió Zamira.
Haniel sonrió.
En el fondo sabía que la querían.
Y ella también las quería.
Aunque todavía no entendiera que algunas amistades terminan convirtiéndose en una especie de familia.
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Haniel siempre había llamado la atención.
Desde pequeña había participado en concursos de belleza y aprendido a desenvolverse frente a cámaras, jueces y desconocidos.
No le costaba sonreír.
No le costaba entrar en un lugar y sentirse cómoda.
Tampoco le molestaba que la miraran.
Al contrario.
Le gustaba.
Había algo adictivo en saber que podía aparecer en un sitio y conseguir que alguien levantara la cabeza para seguirla con la mirada.
No pensaba que fuera mejor que los demás.
Simplemente le gustaba sentirse especial.
Todavía no sabía que esa necesidad de sentirse deseada crecería con los años.
Ni que algún día tendría que aprender a diferenciar entre ser admirada y ser verdaderamente querida.
Aquella tarde, mientras recogían las cosas de la playa, Haniel volvió a mirar el mar.
El cielo estaba cambiando de color.
El naranja del atardecer se mezclaba con tonos rosados y violetas.
Zamira siguió su mirada.
—¿En qué piensas?
Haniel tardó unos segundos en contestar.
—En que algún día vamos a separarnos.
Olivia dejó de guardar las cosas.
—No digas eso.
—Es verdad.
—Pues no quiero.
Haniel sonrió.
—No depende completamente de nosotras.
Zamira permaneció callada.
Después extendió una mano hacia el centro de la manta.
—Entonces hagamos una promesa.
Olivia la miró.
—¿Cuál?
—Pase lo que pase, vamos a volver a encontrarnos.
Olivia colocó su mano sobre la de Zamira.
Haniel observó ambas durante un instante.
Después puso la suya encima.
—Trato hecho.
—¿De verdad? —preguntó Olivia.
Haniel sonrió.
—De verdad.
Las tres permanecieron así unos segundos.
Tres manos.
Tres adolescentes.
Una promesa que parecía sencilla.
Ninguna podía imaginar cuántas veces tendrían que cumplirla.
Porque todavía no conocían los viajes que las separarían.
Los hombres que entrarían en sus vidas.
Las decisiones que cambiarían su amistad.
El dinero.
El poder.
Los secretos.
Las pérdidas.
El miedo.
Ni las versiones de ellas mismas que algún día tendrían que aprender a aceptar.
Aquella tarde no eran mujeres poderosas.
No eran esposas.
No eran madres.
No eran empresarias.
No eran amantes.
No eran personajes atrapados en una historia complicada.
Eran solamente tres muchachas sentadas frente al mar, riéndose por una bolsa de papas y creyendo, con la ingenuidad propia de los dieciséis años, que todavía tenían todo el tiempo del mundo.
Haniel recogió su bolso.
—Nos vamos.
—¿Ya? —protestó Olivia.
—Si llegamos tarde, mi madre va a sospechar.
Zamira sonrió.
—¿Y qué vas a decirle?
Haniel se puso las gafas de sol y comenzó a caminar.
—La verdad.
Olivia y Zamira se miraron.
—¿Qué verdad?
Haniel se giró hacia ellas con una sonrisa traviesa.
—Que estuve estudiando.
—¡Haniel!
Las tres volvieron a reír.
Y así terminó aquella tarde.
Sin tragedias.
Sin grandes decisiones.
Sin saber que el futuro ya estaba esperando.
Porque algunas historias no comienzan con una tragedia.
Comienzan con una amistad.
Con una mentira pequeña.
Con una tarde de playa.
Con tres adolescentes que todavía no saben cuánto van a cambiar.
Y, sobre todo, con una muchacha llamada Haniel que todavía no conocía el nombre que algún día acompañaría su historia.
La mujer del Averno.