¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!
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EL FUEGO EN LA PENUMBRA
Tras el emotivo compromiso en el prado de las colinas, el pequeño grupo emprendió el regreso a la Ciudadela Real bajo las primeras luces de las estrellas. El viaje de vuelta transcurrió entre risas ligeras y una complicidad palpable.
Al cruzar los portones de piedra del palacio, Elysian desmontó con elegancia de su corcel blanco y se acercó a su esposo. Tomó la mano de Kaelen con firmeza y entrelazó sus dedos.
—Nosotros nos retiramos a nuestros aposentos, Kaelen —dijo Elysian con una sonrisa pícara y una mirada conminatoria que no admitía discusiones—. Es una noche larga y el rey necesita descansar.
Kaelen frunció el ceño, mirando alternativamente a Rhaed y a Lyra con su habitual celo fraternal.
—Elysian... —comenzó Kaelen—. Debo revisar las guarniciones con Rhaed y asegurarme de que...
—Kaelen Draven —interrumpió Elysian con tono dulce pero inflexible, apretando su mano con cariño—. Las guarniciones pueden esperar hasta mañana. Esta noche es para los comprometidos. Ven conmigo.
Elysian ya había previsto este momento. Días atrás, en la calidez del laboratorio de boticario, el Rey Sanador se había tomado el tiempo de hablar con Lyra con absoluta delicadeza y franqueza. Elysian le había explicado la naturaleza del deseo humano, la belleza de la intimidad cuando nace del amor verdadero y la confianza, y cómo el cuerpo se convierte en un santuario cuando se comparte con la persona adecuada. Le había quitado el miedo a lo desconocido, regalándole la certeza de que su cuerpo le pertenecía únicamente a ella y a quien ella eligiera con libertad.
Sin darle tiempo a protestar, Elysian arrastró al gran Rey de Hierro por los pasillos del ala oeste, guiándolo hacia sus aposentos reales y dejando el corredor del claustro libre.
Rhaed acompañó a Lyra a pie hasta la entrada de la torre este. Como el caballero implacable y respetuoso que siempre había sido, se detuvo a un paso de la puerta de madera tallada. No tenía intenciones ocultas; su único propósito era verla ingresar a salvo a su habitación antes de retirarse a sus cuarteles de la guardia.
—Descansa, mi pequeña rosa —murmuró Rhaed con la voz tibia, tomando la mano de Lyra para depositar un beso suave en el dorso de sus nudillos—. Mañana vendré a buscarte al amanecer.
Se giró sobre sus talones para marcharse, pero antes de que pudiera dar el primer paso, Lyra tomó su muñeca con firmeza. Rhaed se detuvo, sorprendido, y la miró.
Lyra no dijo una sola palabra. Tiró de su brazo hacia adentro de la habitación. Rhaed, llevado por el impulso, cruzó el umbral. De inmediato, Lyra empujó la pesada puerta de roble, la cerró de golpe y giró la llave de hierro en la cerradura con un clac seco que resonó en el silencio del cuarto.
Rhaed se congeló en el centro de la estancia. El sonido de la llave al girar hizo que su corazón diera un vuelco de pánico. Toda su disciplina militar y su juramento de respeto hacia ella chocaron de frente contra la situación.
—Lyra... ¿qué haces? —preguntó Rhaed con la voz temblorosa, dando un paso atrás hacia la pared de piedra—. Si tu hermano se entera de que estoy aquí con la puerta cerrada con llave, me decapitará antes del amanecer. Debo salir.
Lyra dio un paso hacia él. En el ambiente olía a las rosas silvestres del jarrón de la mesa de noche y al aroma del fuego de la chimenea que crepitaba suavemente.
—Kaelen está con Elysian, Rhaed... Y no va a venir —dijo ella con voz serena y sin un solo rastro de duda—. No quiero que te vayas.
—Lyra, por favor —suplicó el gigante, manteniendo los brazos pegados a los costados para no tocarla—. Te amo demasiado como para apresurar las cosas. Dijimos que iríamos despacio. Tú pasaste por algo horrible y yo... yo no quiero que te sientas presionada ni por un segundo.
Lyra caminó lentamente hacia él hasta que su pecho casi rozó la coraza de lino del comandante. Alzo la mirada y buscó sus ojos oscuros, llenos de esa veneración casi desesperada.
—Rhaed, mírame —pidió ella, tomando sus manos grandes y callosas y colocándolas directamente sobre sus propias caderas—. No tengo miedo. Lo que pasó en el pasado fue odio y violencia. Lo que siento contigo es amor. Elysian me habló de esto... Me explicó lo hermoso que es entregarse a alguien que amas de verdad. Y yo te amo a ti. Quiero que seas tú.
Rhaed tragó saliva con dificultad. Sus manos, que podían romper el cuello de un hombre sin esfuerzo, temblaban suavemente sobre la cintura de la joven.
—¿Estás completamente segura, mi amor? —susurró Rhaed con la voz rota por la emoción—. Una vez que cruzemos esta línea... mi alma será tuya para siempre.
—Ya es mía, Rhaed... igual que la mía es tuya —respondió Lyra, poniéndose de puntillas para sellar sus labios con los de él.
Fue un beso hambriento pero infinitamente dulce. Ante la iniciativa de ella, las defensas de Rhaed se desmoronaron por completo. El comandante dejó escapar un largo suspiro y rodeó la espalda de Lyra con sus potentes brazos, atrayéndola fuertemente contra su pecho mientras correspondía al beso con una pasión contenida durante meses.
Con extrema delicadeza, Rhaed la cargó en brazos y la llevó hacia la gran cama de dosel. Se inclinó sobre ella, apoyando su peso sobre los codos para no abrumarla, buscando siempre su mirada para asegurarse de que ella estaba cómoda.
—Dime si quieres que me detenga en cualquier momento —murmuró Rhaed contra su cuello, rozando su piel tibia con los labios.
—No te detengas... jamás —respondió Lyra, enredando sus dedos en el cabello oscuro del guerrero.
Despojándose lentamente de sus ropajes, la penumbra del cuarto se llenó de suspiros ahogados, caricias febriles y promesas murmulladas al oído. Rhaed Veneró cada centímetro del cuerpo de Lyra con una devoción casi religiosa, convirtiendo las cicatrices de su trauma pasado en un recuerdo borroso, reemplazándolo por el fuego puro de una pasión sagrada.
Esa noche, protegidos por el fuego de la chimenea y el silencio del palacio, el rudo guerrero de las sombras y la rosa del templo se unieron por primera vez en un abrazo del que nació la promesa indeleble de su futuro juntos.