Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 20: El pacto
El sol se alza sobre los tejados de la zona industrial, pero Leo no siente su calor. Solo siente la mirada de Irene, fija en él desde el otro lado de la calle, como un depredador que observa a su presa sin prisa por atacar.
—Irene —dice Elena, tensando la mano hacia su arma—. Está sola.
—No la ataque —dice Leo, poniendo su mano sobre la de ella—. Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si quisiera detenernos, ya lo habría hecho. Está aquí por otra razón.
Atraviesan la calle lentamente, con los sentidos alerta. Irene no se mueve. Lleva la misma ropa elegante de la noche anterior, pero hay algo diferente en su expresión. Una grieta en su máscara de agente fría.
—Leo —dice ella, cuando están a unos metros—. Tengo que hablar contigo.
—Habla —responde él, deteniéndose.
—No aquí —dice Irene, mirando a su alrededor—. Hay demasiados ojos. Sígueme. Hay un lugar donde podemos hablar sin ser vistos.
—¿Y por qué debería confiar en ti?
—Porque tengo información que te interesa. Y porque si no vienes conmigo, morirás. Ambos. Vergara sabe que tienes el archivo. Sabe que has estado en la antigua sede. Esta noche lanzará un ataque para recuperarlo. No tienes tiempo.
Leo y Elena intercambian una mirada.
—¿Y por qué nos estás advirtiendo? —pregunta Elena.
—Porque me he cansado de ser su perra —dice Irene, y hay una amargura genuina en sus palabras—. Me he dado cuenta de que no importa cuánto haga por él, nunca seré lo suficientemente buena. Siempre seré desechable. Y no quiero ser desechable.
—Entonces, ¿qué estás ofreciendo? —pregunta Leo.
—Una alianza —responde Irene—. Les ayudo a llegar a Vergara y a detenerlo. A cambio, quiero protección. Y quiero que el archivo no me señale a mí. No quiero pasar el resto de mi vida escondiéndome o en una celda.
Leo la mira largamente. Busca cualquier señal de engaño. Pero en sus ojos, ve algo que no había visto antes. Miedo. Cansancio.
—Está bien —dice finalmente—. Te acepto. Pero si me traicionas, no te daré una segunda oportunidad.
—No espero una —responde Irene.
Se alejan de la calle principal y entran en un callejón estrecho donde Irene ha escondido un coche. Suben los tres y ella conduce, llevándolos a un apartamento seguro en un barrio residencial.
—Aquí no nos encontrarán —dice Irene, abriendo la puerta—. Es de un contacto que ya no está.
Dentro, el apartamento es pequeño pero limpio. Irene les ofrece agua y se sienta frente a ellos.
—Lo primero que tienen que saber es que Vergara tiene un topo en el gobierno. Alguien que le filtra toda la información de la operación. Si Valeria intenta mover el archivo, él se enterará antes de que ella pueda actuar.
—¿Quién es el topo? —pregunta Elena.
—No lo sé —admite Irene—. Pero sé que está cerca de ella. Tal vez su asistente, tal vez un colega. Vergara lo mencionó una vez como "el halcón". Eso es todo lo que sé.
—El halcón —repite Leo—. ¿Y qué más?
—El ataque de esta noche —dice Irene—. Vergara ha enviado a un equipo para interceptar el archivo. Tienen órdenes de matar a quien lo lleve. Si Valeria aún lo tiene, está en peligro.
—Entonces tenemos que avisarla —dice Leo.
—Ya lo he hecho —dice Irene—. Pero no sé si llegará a tiempo.
Leo se levanta. Siente que el tiempo se está escapando.
—Tenemos que ir a la base de Vergara. Si lo detenemos antes de que pueda mover sus fichas, todo termina.
—No es tan fácil —dice Irene—. La base está protegida. Necesitas un plan.
—Entonces hagamos uno —dice Elena.
Los tres se sientan alrededor de una mesa, con el mapa de las minas de sal extendido frente a ellos.
Y comienzan a planificar.